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El maestro Juan Martínez estaba allí – Manuel Chaves Nogales

Publicado el 11 de febrero de 2021


Reseña realizada por Begoña Curiel.

La guerra es la catástrofe, la espiral del desastre que todo lo envuelve. No hay buenos ni malos cuando el fanatismo trata de esconder el hambre y abandona a la población que las ideas aseguran defender. El maestro Juan Martínez que estaba allí –un bailarín flamenco de Burgos– lo vio según este testimonio recogido por Manuel Chaves Nogales cuando le conoció en París. La odisea relatada es de proporciones colosales.

  Antes de entrar en ella me gustaría aclarar que estaba ansiosa por leer a este periodista sevillano fallecido en 1944 y del que últimamente no se para de hablar. Probablemente –argumentan quienes han profundizado en su obra– porque estuviera demasiado enterrado. Libros del Asteroide ha rescatado su obra y recibido el aplauso unánime de la crítica que coincide en el coraje y rigor del periodista en tiempos donde no eran recomendables tales virtudes por el peligro que conllevaban. Necesitaba leerle.

  Me aconsejaron otras obras suyas para el estreno pero ha sido finalmente Juan Martínez quien ha entrado en mi casa. ¿Se han cumplido las expectativas? La respuesta es complicada. Sí, por varias cuestiones. A medias, porque esas expectativas eran altas y sé por experiencia, que eso, no es bueno. Pero vamos con la odisea de Juan Martínez.

  Personaje pintoresco donde los haya. El artista viaja por el mundo donde quiera que le paguen. Acompañado de Sole acabará entrando en una ratonera que nunca imaginaría. De no ser tan terrible y trágica su experiencia, se podría disfrutar del halo cómico que envuelve al protagonista, que –de ser cierto el testimonio al cien por cien– habría tenido más vidas que un gato.

  El artista narra en primera persona su periplo reconociendo su ignorancia en lo que respecta a la política porque su único objetivo es vivir de su arte. La idea inicial para esta reseña pasaba por el trazado breve de su recorrido pero es tan largo, entrecortado, complejo y denso por las circunstancias históricas, momentos políticos y contextos sociales que le toca vivir/sufrir que opto por resumir lo más destacado.

  Los interesados en la revolución rusa van a disfrutar salvo que su pensamiento ideológico colisione con las afirmaciones de Juan Martínez. Como espectadores objetivos se aprenderá de este capítulo de la historia con la mirada de un extranjero en aquellas tierras al que la política le importa bien poco y que relata un periodista de reconocidas ideas republicanas en tiempos de Azaña.

  Desde que estalla la Gran Guerra –entonces andaban por Turquía– hasta que Juan y Sole escapan del infierno, es fácil que el lector se pierda entre las ciudades por las que transitan. El territorio ruso abarcaba entonces países ahora independientes. En Kiev, capital ucraniana pasarán parte de su quinario.

  La caída del régimen zarista forjada por el avance de la revolución bolchevique sería un resumen muy simple de lo ocurrido, porque a poco que se conozca esta etapa es evidente que los entresijos de los encarnizados enfrentamientos bélicos son infinitos. Al maremágnum de victorias y caídas repetidas de los sectores principales, por así decirlo, hay que sumar los encontronazos con las tropas nacionalistas de Petliura y la invasión del ejército polaco.

  La “orgía” de sangre y fuego descrita por Juan Martínez es delirante, terrible, pero aún más la pobreza y hambruna que mientras la población trataba de resurgir de sus propias cenizas. Lo que cuenta Juan Martínez es demencial.

  Sólo la picaresca, entonando el “sálvase quien pueda”, luchando y amoldándose a los tiempos que tocaran podía garantizarse mínimamente la supervivencia, sin momento para la reflexión porque los estómagos rugían más de hambre que de locura ideológica.

  En su opinión, y bien claro lo deja, no hay un claro ganador de la sangría cometida en suelo ruso. Insiste en infinidad de pasajes que todos fueron asesinos y víctimas. Un ejemplo: «el ejército blanco –en alusión a los partidarios del sistema zarista– se había ido bolchevizando sin sentirlo. Sus mismos jefes fueron perdiendo todas las características del antiguo militar del zar y tenían ya el aire desaforado de los comisarios soviéticos». Y sigue: «La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos».

  La única diferencia –por si a alguno podía llamársele “menos malo”, ese el baremo de Juan Martínez– es que «los rojos pasaban hambre al mismo tiempo que la población civil y los blancos no».

  Lo que tuvo que ser para Chaves Nogales encontrarse un testigo sin pelos en la lengua; cómo dejar pasar en su calidad de periodista un testimonio de tal calado aunque disgustase a quienes no deseaban escuchar tanta sangre. Cómo no entender que se le ninguneara, que “cayera en el olvido” o se le arrojase al pozo con la fuerza de la indiferencia. Es el indudable valor de esta obra más periodística que literaria.

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