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El olvido que seremos – Héctor Abad Faciolince

Publicado el 26 de agosto de 2020


Reseña realizada por Marcos Rodes.

Con motivo de mi reciente cumpleaños, un buen amigo me regaló El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince. Lo hizo amparado en dos certezas; una evidente y ampliamente reconocida, la de estar obsequiando un excelente libro. El otro motivo tiene un componente vocacional, pues hace referencia a mi vínculo con la esfera del duelo. En ambos casos, su elección ha resultado acertada.

He de reconocer que el arranque de la novela me pareció un encomio, un tanto empalagoso, propio de un niño que idolatra a su padre. Resulta habitual que los deudos acaben idealizando a la persona fallecida, otorgándole todo tipo de virtudes y soslayando su dimensión terrenal. Sin llegar a abandonarlo, solía dedicarme a otras ocupaciones que resultaban preferibles a tenerlo entre en mis manos.

Por fortuna, la confianza en el criterio literario de mi amigo me llevó a retomar su lectura y adentrarme en el conocimiento de las creencias, actitudes y comportamientos de una persona singular, y de cómo estos impactaron en su familia y en un país azotado por la violencia. Sobre esto último, algo conocía a través de los medios de comunicación. Me faltaba la visión personal de la barbarie sufrida en Colombia, similar al aporte que representó la lectura de Patria de Fernando Aramburu en su aproximación al “problema vasco”. Los nombres de desconocidos y los números de afectados se procesan en la cabeza, mientras que los dramas humanos impactan en el corazón. Ambos órganos se han de complementar para una comprensión integral de los hechos, de la vida y de la muerte… de las muertes sin sentido e injustas, cuyos artífices nos resultan, inequívocamente, reprobables, odiosos.

Héctor Abad Faciolince expresa, a veces de manera descriptiva y las más, a través de una inspiradora prosa poética, la dimensión de un hombre que se va conformando como un humanista ejemplar, cuyos valores (honradez, generosidad, compromiso…) irradian tanta luz que dejan sin efecto sus sombras. Junto a ello, la novela se configura en un relato sobre la degeneración política y social de un país que corre el riesgo de decretar la muerte de la inteligencia. Sus razonamientos, acerca de las consecuencias de las acciones humanas y, en especial, sobre los procesos mentales y emocionales que las inspiran, componen algunas de las páginas más esclarecedoras que he leído.

Siendo así, me alejo del autor en los aspectos que transcienden el concepto de existencia. En mi caso, por ejemplo, doy cabida al “pensamiento mágico” como posible explicación de los hechos que acontecen alrededor de la muerte de un ser querido, los cuales pueden ser interpretados como una vía de conexión que cobra sentido de forma subjetiva  para cada persona (no adscrita, por tanto, al método científico de observación y registro de experiencias). Esta postura no es compartida por Héctor, pues encuentra que los mismos corresponden a un oportuno recurso de la mente para gestionar el intenso dolor producido por el fallecimiento.

Las técnicas narrativas aplicadas al duelo están recomendadas para algunos dolientes como un recurso que facilita la elaboración de la pérdida. En el caso de Héctor Abad Faciolince (entendiendo que el formato y resultado exceden lo pretendido en estos casos), hubieron de pasar veinte años para que las emociones de tristeza, rabia, culpa… no condicionaran la narración, buscando el adecuado equilibrio entre la exposición “objetiva” de una vida (que corre en paralelo a la de Colombia) y el impacto emocional de su existencia y muerte. Los intentos previos de aproximarse a este proyecto personal y literario habían sido ahogados por las lágrimas, cuya acuosa presencia le impedían fijar su atención en las letras escritas.

Héctor ha librado una batalla contra el olvido armado con sus recuerdos y los de las personas allegadas. Una contienda librada en el terreno de los sentimientos sobre una figura cuya grandeza humana crece a la par que la novela. Pero no han sido estos sus únicos recursos, pues ha dotado al libro de una dimensión poética y filosófica que traspasa la figura homenajeada para insertarse en la tradición atemporal de los bardos, escritores, filósofos y artistas que reflexionaron y crearon a partir de la idea de la indiferencia y extrañamiento de quienes existieron. Si se preguntan cuál ha sido el resultado de este empeño, quizás convenga recordar lo que expresó J.M. Cotzee al respecto: “Héctor Abad ha escrito una historia trágica e inolvidable”.

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