“El médico” de Noah Gordon, película dirigida por Philipp Stölz

“La literatura llevada al cine” por Iván Montero.

Correría el año 2003 cuando cayó en mis manos una novela que, sin exagerar lo más mínimo, leí en dos noches, pues su trama me atrapó de tal modo, así como la forma en la que estaba escrita, que no pude dejar de pasar sus páginas, una y otra vez, hasta que la terminé.

         Hoy, voy a hablar de El Médico, de Noah Gordon.

 

Dado que la adaptación cinematográfica no se llevó a cabo hasta el 2013, sin que yo hubiese estado al tanto de tal acontecimiento, debo decir que esta me agradó bastante, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de mediocridades que en la última década hemos tenido que sufrir los que amamos el cine de calidad; salvando, por supuesto, grandes joyas. Por desgracia, muchos coincidiréis conmigo cuando afirmo que estas pueden ser contadas con los dedos de las dos manos.

         Pero vayamos a la obra de Gordon.

         Como digo, devoré la novela con tal ímpetu que, al descubrir en las últimas páginas que la saga continuaba a través de Chamán y La doctora Cole, mis ilusiones por haber encontrado una trilogía digna de alabanzas casi hicieron que se me saliera el corazón de la boca. Sin embargo, como suele suceder, las ilusiones no son más que eso: esperanzas que uno genera sustentadas en subjetivos anhelos; y es que las continuaciones de la primera no son ni por asomo una décima parte de buenas que la obra de la que aquí vamos a hablar.

 

El Médico, al margen de ambientarse en el oscurantismo medieval que secuestró Europa durante varios siglos, carcomida y hundida en el pozo de la religión católica, se centra en una enfermedad que, por fortuna, a día de hoy no implica demasiadas complicaciones —notad que no deseo chafar la trama de la obra a nadie; lo que hoy diríamos: no deseo hacer un spoiler— si esta se detecta y trata a tiempo. En la novela se la conoce como la enfermedad del costado.

Como casi todo en esta vida, encontrar su cura implicó —siempre según la ficción de la obra, pues en la realidad, no hay constancia de que antes de la segunda mitad del S.XIX se hubiera tratado, aunque Leonardo da Vinci ya la representó en algunos dibujos anatómicos—, que nuestro protagonista, Rob J. Cole, se enfrentara no a una sociedad, la Cristiana, sino también a dos más: la Judía y la Islámica.

Como podéis imaginaros la trama atrae desde el primer instante. Sin embargo, la crudeza del primer capítulo te obliga, si con esto no fuera suficiente, a permanecer con el libro entre las manos el mayor tiempo posible. En él ya se vislumbra la lobreguez de la época: la miseria de la vida de las personas, la falta de higiene, la superstición religiosa y el miedo al diablo… Y es que, salvo en contadas situaciones, uno siempre sufre por el bienestar del protagonista y por los peligros que su osadía y su valor le hacen vivir.

La obra nos hace viajar desde el Londres del S.XI, hasta la Persia de aquella época, describiendo un sinfín de detalles que nos hacen entrar de lleno en aquellos remotos parajes, con sus más variopintas costumbres.

En cuanto al protagonista, este, además de desear convertirse en algo más que un barbero —no, no quiero decir que el joven Rob deseara ser un magnífico esteticien que pretendiera promulgar en aquella época la moda hipster; por aquel entonces, un barbero, al margen de cortar el pelo y de afeitar las barbas, se dedicaba a cualquier cosa que implicara el uso de tijeras y navajas; podéis imaginar que a día de hoy serían conocidos como matasanos—, influido por la destreza de un médico judío de Londres, posee cierto don, digamos mágico, que le permite conocer si una persona se halla a las puertas de la muerte solo con tocar sus manos.

Así, para los que no hayáis leído la obra, ¡hacedme caso, pues ya estáis perdiendo el tiempo!

Pero ¿qué puedo decir acerca de sus secuelas? Tal y como solía decir mi profesora de literatura, Pilar Fernández, los escritores estadounidenses suelen pecar de repetirse cuando logran alcanzar una buena obra. No seré yo el que diga que esto es cierto, pues, sin lugar a dudas, hay infinidad de excepciones, pero, en este caso, podríamos decir que el bueno de Noah no se devanó demasiado los sesos; y, si lo hizo, conmigo erró.

Para empezar, en Chamán se centra en las relaciones existentes entre los nativos americanos y los colonizadores de la segunda mitad del S.XIX, así como en las vivencias del personaje para estudiar medicina, siendo sordo a causa de una enfermedad, y salvar a su hermano de la Guerra Civil Estadounidense; no es que no sea interesante… pero no es lo que yo buscaba, ¡la verdad! Bajo mi punto de vista, la obra resulta insulsa y aburrida, y carece de ese atractivo médico en busca de la cura de cierta enfermedad que logró sacudir los cimientos de la medicina, así como sucedió en la primera parte.

En cuanto a La doctora Cole, debo decir que es una obra que no terminé de leer, ¡lo siento! Sin embargo, hay demasiados buenos libros como para perder el tiempo con uno que no te dice nada en absoluto, al margen de ponerte de mala leche. Y es que la trama de esta se centra en el derecho del aborto de las mujeres y la disposición por parte de los gobiernos de facilitarles el que lo lleven a cabo con total seguridad, si esa es su voluntad. Dado que yo tengo muy claro que todas y cada una de las mujeres son dueñas de su cuerpo, y que abortar debe parecerse muy poco a ir a tomar unas cañas con unos amigos, leer las posturas de los trogloditas —además, desde el punto de vista de los trogloditas norteamericanos— y enfermarme al ver de qué modo consiguen ganar pequeñas batallas políticas –y otras que nada tienen que ver con la política, y sí mucho con las campales—, la verdad, nada positivo saqué de ese libro… ¡Así que me quedé con el buen sabor de boca del primero, y olvidé los otros dos!

Y ahora, pasemos a hablar de la película.

Me encontraba yo comprando en un centro comercial cuando, tras acercarme al cine a ver la cartelera y los próximos estrenos, descubrí con asombró la portada de la película El Médico. Leer entre el reparto los nombres de Stellan Skargård y de Ben Kingsley me dejó gratamente sorprendido, y supe entonces cuál sería la próxima película que iría a ver.

         Como ya he dicho, aunque es imposible plasmar esa magnífica obra en tal solo 2 horas y media —hay una versión extendida que alcanza las 3 horas, pero no he tenido el placer de verla—, debo admitir que la película, aun cuando existen modificaciones sustanciales con respecto a la novela, dejando así muchos momentos de extremada tensión que se viven entre sus páginas en el limbo, cumple soberanamente con las expectativas que en tan poco tiempo me hice de la misma. Dirigida por Philipp Stölz, y con la banda sonora de Ingo Ludwig Frenzel (un músico de género alternativo o indie), la película logra transmitir la esencia que se saborea en el libro; al menos, un 30% de esta.

         Así, ya os puedo decir sin miedo a equivocarme, que en este artículo os estoy recomendando dos enormes obras que no debéis dejar pasar.

Puedes escuchar el audio de este post en el siguiente enlace:

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