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Envidia – David Sáez Doñate



Claudio entró en la cafetería sin saludar a nadie, con esa expresión de enfado perpetuo en el rostro, con el ceño fruncido y la mirada envenenada.

En unos días cumpliría 89 años, pero aún mantenía el porte erguido y la cabeza alta. La mala leche le mantiene fuerte, decían sus vecinos, que trataban a Claudio, a pesar de su comportamiento hosco, con cariño. Es un viejo solitario, decían disculpándolo con compasión, cuando Claudio les negaba el saludo con un resoplido de desgana.

Y era cierto que la mala leche le mantenía fuerte y vigoroso; un vigor que Claudio solo enfocaba al ya único propósito de su dilatada existencia: aguantar más tiempo con vida que Antonio, su eterno rival desde la niñez.

Antonio, siempre más guapo y perfumado, y más sonriente, y con más pelo, siempre tan peinado, y con más tierras, y con mejores y más sabrosos frutos en sus árboles, y con mejor coche, y con una mujer más guapa, y siempre tan educado, y con esos nietos, esos mocosos ruidosos y felices… ¡Maldito Antonio!

Claudio empezaba cada mañana leyendo el periódico pero iba directamente a las esquelas, esperanzado, todos los días, de leer el nombre de Antonio. Tu familia y amigos no te olvidan, y tus enemigos tampoco, fantaseaba Claudio, que se imaginaba con deleite a sí mismo meando victorioso sobre la tumba de Antonio.

Esa mañana, no obstante, no estaba el nombre de Antonio en las esquelas. Entre maldiciones, pidió su habitual carajillo de coñac, que en Claudio provocaba el mismo efecto que echar gasolina al fuego, pero la camarera, que le daba la espalda mientras limpiaba la cafetera, pareció no escucharle. Claudio volvió a pedir su  combustible matutino, confiriendo a su voz ronca un tono elevado y agresivo, pero ella siguió sin escucharle.

Claudio sintió el impulso de saltar por encima de la barra y agarrar por el moño a aquella niñata rubia y engreída que no servía más que para camarera; y esta vez la insultó, que te habrás creído con esos labios de furcia pintarrajeados de rojo, y le gritó, y comenzó a hacer aspavientos, pero ni la camarera ni nadie parecían verle.

Sin embargo, Claudio, obsesionado por encontrar el nombre de Antonio en las esquelas, no había visto que el nombre que estaba entre los demás fallecidos era el suyo propio.

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