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Espinosa, María Cristina – “Cuando menos te lo esperas”



Hace tiempo que vengo hasta aquí y no sé a qué vengo. Me empeño en asomarme a este balcón desde el que te veía llegar en cada encuentro. Entonces habitábamos un mundo fuera del mundo.  Porque nos amábamos a contramano. Y lo sabíamos.  Flotábamos en un tiempo sin rumbo y sin orillas. Desafiábamos las normas impuestas por una sociedad que no comprendíamos. Pero decidimos cruzar las líneas rojas y seguimos adelante.

Desde un primer momento supe de tu relación con Maite, tu compañera de vida con la cual habías formado una familia de la que te sentías muy satisfecho. Tampoco yo te oculté mi amor por Horacio, mi marido desde hacía más de 20 años.  Éramos conscientes de que lo nuestro no podía, no debía prosperar.

Claro que yo aún no sabía que la vida se puede explicar de muchos modos. Tampoco me imaginaba que un corazón puede albergar más de un amor al mismo tiempo. Y que cuando crees que ya has encontrado el camino y lo tienes todo, te encuentras con que puede haber algo más.

Lo nuestro fue un regalo inesperado. Un desafío.  Primero  el vértigo de lo prohibido, los encuentros furtivos, el renacer del deseo. Luego un entresijo de piel, emociones y descubrimientos que nos pilló por sorpresa y nos unió con la fuerza de un torrente descontrolado. Días que valieron el precio de una vida entera.

Yo creo que Horacio llegó a sospechar algo, a pesar de nuestras precauciones. Cómo no darse cuenta del brillo de los ojos con el que volvía a casa de nuestros encuentros, mi euforia, mi alegría, mis ganas de reír y de llorar al mismo tiempo y esa sonrisa tonta que colgaba siempre de mis labios.  Cómo no percatarse luego del velo de sombra que cubrió mis ojos y me sumió en esta depresión de la que no logro escapar.

Es probable que Horacio lo haya sabido siempre, pero él no dice nada. Quizás espera en vano una explicación que nunca le daré. Porque nuestro secreto nos pertenece sólo a ti y a mi. Lástima que tú te lo llevaste a tu tumba aquella maldita tarde de otoño en la que un accidente de coche te alejó para siempre de este mundo. Una muerte que llegó a tu vida cuando recién estrenabas 45 años  y que te  impidió llegar a este nuestro sitio de encuentros donde aún te espero.

Hasta ahora he seguido viniendo a esta habitación para revivir momentos que vivimos juntos y llorar.  He llorado tanto que ya no me quedan lágrimas. Pero hoy he sentido más que nunca la abrumadora tristeza de estas paredes, la soledad del balcón abandonado, la tristeza de la cama vacía y tu ausencia invadiéndolo todo. Un temblor helado hasta ahora desconocido ha recorrido mi cuerpo y mis entrañas. Una sensación de no saber, de no entender qué estaba haciendo allí. Por eso creo que, aunque me duela el alma, ha llegado la hora de cerrar para siempre estas ventanas mustias y esta puerta gastada. Y, a pesar de que soy mala alumna del olvido, intentaré dar la espalda a tu recuerdo y encerrarlo para siempre en un rincón de mi corazón herido. Hoy te digo adiós para siempre, amor. Creo que es tiempo de volver a casa. Me están esperando.

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