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Espina, Concha

Publicado el 5 de mayo de 2021


Yo soy una mujer: nací poeta,

y por blasón me dieron

la dulcísima carga dolorosa

de un corazón inmenso.

(Fragmento de “Yo soy una mujer: nací poeta”, de Concha Espina, incluido en su novela “La esfinge maragata”)

“Poetas y Poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

El sol caía en el horizonte cuando, aquella tarde de verano de hace ya más de diez años, aparqué mi viejo Renault 4 delante del número 7 de la Cours du 11 Novembre, en la pequeña localizad provenzal de Allauch.

Me habían hablado muy bien de la confitería “Le Moulin Bleu”, la única en la que aún se podían encontrar los famosos caramelos suce miel. Y, efectivamente, allí pude adquirir una de esas típicas tiras de papel blanco con las letras y el dibujo de una abeja impresos en color azul. Al salir, me senté a la sombra de un gigantesco árbol centenario a dar buena cuenta de ellos.

Mientras me deleitaba con tan exquisita y, a la vez, un tanto empalagosa golosina, hurgué en mi mochila viajera y extraje, al azar, el poemario Entre la noche y el mar de la novelista, cuentista y poeta cántabra Concha Espina. Sus versos, leídos bajo la todavía intensa luz estival de la Provenza, me embarcaron en un viaje maravilloso hacia el corazón de esta mujer coetánea de la Generación del 98, una más de esas voces olvidadas que, sin duda, merecen ser recuperadas.

Nacida María de la Concepción Jesusa Basilisa Rodríguez-Espina y García-Tagle el 15 de abril de 1869 en Santander, séptima de diez hermanos, a los trece años se trasladó con su familia a la casa de su abuela materna en el municipio de Mazcuerras, debido a la bancarrota en que la estaban inmersos. Allí fue donde comenzó a escribir poesía y donde más tarde se casaría muy joven con Ramón de la Serna y Cueto, con quien se trasladaría a vivir a Chile.

Su primera publicación lírica data de mayo de 1888, cuando aparecen, en el periódico El Atlántico de Santander, unos versos suyos bajo el anagrama de Ana Coe Snichp.

Su amplia trayectoria literaria la llevó a publicar artículos periodísticos en diversos diarios latinoamericanos y españoles, entre los que destacan La Vanguardia o su corresponsalía en Argentina de El Correo español, y a escribir numerosas novelas, muchas de las cuales se tradujeron al inglés, lo que permitió la internacionalización de su obra. Esto también la llevó a viajar, algo que fue determinante en su obra lírica.

En lo que a la poesía se refiere, unos años después de su regreso a España en 1989, publica la colección de versos infantiles Mis flores (1904), de corte sencillo y juvenil, plagado de imágenes religiosas, obra que la propia autora calificaría más tarde como “inocente y humilde como una oración, capullo que no llegó a florecer”.

Treinta años después publicó Entre la noche y el mar (1933), un poemario donde se aprecia la madurez que no tenía el anterior, Mis flores, y en el que se recogen los poemas escritos como consecuencia de sus muchos viajes, en los que entremezcla estancias en lugares tan diversos como Nueva York, Sevilla, Montreal, la Habana o su Santander natal entre otros, y trata temas tan universales como el miedo o el amor.

Su último poemario, La segunda mies (1943), está integrado por poemas que Concha Espina escribió durante la Guerra Civil y, aunque no vienen a dar testimonio de ella, si reflejan bien las circunstancias vitales por las que la poeta atravesó durante aquellos años.

Nuestra autora también insertó algunos poemas en sus novelas más conocidas. Así, en La esfinge maragata (1914), la autora incluye el poema Yo soy una mujer: nací poeta. Estas inclusiones vienen a constatar el hecho de que Espina considerara a la poesía como el eje vertebrador de su obra, a pesar de que los premios literarios y la fama los logró con sus novelas y artículos periodísticos, que son los que le permitieron sacar adelante a su familia, arruinada por los dispendios de su marido, del que se separó en 1908.

Rechazada por la Real Academia de la Lengua y nominada al Nobel de Literatura en 1926, Concha nunca abandonó la poesía, que constituyó su bautismo literario, y siguió escribiendo a pesar de la ceguera que comenzó a padecer en 1934.

Mujer moderna y pionera de la igualdad, una de las primeras en vivir de su trabajo, y una de las escritoras más importantes del siglo XX, su literatura reivindica el progreso de la sociedad y participa de diversos estilos, como el romanticismo, el costumbrismo y el modernismo entre otros, dada su dilatada carrera.

Pero sus ideas, etiquetadas de conservadoras por quienes no entendieron el momento y las circunstancias en que le tocó vivir, le valieron el olvido durante décadas. Fue una de aquellas mujeres borradas de nuestro pasado artístico-literario, una de aquellas que hemos de recuperar sin duda.

Para cerrar este post qué mejor que hacerlo con su último soneto, el que su hija, Josefina de la Serna, encontró tras la muerte de Concha en el armario en el que esta guardaba sus documentos.

Hay una sepultura de ladrillo

 

que me espera en el suelo arrodillada,

 

rojo lecho en tierra calcinada,

 

cuerpo estéril de gélido mantillo.

 

En ella ha de torcer un sordo anillo

 

mi pálida ceniza sosegada

 

bajo el silencio adusto de la nada

 

que resucite su mortal cuchillo.

 

Pero sobre la muerte se deshoja

 

la eterna luz del cielo soberano

 

y sobre la dureza de una losa

 

que abrigue la negrura de un arcano,

 

habrá el roce amoroso de una mano

 

que derrame el perfume de una rosa

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