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Elizabeth Barrett Browning

Publicado el 14 de enero de 2022


¡Mis cartas! Papel muerto… mudo y blanco…

Y no obstante palpitan esta noche

En mis trémulas manos cuando aflojo

La cinta y caen sobre mis rodillas. (…)

 

(Mis cartas, Elizabeth Barrett Browning)

Londres, diciembre de 2018.

 

“Poetas y Poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

La mañana es fría, pero ello no me impide sentarme en un banco mientras observo a las ardillas recorrer la distancia que separa unos árboles de otros en el parque de St. James, en una alocada carrera por escapar del azote de poco más de nueve años que las persigue sin descanso: mi hijo.

Mientras con el rabillo del ojo vigilo sus movimientos, pongo el resto de mi atención en el libro que descansa entre mis manos y que ha viajado en mi mochila desde España. Se trata de las poesías completas de Elizabeth Barrett Browning, una lectura más que apropiada para la ciudad en la que me encuentro y que, verso tras verso, logra transportarme a la Inglaterra victoriana.

Exponente femenino de la lírica inglesa en la época victoriana, Elizabeth Barrett Browning no solo destacó por su poesía, sino también por su compromiso político, abogando por la abolición de la esclavitud y del trabajo infantil.

Nacida en el condado de Durham (Inglaterra), en 1806, bajo el nombre de Elizabeth Barrett, la esmerada educación que recibió por ser hija de un rico terrateniente determinó que desde muy joven se interesara por los clásicos de la literatura, publicando su primer poema, La batalla de Maratón, en 1820 a la corta edad de catorce años.

Después vendrían Ensayo sobre el hombre y otros poemas en 1826,  El serafín y otros poemas en 1838, El lamento de los niños en 1841 y  El galanteo de Lady Geraldine en 1844.

Sin embargo, su vida no fue fácil. Aquejada de una dolorosa afección en la espalda que debilitó su salud hasta el último de sus días, fue una mujer solitaria y melancólica, adicta al opio que tomaba para calmar sus dolores. Pero su vida dio un vuelco cuando conoció al poeta Robert Browning, con quien se casó, pese a la oposición de su familia, y de la pasión que sentía por él nació la obra Sonetos de la portuguesa (1850), a la que pertenece el poema ¿De qué modo te amo?

 

¿De qué modo te amo?

(How Do I Love Thee?)

¿De qué modo te amo? Deja que cuente las formas:

Te amo desde el hondo abismo hasta la región más alta

que mi alma pueda alcanzar, cuando persigo en vano

las fronteras del Ser y la Gracia.

 

Te amo en el calmo instante de cada día,

con el sol y la tenue luz de la lámpara.

Te amo en libertad, como se aspira al Bien;

Te amo con pureza, como se alcanza la Gloria.

 

Te amo con la pasión que antes puse

en mis viejos lamentos, con mi fe de niña.

Te amo con la ternura que creí perder

cuando mis santos se desvanecieron.

 

Te amo con cada frágil aliento,

con cada sonrisa y con cada lágrima de mi ser;

y si Dios así lo desea,

tras la muerte más te amaré aún.

 

De la misma época son Las ventanas de la casa Guidi (1851), Aurora Leigh (1856). Su última obra antes de fallecer en su casa de Florencia en 1861, Poemas antes del Congreso  (1860).

Su influencia se dejó sentir en escritores de la talla de Edgar Allan Poe, quien la admiraba profundamente, Emily Dickinson y Virginia Woolf.

Es complicado escoger un poema de esta notable e influyente autora para cerrar este artículo, pero no podemos transcribir toda su obra, de modo que finalmente lo haremos con una composición que considero refleja el espíritu del romanticismo, ese contraste entre el canto al amor y las referencias a la muerte.

De mi cabello nunca di un rizo a un hombre

De mi cabello nunca di un rizo a ningún hombre,

amado mío, salvo el que te ofrezco ahora

y, pensativamente, en toda su largura

sombría, voy ciñendo en torno de mis dedos.

 

Tómalo. Ya mis días de juventud pasaron;

ya al paso alborozado no tiembla mi cabello,

ni prendo en él la rosa o los brotes del mirto,

como las chicas suelen: ya sólo puede, en pálidas

mejillas, sombrear las huellas de mi llanto,

y se avezó a soltarse cuando a la frente inclina

con su arte el dolor. Temí que las tijeras

 

fúnebres lo cortaran primero, y ha vencido

tu amor. Tómalo. Puro como antaño, hallarás

el beso que, al morir, en él dejó mi madre.

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