El último equipaje – Álvarez, Mª Ángeles

La noche era oscura y cerrada. Apenas un tímido rayo de luna atravesaba las cortinas del dormitorio de Elena Gallardo. La ventana, unos centímetros abierta, dejaba pasar la brisa helada que se colaba procedente del mar.

Ella dormía plácidamente, cuando algo la sobresaltó. Abrió los ojos y se incorporó sobre la cama. Entonces la vio: Ariadna Esteban, su amiga, su alma gemela, su compañera de aventuras desde la infancia, la observaba desde los pies de la cama. Su mirada cristalina y sus ojos brillantes como estrellas en la noche, sobresaltaron a Elena.

Ambas permanecieron en silencio, con los ojos clavados la una en la otra, con un millón de cosas que decirse, pero para las que no encontraban palabras. Al cabo de un rato, Ariadna se levantó, dispuesta a salir de la habitación. Pero entonces, Elena se apresuró tras ella, deteniéndola con sus palabras.

¿Te arrepientes de algo? —preguntó Elena a bocajarro, justo en el momento en el que Ariadna iba a atravesar la puerta.

Ariadna se volvió, la tristeza reflejada en el rostro.

Me arrepiento de no haber hecho todo aquello que pude hacer y no hice. Me arrepiento de haber otorgado tanto poder al miedo, nuestro más feroz enemigo, el que no deja de ponernos trampas, una y otra vez. Me arrepiento de no haberme enfrentado a él… —suspiró Ariadna.

¿Por qué? —insistió Elena.

Porque al irme de este mundo, llevo mi equipaje repleto de dudas. No de errores o de aciertos, no, sencillamente, de dudas.

Pero, al menos, no lo llevas lleno de errores… —insistió Elena.

Es cierto. Sin embargo, los errores son importantes, tanto o más que los aciertos, porque significan que has vivido, porque cuando vives también te equivocas. Pero si en tu maleta no hay errores, quiere decir que no has corrido ningún riesgo, que has sido un mero observador de la vida, que has pasado por ella de puntillas, sin saborearla, sin zambullirte en su hermosura.

Y sin sufrir —añadió Elena.

Y sin alcanzar la felicidad también, al menos no la real, la plena. Es posible que hayas logrado rascarla un poco, robar un pedacito de algo que crees que es suficiente. Pero, ¡ay, amiga mía!, cuando llegas al final como yo he llegado, te das cuenta de que no es así.

Entonces, Ariadna salió de la habitación.

¡No te vayas aún! —exigió Elena.

Pero no obtuvo respuesta. Salió al pasillo en su busca, pero no había rastro de su amiga. Todo estaba a oscuras. Caminó hacia las escaleras, pero tampoco allí encontró a Ariadna.

El silencio reinaba en la casa. Elena se sentó en el escalón más alto, tal vez esperando que Ariadna regresara. Pero no lo hizo. Y Elena lloró, lloró hasta agotar las lágrimas. Lloró por esa amiga que no volvería jamás, lloró por esa mujer a la que el miedo había impedido vivir. Y gritó, pero esta vez lo hizo por ella misma. Gritó desgarrada por la urgente necesidad de vencer al miedo, a cualquier miedo, su propio miedo, ese miedo que acecha siempre al ser humano; lloró por la impotencia de carecer de la valentía suficiente como para enfrentarse siquiera a él. Gritó y lloró y volvió a gritar y a llorar, hasta caer extenuada.

Con las primeras luces del alba, Elena se encaminó por el sendero que atravesaba el camposanto y que la llevaría frente a ese trozo de mármol, bajo el que Ariadna descansaba ya.

Al llegar junto a ella, Elena se detuvo y se sentó en la tierra húmeda. Colocó sobre la tumba un sencillo ramillete de margaritas recién cogidas, que nada tenían que envidiar a las frágiles y bellas rosas de Banks que se extendían por doquier, como ofrenda a esa mujer que se había marchado tan solo dos días antes.

Tu lección es mi lección —comenzó Elena, dirigiéndose al pedazo de mármol—. Siento que te dieras cuenta tan tarde, lo siento tanto… Ahora sé que si yo lo hiciera también, si dejara pasar la vida por miedo a lo que vivirla puede traerme, no sólo deshonraría tu memoria, sino que me estaría traicionando a mi misma. Así que, amiga mía, voy a intentar vivir la vida como tú no pudiste. Y cuando llegue mi hora, te prometo que mi maleta estará rebosante de errores.

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