Benito, Mayka – “Sola”

Ya voy….., siempre dispuesta, siempre receptiva a toda eventualidad.

Su destino no auguraba nada prometedor; huérfana de nacimiento, se vio en su tierna infancia obligada a someterse a la servidumbre y ver su porvenir desfilar en una serie de malogradas experiencias que nunca la limitaron a aceptarlas como su única salida.

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Álvarez, Mª Ángeles – “Carta a marzo”

De tu mano vine a este mundo, en un día luminoso y cálido.

Ahora, espero tu llegada con ansia, para poder llevarte conmigo a la playa, caminar descalza por la arena y recorrer sin tregua la orilla del mar, hasta que la noche nos alcance. Entonces, contaré las estrellas por ti, marzo, mi marzo, mi mes. Porque contigo renace la vida, porque tu fuerza exilia al invierno y acoge a la esperada primavera.

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Montera, Rodrigo Alberto – “Cadáveres anónimos”

Para ahorrarse las balas simplemente nos van a pasar un camión encima.

La celda tiene una rendija en la pared que da a la calle, y por ella se desliza la luz de un farol, lo que nos permite vernos entre nosotros. Somos tres, y aunque no hablamos el mismo idioma, nos hermana la muerte. No sé por qué nos dijeron lo del camión, hubiera preferido enterarme momentos antes y no con una noche de antelación. Seguro que mis compañeros piensan lo mismo. Uno de ellos no para de murmurar plegarias y el otro tiene un lago amarillento debajo de las piernas.

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Martínez, Domingo Alberto – “All Saints’ day prison blues”

Dicen que los viejos rockeros nunca mueren, pero tú, colega, te pasaste de la raya. Abres los ojos despacio, como si despertaras de un sueño muy profundo, y te descubres flotando en medio de la nada. A tu alrededor, cúmulos de nubes blancas, rosadas, algodonosas, iridiscentes, entre las que se filtran los rayos del sol. El espectáculo es más empalagoso que una canción de El mago de Oz –la película, no la banda de folk metal–. Tienes que reconocerlo. Dada la vida que has llevado, esperabas algo, digamos, más caluroso.

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Martínez, Domingo Alberto – “A la atención de Acrisio, rey de Argos”

Lunes, 3 de abril.

Tiempos heroicos.

Muy señor mío.

Por la presente, me es muy grato comunicarle que su hija, la princesa Dánae, espléndida como una perla, se encuentra en estado de buena esperanza. Cómo ha ocurrido, estando ella encerrada en una torre de bronce al cuidado de una anciana virtuosa –y por más señas, sorda como una tapia– es algo que aedos y escultores de los siglos venideros se encargarán de resolver al calor de sus fantasías.

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Martínez, Domingo Alberto – “Oh, Suzie Q”

Repartían las pastillas como quien reparte caramelos a la puerta de un colegio; a cada cual la que le correspondía «según rigurosa prescripción médica», se excusaban las cuidadoras. Un Noctamid por aquí, un diazepam por allá, un Orfidal al siguiente, a la otra tres comprimidos de 10 mg.

Venga, venga, Asunción, que no se diga. Hoy va a dormir, ¡cómo va a dormir hoy!, ¿eh?, como la niña del cuento, ¿se acuerda?, la que se convierte en maripos… ¡aúpa!, ¡adentro las tres! Y ahora un vasito de… así, así, sin prisa, no se nos vaya a atragantar. Y ahora venga a la cama –fingiendo un bostezo y estirando los brazos–, a soñar con los angelitos.

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García Chiavassa, Lilia – “La maleta”

Entonces… el anciano comenzó a hablar con lentitud, sujetándome del brazo con su mano ardiente para asegurarse que alguien iba a conocer su historia.

Un día cualquiera, de esos que se suceden sin dejar rastro en una vida, como una nube más arrastrada por el viento, al llegar a casa sucedió algo que rompería con esa monotonía que aletarga los sentidos.

En un rincón del porche y detrás del helecho que le daba cierto frescor vital a la casona, descubrí una extraña maleta.

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Álvarez, Mª Ángeles – “El último equipaje”

La noche era oscura y cerrada. Apenas un tímido rayo de luna atravesaba las cortinas del dormitorio de Elena Gallardo. La ventana, unos centímetros abierta, dejaba pasar la brisa helada que se colaba procedente del mar.

Ella dormía plácidamente, cuando algo la sobresaltó. Abrió los ojos y se incorporó sobre la cama. Entonces la vio: Ariadna Esteban, su amiga, su alma gemela, su compañera de aventuras desde la infancia, la observaba desde los pies de la cama. Su mirada cristalina y sus ojos brillantes como estrellas en la noche, sobresaltaron a Elena.

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Argilés, Teresa – “Media hora”

Alargó la mano y paró el despertador. Eran las siete de la mañana. Un día más. Se levantó y comenzó con sus rutinas diarias.

Primero puso la radio, después fue a la cocina, conectó la cafetera y preparó las tostadas. La máquina ya estaba caliente, cargó el depósito del café y colocó la taza, miró y como siempre se fijó en el hilillo de café que se iba depositando en el centro de la taza, tenía que ser en el centro…

Esta rutina era diaria, tenía el tiempo medido. Nunca le imprimía a sus mañanas la rapidez del que siempre le falta tiempo para todo.

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Argilés, Teresa – “Me llamo Joao y busco a mi familia”

«Me llamo Joao y busco a mi familia». Es lo que ponía al pie de la foto.

Esta era la frase que había debajo de la foto que apareció en el periódico un día de invierno del año 2000.

Así, sin más detalles. Ni un teléfono, ni una dirección, ni siquiera un correo electrónico. Estas tres opciones de comunicación en las que cualquiera podría pensar a estas alturas de la vida no se le ocurrían a Jacinto, que con sus gafas de pasta y con cristales de culo de vaso, estaba en el bar del pueblo tomando su café de media mañana.

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Vera Murillo, Manuel – “El Astur”

Cuando os vi por primera vez, don Víctor, alto, rubio, con vuestro jubón de brocado, resiguiendo el mandoble con la piedra de amolar, pensé que erais la reencarnación del Cid. Fue hace más de dos años, durante el torneo que se celebró en aquella remota dehesa castellana. Vos ibais a participar y yo, que por entonces era solo un infante, fui llevado a vuestra tienda para serviros como escudero.

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Montera Rodrigo, Alberto – “Biografía de un personaje”

Sus padres eligieron un nombre sencillo, corto, más bien común: Juan. Y eso fue lo único que recibió de ellos, ni siquiera un abrazo o un apellido de juguete, sus padres lo abandonaron en una casacalleesquinaboteviejoconunanotamalescrita (llevaban prisa): se yama Juan que dios o su pinche madre nos perdone… lo recogieron unos brazos anónimos, le tendieron una cuna de periódicos, le dieron a beber basura de leche y lo vistieron para que ocultara el pito y sus otros pecaditos y cuando aprendió a escupir palabras, a tejer preguntas, lo primero que hizo fue preguntarse ¿Juan qué? Juan Nada, le respondieron otros Nadas que lo vieron desenrollarse sin cariño y sin esfuerzo.

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Montera Rodrigo, Alberto – “El abrazo de Rubén”

– Hace muchos nombres que no nos vemos.

Eso dice. Nombres. Antes de que termináramos la relación comenzó a decir cosas así, como que hacía mucho que no me cepillaba las heridas o que de vez en cuando no nos vendría mal tomarnos una copa de tino.

La verdad no sé hace cuántos nombres no lo veo. Él me llamó para saber si estaba con alguien, le dije que no y supuse que él tampoco y que por eso me había buscado. Después propuso vernos, y aquí estamos, en un café que ninguno de los dos conocemos. En una zona sin recuerdos.

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Benito, Mayka – “El sendero”

Algo había cambiado. Tus rasgos denotaban la dureza y la insensibilidad de un ser cegado por la emulación de gestos gratuitos que sólo conllevan decadencia, tristeza y desesperanza.

Deambulabas como un zombi, sin rumbo, con pocas cosas que decir y muchas que esconder.  En lo más recóndito de tu naturaleza humana, no había resquicio de luz y tus pasos decididos no presagiaban nada piadoso.  Te seguí y observé ese imperturbable aspecto que vestía tu persona, tus ojos miraban pero no querían ver, preferías una ceguera infringida para no tener que afrontar los verdaderos temores que envolvían tu alma.

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Rosso del, Liliana – “Cuando abrió los ojos, creó el mundo…”

“Cuando abrió los ojos, creó el mundo…”

En la inmensidad de la eternidad unos seres hechos de luz buscaban una ocupación, puesto que sin tarea ni misión les sería imposible salir de aquel lugar. Uno tras otro, fueron encontrando labor: controlar las aguas, avivar las llamas, esparcir los vientos, propagar la vida… y muchas más labores. Uno tras otro, aprehendían su oficio y las puertas se abrían para iniciar el viaje.

Pero un grupo de entes especialmente brillantes deambulaban sin encontrar nada que les resultase satisfactorio.

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Vidal Casta, Isabel -“Una mujer especial”

Ella era brillante, por dentro y por fuera. Sí, porque de ella emanaba una luz.

Era imposible que sintieras ningún malestar a su lado.

Todo era armonía en donde ella estaba. Me pregunto cómo lo haría, si era su sonrisa, o su pequeño e inquieto cuerpo. Tal vez sus libres carcajadas, la caricia que nunca te faltaba. Tal vez su mesa, en la que siempre tendrías un delicioso y generoso plato, fueras quien fueras mientras te conociera.

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