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Estación Once – Emily St. John Mandel

Publicado el 7 de enero de 2022


Reseña realizada por Marcos Rodes.

Llevo un tiempo interesado por la variedad de contenidos que avanzan un posible cambio de ciclo. De tal forma, en los últimos años he ido observando como los medios, de forma tangencial, alertaban de posibles colapsos, en su acepción de choque sistémico que trastocarían o, incluso, modificarían radicalmente nuestra forma de vida. De tal forma, las causas que producirían dichos cambios vendrían dadas por el cambio climático; la caída (o dificultad para su extracción) de las energías fósiles (especialmente del petróleo) sin que se haya completado la transición hacia otras fuentes más respetuosas con el medio ambiente; los efectos producidos por la escasez de algunas materias primas; la paralización de una parte del comercio internacional por el encarecimiento del transporte de mercancías; el corte de suministro eléctrico que provocaría un apagón en una parte estratégica de Europa con un efecto dominó en el resto del continente; el agotamiento, en algunos casos, de las tierras raras necesarias para los superconductores que se utilizan en la electrónica; la posibilidad de un nuevo conflicto bélico fruto de los intereses geopolíticos y de la tensión entre las grandes potencias…la invasión alienígena no me parece seria. Algunos efectos, impensables hace años, se están empezando a producir ahora, pues algunas fábricas se han visto obligadas a parar la producción y mandar a sus empleados a casa; junto a ello, podemos recordar las noticias que recogían (bien es cierto que producidas por otros motivos) una situación de largas colas en las gasolineras de Reino Unido o los lineales vacíos de alimentos en alguno de sus supermercados.

La tendencia mayoritaria ante estos indicadores se establece en la negación de que tales catástrofes puedan llegar a ocurrir. Esta postura no resulta del todo convincente si consideramos que las bases socioeconómicas, políticas e ideológicas que fundamentan la forma de relacionarnos en el mundo están basadas en el mito del crecimiento indefinido (de consumo, riqueza y “bienestar”), para una población en continuo aumento (la cual se ha triplicado en los últimos setenta años) y, todo ello, en un planeta con recursos limitados (medioambientales y energéticos) que ha albergado a una humanidad caracterizada, en su historia, por un reguero interminable de guerras. Considérese las recetas de los gobiernos y lobbies para salir de la crisis que nos afecta en la actualidad: más gasto e incentivos para que la máquina del consumo no se vea afectada, celebrándose con júbilo el que estemos recuperando tasas de crecimiento prepandémicas. No sé cómo definir esta actitud, aunque la imagen metafórica que me sugiere es la de la orquesta del Titanic. En clave de humor y con grandes dosis de sarcasmo, podemos encontrar otro referente en la película recién estrenada No mires arriba; por cierto, la misma nos plantea otra posibilidad para la extinción de la vida en el planeta.

En el caso que nos ocupa, el “apocalipsis” viene dado por una mutación de la gripe porcina, la cual provoca una mortandad superior al 99%. Se trata de la novela Estación Once, de cuya existencia tuve conocimiento a tenor de las buenas críticas que está cosechando la serie de HBO Max basada en dicha obra. En el momento que realizo la reseña, se han emitido 7 de los 10 capítulos en los que se ha dividido.

Si están pensando en la “oportunidad” de emitir una serie con este tipo de contenido, cabe aclarar que se empezó a rodar en el 2019 y hubo de ser suspendida por la irrupción de la Covid-19. En el caso de la novela, la misma se publicó en el año 2014. Con la perspectiva que da el paso del tiempo y los acontecimientos vividos, solo cabe reconocer el carácter premonitorio de algunos sucesos recogidos en el libro. La propia St. John Mandel, en una entrevista concedida al New York Times en 2020, recomendaba no leer Estación Once, lo cual entrañaba cierta dificultad dada la condición de best seller de una novela traducida a 34 idiomas.

Tal fue el interés generado que, tras visionar los primeros cinco capítulos, me descargué el e-book sumergiéndome en su lectura de forma ávida y curiosa. No quería esperar, pacientemente, a que HBO Max suministrara, con periodicidad semanal, una nueva “dosis” de entretenimiento. La experiencia ha resultado enriquecedora pues, además de disfrutar de un excelente libro, he podido apreciar las numerosas licencias que han realizado en su adaptación serífica.

La complejidad de la estructura de esta novela dificulta la exposición de un argumento que no deje fuera aspectos singulares de la misma, a riesgo de resultar excesivo en su descripción si se elige contarlo con detalle. Este hecho representa, a mi entender, una de las principales virtudes de Estación Once. St. John Mandel nos presenta un puzle cuyas piezas se conectan de forma extraordinaria, las cuales recogen momentos acaecidos antes, durante y después de unos hechos que cambiaron el mundo. Emily desarrolla la trama alterando el orden cronológico a través de saltos temporales para darnos a conocer las historias personales de unos personajes unidos por la urdimbre de un relato que se va adivinando según se avanza en su lectura y que se resuelve, acertadamente, hacia el final de la novela.

Todo empieza con la representación teatral de la obra shakesperiana El rey Lear en Toronto (Chicago si ven la serie). Su protagonista, Arthur Leander muere de un infarto llegado el cuarto acto. Emily se sirve de la condición rutilante de Arthur, a quien se considera uno de los principales actores de su generación, y cuya existencia se narra en la prensa rosa, para cuestionar la vacuidad de nuestro mundo. Mientras, desde Europa se va extendiendo por el mundo la pandemia de “la Gripe de Georgia” cuya capacidad de contagio y letalidad no tiene precedentes. Si en la novela los únicos supervivientes corresponden a personas y grupos no expuestos al virus, en la serie nos encontramos a personajes que han salido indemnes a esta terrible mutación.

A partir de una situación de crisis cuya magnitud compromete la existencia humana en la tierra, asistimos a los momentos de expansión del contagio desde diferentes ángulos y cursos vitales marcados por el shock de unos sucesos trágicos e inesperados. Las horas, días, semanas e incluso meses posteriores a la rápida y mortal propagación del virus tendrán tal impacto en los protagonistas que, la mayoría de ellos, pasado el tiempo reconocerán no acordarse apenas de lo vivido; reflejo de un instinto de protección que aboca a un tipo de amnesia selectiva. Emily nos muestra unos personajes que arrastran heridas emocionales, cuyos síntomas corresponden con los propios del estrés postraumático, proporcionales a las experiencias sufridas. El simple hecho de continuar, y aun de iniciar proyectos que den sentido a la propia existencia, a la vez que mejoran la de los demás, denota una capacidad de resiliencia que define a los protagonistas de esta historia; siendo así, con sus vidas, nos demuestran que superar el pasado es un proceso complejo no exento de cicatrices psicológicas. En contraposición, se encuentran los nacidos después de la pandemia, todavía en la etapa de la infancia o adolescencia, quienes, a pesar de la dificultad y peligros del entorno en el que se desarrollan, lo hacen libres de traumas.

La posibilidad de que un hecho abrupto de trágicas consecuencias, como es el narrado en la novela, se configura, objetivamente, en una experiencia traumática. Si los fundamentos sobre los que se sustenta nuestro estado de bienestar (seguridad, sanidad, fácil acceso a los recursos…) se desintegran, cabe asumir que, quienes están en una situación de dependencia o vulnerabilidad, sean los primeros en verse afectados. El dolor e impotencia que ello genera entre sus familiares y seres queridos representa una quiebra de la estabilidad emocional. Piénsese en las personas atendidas en hospitales, geriátricos o cuya dificultad de movimientos les impide desenvolverse con normalidad. Aun considerando la acción basada en el comportamiento altruista, la incapacidad de solventar estas circunstancias llega a imponerse, algo que se aprecia en el devenir de los personajes que pueblan la novela. El recuerdo de las personas allegadas fallecidas no solo está presente sino que, en algún grado, se vive en honor a ellas.

A través de la superposición de escenarios temporales, St. John Mandel nos lleva hasta un período que transcurre pasados veinte años tras la masiva mortandad producida por la Gripe de Georgia. En este punto, hace años que se agotaron las existencias de petróleo ubicadas en los depósitos de los vehículos, así como la mayoría de otros “bienes” pertenecientes al “mundo antiguo”. Siendo así, los coches, despojados de peso innecesario, son movidos por tracción animal; se vuelve al cultivo de la tierra y a las granjas para proveer de alimentos, y el trueque se constituye en el único modo de negocio o de retribución.

Fruto de las influencias que ejercen entre sí los escritores, cineastas, intelectuales, artistas, pensadores y científicos, resulta tentador encontrar similitudes en sus obras particulares. Si nos fijamos en la versión televisiva, el mundo postapocalíptico de Estación Once nos podría recordar a The Walking Dead (sin la presencia inquietante de zombis), Mad Max, The Letfovers  o a la reciente Colapso (junto con The Letfovers la más interesante de las relacionadas), por citar solo algunos ejemplos. Si retrocedemos hacia un tiempo preapocalíptico, siempre es un placer visionar (gratis en youtube) Cuando el viento sopla, enternecedora película de animación inglesa, realizada en 1986, sobre el estallido de una guerra nuclear.

En lo literario, los títulos que guardan algún tipo de relación con el tema abordado en la novela son tan numerosos (Ensayo sobre la ceguera de José Saramago; La peste de Albert Camus…) que al citarlos corremos el riesgo de dejar fuera otros de igual significación. A los frikis de este género les podría interesar la lectura de los ensayos: Colapsología de Pablo Servigne y Raphael Stevens; Un paraíso en el infierno de Rebecca Solnit; Dignos de ser humanos de Rutger Bregman; El jinete pálido: 1918: la epidemia que cambió el mundo de Laura Spinney. Si a los mismos le sumamos El mundo va mucho mejor de lo que piensas de Jacques Lecomte, podremos encontrar motivos que otorgan un cierto grado de confianza, pues todos ellos asumen la condición intrínsicamente bondadosa del ser humano.

Emily se sirve de Estación Once para hacernos reflexionar acerca de los avances técnicos, tecnológicos, médicos, sociales… que disfrutamos en el presente y cuya fragilidad, como ha quedado patente en reiteradas ocasiones, es mayor de lo que queremos admitir. St. John Mandel nos sitúa ante un escenario en el que si accionas un interruptor de la luz sigues a oscuras; si abres un portátil o pulsas las teclas de un teléfono nada ocurre (adiós internet, adiós comunicación a distancia); si pisas un clavo oxidado, te mueres… Tal vez por ello, en su novela uno de los asentamientos da inicio al “Museo de la Civilización”, en el que se exponen los ya inservibles objetos con los que desarrollamos nuestras vidas en la actualidad.

Permítaseme al respecto una digresión; en Noruega se encuentra el "Banco Mundial de Semillas", el cual fue inaugurado en 2008 para salvaguardar la biodiversidad de las especies de cultivos que sirven como alimento en caso de una catástrofe local o mundial. Se la conoce popularmente como “La cámara del fin del mundo”. Junto a ella, una 'Biblioteca de Alejandría moderna' pretende aunar "la mayor parte del saber de la humanidad" y de la cultura humana para que nunca (como sucedió con el archivo alejandrino) se pierda. Además, y por citar otra acción realizada en este sentido, en Tasmania (Australia) su universidad está desarrollando un proyecto, conocido como “La caja negra de la tierra”, el cual prevé explicar cómo se producirá la extinción (total o no) de la humanidad. No sé qué pensarán ustedes, pero a mí, la finalidad que ha motivado estos esfuerzos y la consiguiente asignación de recursos, no me tranquiliza.

Y, puestos a recrear cómo sería un mundo sin la estructura del estado (sin gobierno ni fuerzas y cuerpos de seguridad; donde las fronteras pierden su razón de ser y la justicia se basa en unas normas asumidas por los componentes de la comunidad), Emily nos lo presenta como un contexto de adversidad. Especialmente en los países desarrollados nuestra vida transcurre en un ámbito regulado, el cual se ha construido sobre las bases de la opulencia. Este marco propicia el individualismo y la competitividad; en última instancia, nadie precisa del prójimo para prosperar. Por el contrario, cuando el ser humano se ha de desarrollar en un ámbito marcado por la dificultad en el acceso a los recursos, se impone, como única vía de subsistencia, la cooperación. En la novela esta realidad se concreta en los pequeños grupos humanos que se han ido conformando paulatinamente. Cuando se hace referencia a seres aislados, o a reducidas agrupaciones de estos, se los identifica como inadaptados y agresivos, quienes moran en los bosques acechando a los demás.

En Estación Once las relaciones que se establecen entre los clanes y personas no siempre son amistosas ni está presidida por las buenas intenciones. Cabe protegerse, hasta las últimas consecuencias, cuando otros tratan de sustraer tus escasos bienes, abusar de los más débiles o alterar el orden consensuado. Un escenario postapocalíptico se define por la capacidad de respuesta ante la falta de una regulación social y de jerarquía de gobierno, más allá de la acordada por el grupo de subsistencia. En comparación, la edad media, con todas sus carencias, se nos presenta como un ámbito estructurado presidido por el señor feudal (quien, además, imparte justicia), con un orden eclesiástico (en el que encontramos monasterios que atesoran, protegen y actualizan los distintos saberes) fueros, soldados, gremios… lo dicho, una sociedad avanzada. En el contexto recreado por St. John Mandel, los actos violentos son contestados con firmeza y determinación. Estación Once se define por su ritmo reflexivo con tintes existencialistas, tomando distancia con la narrativa de aventuras y acción.

Cuando desaparecen los esquemas socioeconómicos conocidos es de esperar que, de igual manera, se puedan ver afectadas las referencias ideológicas y las creencias mantenidas hasta la fecha. En este escenario, donde lo viejo ya no sirve o queda cuestionado, surgirán propuestas, también en lo místico y religioso, acordes con la realidad emergente. La irrupción de planteamientos basados en la superchería, unidos a la habilidad de gurús para adoctrinar a personas sumidas en la confusión, se conformará como aspectos de este nuevo mundo. Para los supervivientes se hará preciso encontrar una significación a lo sucedido. Cuestionarse si la plaga es designio de Dios conlleva creer que, quienes han sobrevivido, han de ser los elegidos. Emily introduce la figura del Profeta, el cual adquiere una dimensión inquietante para quienes entran en contacto con él y con su grupo. La seguridad que otorga el líder visionario para la persona que se siente sobrepasada por lo acontecido resulta demasiado atractiva. El riesgo que se corre con la identificación interna es que se llega a percibir a los demás como posibles fuentes de amenaza, algo que se refleja de forma adecuada en la obra.

La novela rinde tributo al género de la ciencia ficción, sin llegar a enclavarse en el mismo de forma plena. El propio título lo adquiere de un cómic futurista creado por Miranda Caroll, primera esposa del actor fallecido en la representación del drama shakesperiano Arthur Leander. Los personajes y situaciones descritos en el comic Estación Once inspiran a los de la novela, quienes se ven identificados en ellos, emulando sus acciones y dejándose influir por sus estados de ánimo e ideales para la toma de decisiones.

La frase “La supervivencia es insuficiente” sacada del episodio “Instinto de supervivencia” de Star Trek: Voyager, aparece rotulada en la caravana de la “Sinfonía Viajera” y se constituye en la divisa que determina la vida de esta compañía artística. La condición humana, en su sentido más amplio e integral, se expresa en la “Sinfonía Viajera” como un elemento diferenciador de la novela. Emily recrea unos personajes que asumen riesgos y penalidades en su itinerancia a través de una serie de asentamientos con la finalidad de representar obras teatrales de Shakespeare e interpretar música clásica. Estos actores y músicos comprometen la comodidad y seguridad de sus existencias empeñados en dignificar las vidas de los demás a través del arte y la cultura. Esta idea otorga esperanza y dota de sentido un mundo sumido en el caos. Como bien nos recuerda St. John Mandel, sobrevivir no es suficiente, pues quienes se ven abocados a ese estado de forma permanente se desconectan de aquello que les caracteriza como seres humanos. No es casual que las obras de teatro elegidas para su representación pertenezcan al genial bardo, pues el propio Willian hubo de lidiar con el embate de la peste mientras creaba sus obras más brillantes.

Dejaremos que sea George R. R. Martin, autor de la saga Canción de hielo y fuego adaptada a la televisión con el título Juego de Tronos, quien cierre la reseña con su valoración acerca de Estación Once: “La mejor novela que leí en 2014. Un libro que recordaré durante mucho tiempo y que volveré a leer”.

Acerca de la autora: Emily St. John Mandel nacida en el año 1979, es una novelista canadiense ganadora del premio Arthur C. Clarke y finalista del National Book Award y del premio PEN/Faulkner por su novela Estación Once. El hotel de cristal (2020) es su quinta novela.

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