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“El exiliado” – Luis Ramírez Bustamante

Publicado el 6 de febrero de 2021


Era un día como cualquier otro. Uno de esos de verano en aquellos climas tropicales que solo conocen un par de estaciones y, a falta de los colores y la vida que emite la primavera, se disfruta, en cambio, del calor abrasador, las torrenciales precipitaciones y la humedad de mayo. Estaba paseando con mi mujer y mis hijos por un riachuelo muy íntimo que me recordaba los momentos cumbres de mi vida, uno de esos monumentos que nos lega un pasado cuya felicidad intachable parece angustiar nuestro presente. En aquel riachuelo había besado por primera vez a mi mujer; yo era un adolescente apenas y le juré amor eterno frente a un guayabo que ya había muerto en el momento en que nos casamos. Quién hubiese dicho que esa señal misteriosa me revelaría, de antemano, la vida de sufrimiento que estaba por aceptar frente al ministro. El pequeño manantial tan fino y puro me iluminaba el alma; los pequeños saltaban como saltamontes en esta microjungla. Ella y su piel sedosa me tenían tan prendado como la primera vez que la miré, acicalándose las mechas frente a un espejo ovalado que le regaló su madre para una nochebuena. Toda esa atmósfera mágica teñida de colores rosas y deseos voluptuosos estaba a punto de cambiar. Quién lo hubiese dicho entonces, yo habitaba sin saberlo una pequeña concha, un cascarón podrido que estaba a punto de hacer eclosión.

Ahora recuerdo el paraíso perdido, las noches románticas y el amor que sentía por mis hijos. Con dolor profundo siento el susurro lejano de la luz de mayo, del frío de navidad, de las mañanas cargadas de erotismo, diversión y salud; cuando canturreábamos a dúo con las aves y las garzas; cuando nos despertaba en la mañana los carpinteros; cuando el ciclo del agua nos redimía de culpas juveniles y nos devolvía a un ascetismo próspero, mundanal, teñido del color de azahares, azafranes y orquídeas, todos estos colores opacados ante el resplandor dorado de los girasoles que se cultivaban en mi tierra, en mi patio. Yo era una fuente de ensueño, de inagotable dicha y provisión; entonces Dios era bueno, la patria era libre, la libertad estaba en las azoteas de casas de ricos, pero descendía a las chozas en que cantan pobres mendigos.

Pero aquel día la perdí, lo perdí, los perdí, todos se fueron a una caja de pandora, nunca más les veré, porque me exilié en mi locura. Quizá no sea apropiado escribir los pensamientos de un psicótico, de un degenerado mental, de un raquítico cerebral, un ser animal que apenas conserva un par de instintos humanos, un par de deseos, un puñado de sueños frustrados. Quizá no debería intitularme un exiliado porque me ven a su lado cada amanecer, aunque estos ya no conservan ningún significado para mí, quizá no haya huido producto de una guerra, o escapado de una feroz tiranía, pero me ha ocurrido algo mucho más cruel. Tal vez nunca tuve esposas o hijos, solo vivo un mundo estéril donde las plantas no germinan hacia arriba sino que se sumergen en el infierno, y una vez bajan hasta el inframundo ya no paren frutos húmedos y esponjosos sino solo espinas arrugadas, espinas que se clavan en la conciencia torturada. En este foso desesperante me veo hundirme en una niebla cenicienta que me oculta de mis semejantes, ignorado e incomprendido por ellos me veo humillado ante una existencia que es para mí una maldición irredimible cuando otros la disfrutan. El calvario era poco sufrimiento para mi rabia impotente de no poder expresar todo lo que creo de esta sociedad infecta en la que habito, pero como un extranjero o peor, un zombi que no puede ser recibido y aceptado por ella.

Esta es la historia de un esquizofrénico, un hombre que cuestiona lo que la humanidad cree y se ríe sarcástico de la moral, de las costumbres, de los mitos y teorías de un clan. De una colmena de monos que hablan un lenguaje que no entienden y aman sin amarse a sí mismos. Era aún niño, pero feliz cuando descubrí que no era igual a ellos. Ellos tenían sus diversiones, jugaban a ser mamá y papá, a rescatar el mundo como Superman, a ser bomberos y subir por escaleras caracol en rescate de un niño atrapado en las flamas sulfúricas de un incendio descomunal que hacía crujir los postes; ellos sentían placer en socializar entre todos en preescolar, pero yo no me sentía atraído en absoluto a ese mundo condecorado de irónica imitación de lo adulto. Al llegar a la adolescencia fui diagnosticado con depresión, los primeros síntomas llegaron a mí al ser rechazado por una joven portuguesa de la que me ilusioné sólo como un pendejo durante un quinquenio, pero al declararme, ella soltó a reír a carcajadas y me devolvió, no a mí, sino a la acera, la carta blanquecina y adobada con mis suspiros que tiernamente le había dado. Escupió sobre la carta y yo, solo supe que me desvanecí. Fui humillante ser ingresado en un hospital y tuve que regresar a casa desvalido, ansioso y lleno de desesperanza. Tras meses de encarcelamiento masoquista decidieron internarme en un asilo mental. Fui abandonado por mi familia y me encontré solo en el mundo. Allí descubrí que nunca tuve familia, que fui un aborto, un espécimen ilegal, réprobo de la humanidad. Apenas si alcancé redimirme de mi angustia a través de la literatura. Repasé una y otra vez los filósofos clásicos y luego descubrí las épicas hazañas de sujetos imaginarios como Don Quijote o guerreros latinoamericanos como Buendía; me hipnotizaron los cuentos góticos o de hadas y descubrí lo superficial del humanismo en El Principito. Tras una larga marcha hacia mi libertad interior descubrí lo desnudo que estaba en un mundo de apariencias. Todos decían conocerse pero solo se miraban a un oscuro espejo nauseabundo que emitía la podridas seminotas de la maldad y el pecado original. Habían alrededor de mí muchas caretas que se reían, o al menos eso percibía; todo estaba tan desfigurado en mi mundo de comiquitas, todas esas figuras parecían mirarme con curiosidad. Al volver a la calle solo aspiraba un olor a humareda, a guerra e intolerancia perpetua. Estaba en un salvaje estado de naturaleza, sentía que nada me ataba al público que con sus ojos saltones se burlaban de mí y me cubrían de baldones indescriptibles con sus caras rojas llenas de sangre y néctar de escarnio.

Ahora solo sueño historias estúpidas que nadie quiere escuchar, mi única tarea es escribir largas notas en cuadernos que se caen a pedazos y no se imaginan el desprecio que siento por lo que los hombres admiran. Son todos unos muñecos teledirigidos por las fuerzas naturales, sometidos al hambre, la sed, el impulso y la vanidad; su libertad está restringida a una ficción mientras que un esquizofrénico tiene de vuelta la plena libertad de hacer lo que desee con su vida. Todos han sido domesticados a la medida de otros también arruinados emocionalmente. A nosotros que satirizamos la sociedad se nos ridiculiza y se nos tiene por anormales, pero al diablo con la anormalidad, al fin, es lo mismo estar en la moda, la mediana o la media de la campana de Gauss que en un rinconcito del espectro. Es lo mismo ser visto que ocultarse en forma de rayos infrarrojos o ultravioletas y si Dios, el Creador, le dio vida a lo invisible, a lo sobrenatural, a lo oculto, nosotros el hombre, desecho galáctico de procesos geológicos, ¿quiénes somos para humillar a un loco? Sí, estoy loco, loco por la vida y loco por morir y despertarme en el más allá, olvidado por fin de todos los que se queden dando tumbos en este mundo oscuro y hostil. Qué importa lo que piensen de mí, al fin, todos los cuerdos también van a morir y con el paso de los siglos llegarán a olvidarse, acaso, también se borrarán las huellas de toda nuestra civilización y sólo quedarán restos arqueológicos de nuestro paso por este minúsculo punto azul en el sistema solar.

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