Shelley, Mary

“Poetas y poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Mary Shelley (Londres, 1797-1851)

Podríamos decir, sin riesgo de equivocarnos, que nuestro post de esta semana va a sorprender a muchos de nuestros lectores, puede que incluso a aquéllos que son aficionados a la poesía. Quién no ha oído hablar de Mary Shelley, autora de la novela gótica “Frankenstein o el moderno Prometeo” (1818), considerado el primer gran texto de la ciencia ficción. Sin embargo, hay una faceta de esta escritora inglesa que no todo el mundo conoce, la de poeta.

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El último equipaje – Álvarez, Mª Ángeles

La noche era oscura y cerrada. Apenas un tímido rayo de luna atravesaba las cortinas del dormitorio de Elena Gallardo. La ventana, unos centímetros abierta, dejaba pasar la brisa helada que se colaba procedente del mar.

Ella dormía plácidamente, cuando algo la sobresaltó. Abrió los ojos y se incorporó sobre la cama. Entonces la vio: Ariadna Esteban, su amiga, su alma gemela, su compañera de aventuras desde la infancia, la observaba desde los pies de la cama. Su mirada cristalina y sus ojos brillantes como estrellas en la noche, sobresaltaron a Elena.

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“Media hora” – Argilés, Teresa

Alargó la mano y paró el despertador. Eran las siete de la mañana. Un día más. Se levantó y comenzó con sus rutinas diarias.

Primero puso la radio, después fue a la cocina, conectó la cafetera y preparó las tostadas. La máquina ya estaba caliente, cargó el depósito del café y colocó la taza, miró y como siempre se fijó en el hilillo de café que se iba depositando en el centro de la taza, tenía que ser en el centro…

Esta rutina era diaria, tenía el tiempo medido. Nunca le imprimía a sus mañanas la rapidez del que siempre le falta tiempo para todo.

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“Me llamo Joao y busco a mi familia” – Argilés, Teresa

«Me llamo Joao y busco a mi familia». Es lo que ponía al pie de la foto.

Esta era la frase que había debajo de la foto que apareció en el periódico un día de invierno del año 2000.

Así, sin más detalles. Ni un teléfono, ni una dirección, ni siquiera un correo electrónico. Estas tres opciones de comunicación en las que cualquiera podría pensar a estas alturas de la vida no se le ocurrían a Jacinto, que con sus gafas de pasta y con cristales de culo de vaso, estaba en el bar del pueblo tomando su café de media mañana.

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El Astur – Vera Murillo, Manuel

Cuando os vi por primera vez, don Víctor, alto, rubio, con vuestro jubón de brocado, resiguiendo el mandoble con la piedra de amolar, pensé que erais la reencarnación del Cid. Fue hace más de dos años, durante el torneo que se celebró en aquella remota dehesa castellana. Vos ibais a participar y yo, que por entonces era solo un infante, fui llevado a vuestra tienda para serviros como escudero.

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Biografía de un personaje – Montera, Rodrigo Alberto

Sus padres eligieron un nombre sencillo, corto, más bien común: Juan. Y eso fue lo único que recibió de ellos, ni siquiera un abrazo o un apellido de juguete, sus padres lo abandonaron en una casacalleesquinaboteviejoconunanotamalescrita (llevaban prisa): se yama Juan que dios o su pinche madre nos perdone… lo recogieron unos brazos anónimos, le tendieron una cuna de periódicos, le dieron a beber basura de leche y lo vistieron para que ocultara el pito y sus otros pecaditos y cuando aprendió a escupir palabras, a tejer preguntas, lo primero que hizo fue preguntarse ¿Juan qué? Juan Nada, le respondieron otros Nadas que lo vieron desenrollarse sin cariño y sin esfuerzo.

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El abrazo de Rubén – Montera, Rodrigo Alberto

– Hace muchos nombres que no nos vemos.

Eso dice. Nombres. Antes de que termináramos la relación comenzó a decir cosas así, como que hacía mucho que no me cepillaba las heridas o que de vez en cuando no nos vendría mal tomarnos una copa de tino.

La verdad no sé hace cuántos nombres no lo veo. Él me llamó para saber si estaba con alguien, le dije que no y supuse que él tampoco y que por eso me había buscado. Después propuso vernos, y aquí estamos, en un café que ninguno de los dos conocemos. En una zona sin recuerdos.

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Benito, Mayka – “El sendero”

Algo había cambiado. Tus rasgos denotaban la dureza y la insensibilidad de un ser cegado por la emulación de gestos gratuitos que sólo conllevan decadencia, tristeza y desesperanza.

Deambulabas como un zombi, sin rumbo, con pocas cosas que decir y muchas que esconder.  En lo más recóndito de tu naturaleza humana, no había resquicio de luz y tus pasos decididos no presagiaban nada piadoso.  Te seguí y observé ese imperturbable aspecto que vestía tu persona, tus ojos miraban pero no querían ver, preferías una ceguera infringida para no tener que afrontar los verdaderos temores que envolvían tu alma.

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