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El intruso

Publicado el 13 de diciembre de 2021


Reseña realizada por Begoña Curiel.

Qué joya de libro. ¿Por dónde empezar?

  El intruso ha sido aprender Historia gozando la narración, mi oportunidad de conocer a un clásico, sorpresa y admiración al descubrir el por qué de la calle Doctor Areilza en Bilbao, una lección y recordatorio necesario de cómo se consiguieron/consiguen los derechos laborales –en este caso en la minería vasca–, un canto a la ciencia y a la justicia social.

Una novela arrolladora por estos y muchos más motivos.

  Entre ellos la valentía de un escritor, periodista y político a principios del siglo pasado, porque lo que cuenta, no se podía contar entonces con semejante claridad y arrojo. Además, siendo de origen valenciano supo captar y retratar la esencia del clasismo inherente a la separación física entre margen izquierda y derecha que establece la ría del Nervión. Toda una metáfora geográfica. Blasco Ibáñez describe la ciudad, paisajes, costumbres, habitantes como si hubiera emergido de sus aguas. Un cronista de lujo.

  El hilo conductor de El intruso es el doctor Aresti, personaje que representa al Enrique Areilza y Arregui real el de la mencionada calle con su nombre y del que tanto he conocido gracias a esta novela–. Este médico bilbaíno se dedicó durante décadas a la atención de los mineros que sufrieron la miseria y la insalubridad hacinados en chabolas en los montes de Triano donde se asentaban los enclaves mineros del hierro mientras unos pocos amasaban fortunas. Hizo hospitales a los que llevó maquinaria y técnicas procedentes de Europa tratar las lesiones y males que abundaban entre los braceros.

  Pese a su origen no apartó la vista de la realidad. Blasco Ibáñez se entrega con pasión y vehemencia a ensalzar su figura no sólo como profesional de la medicina sino por su firme creencia en la justicia social. La ideología republicana del escritor (1867-1928) impregna la obra, clama por los derechos laborales de los mineros y batalla contra el clericalismo, santurronería y cinismo de la burguesía bilbaína en la época.

  No tiene pelos en la lengua. La cruzada contra la intromisión de los jesuitas en los hogares de la gente bien –lógicamente con su beneplácito y mística entrega–, es brutal. El intruso grita, diría que escupe –recuerden que hacía esto a principios del siglo XX– contra sus mensajes lavacerebros vendiendo el cielo salvador frente a los males en la tierra aunque después los ricachones, tan buenos cristianos ellos, se lucraran esclavizando a la gente en las minas.

  Impresionante cómo refleja Blasco Ibáñez el encierro mental de las mujeres de los grandes hombres de negocios: «El doctor se indignaba ante esta intrusión, que había acabado por cambiar a las mujeres de su tierra, matándoles el alma, convirtiéndolas en autómatas que aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida y llevaban al hogar las exigencias de una dominación acaparadora». Destaca la autorepresión, la «falta de contento» resultante de la asociación entre pecado y esas «manifestaciones de la vida», transmitida hábilmente por el cura de marras, el que tocase en cada casa.

  Entre el “no-contento” y el polvorín gestándose desde finales del siglo XIX en el entorno minero, Blasco Ibáñez nos lleva con el doctor Aresti hasta la batalla campal de 1903 que llena Bilbao de gritos, dolor y sangre. La descripción, tan complicada por la cantidad de matices y sentimientos cruzados entre la gente («un crepúsculo de atolondramiento», qué gran definición) me resultó apabullante. No me dejó respirar.

   Son tantas las magníficas frases del autor, los intensos diálogos entre Aresti y “su hermano”, el recorrido narrativo por los barrios destartalados donde palpitan ira y pobreza a la par, que daría para torpedear medio libro intentando reflejar la fuerza de su escritura.

REEDICIÓN DE LA OBRA

  El intruso me ha tocado hondo. Son otros detalles y añadidos que han hecho de esta lectura algo especial. Por ejemplo su preciosa portada para esta reedición de la obra un siglo después de su publicación. Es una iniciativa del Museo de la Minería del País Vasco y del Centro Trueba Zentroa que desde hace años trabaja en numerosas actividades sociales, divulgativas y culturales para evitar el olvido de las señas de identidad de la comarca vizcaína de Encartaciones, donde por supuesto se enmarca su herencia minera.

  Precisamente se encarga de la introducción de la novela, Ricardo Santamaría del Centro Trueba Zentroa. Incide en la necesidad de dar «luz a la oscuridad y al olvido» y destaca el compromiso de Blasco Ibáñez porque «denunció los abusos, las injusticias y la explotación humana normalizada por la tradición religiosa, el analfabetismo y la incultura» y del que dice «abrazó la bendita utopía de pretender cambiar el mundo».

  También es emocionante el prólogo de Miguel Areilza Churruca, nieto del doctor Areilza. Hace un breve recorrido por su vida y obra. «Le gustaba escuchar y discutir siempre a la búsqueda de nuevas ideas con las que alimentar su incansable curiosidad intelectual y ejercitar un espíritu crítico muy adelantado a su época».

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