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García Cerdá, Salvador – “¡Qué le voy a hacer si me encantan los ajos!”

Publicado el 20 de marzo de 2020


Solo en casa, y sentado delante de la chimenea con un buen fuego de leña seca, doy rienda suelta a los recuerdos que atropelladamente acuden  a mi mente antes de que la visión de las anaranjadas llamas y el calorcillo que inunda la estancia me haga dormitar.

Las dos butacas bajas de enea, situadas a ambos lados del fogón, me traen el recuerdo de mis abuelos y lo mismo ocurre con el resto de las cosas: los retratos y cuadros colgados en las paredes; la vajilla antigua ubicada en la alacena de cristal; la alfombra de esparto junto al portal; las diversas armas y herramientas que, a modo de exposición, adornan los muros; el haz de laurel que pende de una de las vigas del techo para que las hojas se sequen y poder utilizarlas más tarde para aliñar los guisos, y cómo no, la ristra de ajos cuyas gordas y dentadas cabezas, de color amoratado, también constituyen un motivo ornamental.

Llegado a esta última observación, sonrío y he de hacer una pausa en mis meditaciones para frenar la gran afluencia de imágenes que surgen en mi cabeza disputándose la una a la otra el orden de reparto.

Lo primero que admiro es la calidad artística del conjunto de la ristra,  la maestría para trenzar los bulbos para que queden uno al lado del otro sin apenas rozarse y mostrando plenamente su grosor, la simetría de sus dientes, su tamaño...

En casa de mis padres siempre se han sembrado ajos, en cantidades pequeñas, para consumo propio y para obtener algún beneficio vendiendo los excedentes. Era una tarea en la que participaban casi todos los miembros de la familia. Una vez preparado y sazonado el terreno se hacían pequeños surcos y se iban colocando los dientes ajo, manualmente, uno a uno, a un palmo de distancia aproximadamente, se cubrían con una fina capa de tierra fina y se dejaban, sin regar, hasta que brotasen. Empezaba, entonces, una etapa de incertidumbre, esperando a ver qué pasaba, y terminaba cuando ya germinados surgían de la tierra y se iniciaba el momento de proporcionarles los cuidados adecuados.

Cuando alcanzaban un cierto desarrollo, había que extraerles el interior del tallo para que las cabezas se hiciesen más grandes. Esta parte de la planta, que en el pueblo llamábamos “cúol”, podía alcanzar los 30 o 40 centímetros y se sacaban estirando suave y continuamente, con sumo cuidado,  para que no se rompiesen. Esta labor servía de entretenimiento y se hacían apuestas a ver a quién se le rompían menos.

Finalmente, llegado el tiempo de la recolección, se arrancaban y se iban seleccionando las cabezas más gordas y más perfectas, que eran las que se trenzaban, mientras que con el resto se hacían ristras más pequeñas o se descabezaban y solo se guardaban los bulbos.

Recordaba a mi tío que se dedicaba a comprar la cosecha de otros agricultores y con los ejemplares hermosos y de más tamaño confeccionaba una ristra de 60 o 70 metros, con la cual el mayorista adornaba su puesto en la lonja. Llamaba mucho la atención, era espectacular.

He de confesar, aunque creo que es evidente, que soy un fanático de los ajos. Los consumo de todas las maneras posibles: crudos, en alioli, asados, sofritos, en arroz, con carne,  pescado, formando parte de salsas  etc... Su olor fuerte me fascina, aunque muchas veces me freno para no molestar a las personas con las que me relaciono, a quienes les puede resultar desagradable.

Cuando inicié la convivencia con mi pareja, me rogaba incesantemente que moderase mi consumo de ajos porque que me pasaba y a veces le costaba soportar el olor. Yo siempre le daba la razón y le prometía que lo haría, pero una y otra vez volvía a las andadas.

Por el horario de su trabajo en casa cocinaba yo que, por otra parte, soy muy aficionado y bastante buen cocinero. En la mayoría de los platos que preparaba siempre incluía ese componente, disimuladamente, para que no se notase, y a la hora de servir procuraba que mis platos fuesen más cargados.

Esta fórmula funcionó durante un tiempo, pero la inercia me llevó a que, poco a poco, fuese derivando al estilo anterior y provocó que mi compañera estallase originando un verdadero conflicto familiar. Me dijo claramente que no soportaba los ajos, que no es que olían mal, sino que pudían y que en caso de continuar así, estaba dispuesta a romper la convivencia.

Obligado por las circunstancias y para salvar mi vida en pareja, le juré que iba a olvidarme del dichoso ingrediente y no volvería a utilizarlo. Cumplí mi juramento a rajatabla. Con esta decisión la convivencia volvió a la normalidad. Yo guisaba y ella alababa mis guisos y en las reuniones con los amigos presumía de lo buen cocinero que era. La única pega la ponía cuando preparaba los aperitivos y algunos entrantes, o cuando hacía a la plancha algún pescado. Decía que antes los preparaba mejor, que resultaban más sabrosos y que había notado un cambio similar en muchos de mis platos. Yo conocía cuál era la causa, pero el compromiso que había alcanzado me impedía efectuar cambios que la enmendase.

Un domingo por la mañana, al preparar el desayuno tosté unas rebanadas de pan y, además del salero y la aceitera,  en un plato aparte puse un poco de alioli, muy suave, por si a ella le apetecía. No dijo nada, pero cuando fui a recoger la mesa vi que los había probado. Guardó silencio y no manifestó opinión alguna sobre el particular. A la hora del aperitivo elaboré unos filetes de atún a la plancha y en una salsera puse un poco de salsa verde... Trinchó el atún, lo roció con la salsa y se lo comió sin rechistar. Lo mismo ocurrió con el arroz a banda, con las ensaladas y con otras muchas viandas y, poco a poco, casi sin darnos cuenta regresamos a la situación inicial.

Por fin llegó el momento en que mi compañera se decidió a comentar el cambio verificado y reconoció que el ajo es un gran complemento para muchos platos, aunque, eso si, con moderación y que había averiguado que el olor, tan fuerte y característico, se podía paliar por medios naturales, como masticar una hoja de hierbabuena, o con un poco de canela, con un poco de azúcar, un vaso de leche entera o simplemente comiendo una manzana. A partir de aquel momento nuestra vida en común fue una balsa de aceite.

Ahora que estoy solo, sigo consumiendo ajos, no sé si en una cantidad moderada o exagerada, pero me gustan y me sientan  bien en lo que a la salud se refiere. Conservo una memoria excelente para mi edad, no tengo problemas con el colesterol ni con la presión sanguínea, las articulaciones óseas me funcionan correctamente y hasta creo que son buenos para el resfriado.

Con la tranquilidad que me proporciona el argumento anterior, avivo el fuego de la chimenea, me recuesto en la butaca, vuelvo a fijarme en el movimiento de las llamas y me dispongo a dormitar, mientras el televisor sigue hablando sin que nadie le preste atención.                                                     

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