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Dickinson, Emily

Publicado el 1 de julio de 2020


Para fugarnos de la tierra
un libro es el mejor bajel;
y se viaja mejor en el poema
que en el más brioso y rápido corcel

Aun el más pobre puede hacerlo,
nada por ello ha de pagar:
el alma en el transporte de su sueño
se nutre sólo de silencio y paz.
(“Ensueño”, Emily Dickinson)

“Poetas y Poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Recuerdo la primera vez que vi esa colina y su codo de arena en mitad del Atlántico, a casi cincuenta kilómetros del continente. Seguramente, ni el mismísimo Henry Melville podía creer que existiera realmente el lugar que él había imaginado cuando escribió una de las obras más grandes de la literatura en lengua inglesa, Moby Dick.

Pero así era, ese lugar estaba ahí, delante de mí, como lo estuvo hace más de un siglo delante de Melville, cuando su obra ya estaba escrita: Nantucket, esa pequeña, pero imponente isla ballenera frente a las costas de Nueva Inglaterra, en los Estados Unidos de América.

Perteneciente al estado de Massachusetts, esta isla, con su faro de Brant Point, se alzaba arrogante mientras el ferry que me conducía hasta ella abría una profunda y espumosa herida en el agua delatando su presencia.

Al desembarcar, no pude más que caminar por el puerto hacia el oeste, hasta llegar a la playa donde se erige el faro que me había recibido, caminar por su pasarela de madera y sentarme a sus pies, en la arena a unos pocos pasos de la orilla.

Dejé entonces que el rumor de las olas me acompañara en un nuevo viaje, el que me esperaba en el interior de mi mochila viajera, esa un tanto desgastada que guarda siempre en su interior tesoros de valor incalculable, como el que extraje de ella ese día y por el que me dejé llevar hasta lo más recóndito del corazón de una mujer, una poeta que nació y murió en el mismo Estado al que pertenecía esa vieja y misteriosa isla que ahora se había convertido en refugio de esta humilde lectora.

Emily Dickinson, nacida en 1830 en Amherst (Massachusetts), localidad que la vio morir en el año de 1886, en el seno de una familia burguesa cuyo padre, abogado de la Universidad de Yale, culto y de personalidad y modales austeros, además de descendiente de los primeros inmigrantes puritanos, le proporcionó una férrea educación calvinista que se afianzó durante sus estudios en el seminario Femenino de Mount Holyoke y contra la que su carácter escéptico tuvo que luchar.

Pero en su interior y pese a todo, latía un corazón apasionado y sensible que se dejaba ver en sus obras, a las que dotó de misterio y una profundidad que la ha convertido en una de las más célebres poetas de lengua inglesa.

Todavía muy joven decidió aislarse del mundo y, cuando alcanzó la treintena, ese retiro, que decidió llevar a cabo en su casa paterna, era ya absoluto, lo que influyó de manera determinante en su obra. Allí comenzó garabateando notas y versos en trozos de papel que luego olvidaba en los cajones, eligiendo soñar la vida en lugar de vivirla. Y su escritura es producto de esa soledad en la que escogió vivir.

Aunque la poesía de sus inicios es una poesía convencional, adaptada al estilo de su época, pronto sus versos se vuelven experimentales, melódicos y precisos, rechazando el uso de palabras superfluas y optando por experimentar nuevos ritmos sin un patrón rígido como solía ser habitual entonces. Es así como, poco a poco, sin perder un ápice de su sensibilidad, su obra se vuelve intelectualmente compleja y meditativa. Su capacidad para crear un lenguaje a la vez metafísico y emotivo influyó en poetas posteriores como E. Bishop y W. Stevens.

A pesar de su poesía sublime, solo publicó en vida unas pocas composiciones y de forma anónima, A ValentineThe Snake y Success, pues para ella no era importante hacerlo. No fue hasta cuatro años después de su desaparición y en el periodo hasta 1896 cuando se publicaron Poems by Emily Dickinson (Boston, 1890), Poems by Emily Dickinson: Second Series (Boston, 1891) y Poems by Emily Dickinson: Third Series (Boston, 1896) gracias a su amiga Mabel Loomis Todd y a Thomas Wentworth Higginson.

De nuevo a partir de 1914, Martha Dickinson Bianchi, sobrina de la poeta, emprende de nuevo la tarea de editar sus obras, logrando así para la autora un merecido hueco en la literatura norteamericana.

Es a partir de ese momento cuando el público pudo conocer a esta gran poeta y su obra, una colección de poemas breves, pero de profunda intensidad. Algunos fragmentados, pero reveladores de la enorme fuerza expresiva de Dickinson. Su concisión no hace perder a sus textos la esencia y la idea que subyace en ellos y que la autora logra transmitir sin pompa ni necesidad de extenderse más allá de lo que ella considera necesario.

La feminidad de Dickinson, casi siempre ahogada por su particular modo de vida, sale a la luz en los poemas que tienen como tema central el amor.

 

Me quieres—estás segura—

No temo equivocarme

No me despertaré engañada

Una complaciente mañana

y descubriré que el Sol se ha ido

¡que los Campos—están desolados

y que mi Amor—se ha marchado!

(Extracto del Herbarium)

No obstante es en los poemas que giran en torno al tiempo y la eternidad donde la poeta obtiene sus mayores logros y con los que alcanza los más altos niveles de libertad y expresividad. De esta forma logra transmitir al lector el sentido trágico y a la vez conmovedor de la muerte humana, como en los siguientes versos:

Yo jamás he visto un yermo

y el mar nunca llegué a ver

pero he visto los ojos de los brezos

y sé lo que las olas deben ser.

Con Dios jamás he hablado

ni lo visité en el Cielo,

pero segura estoy de adónde viajo

cual si me hubieran dado el derrotero

(“Certidumbre”)

De ella dijo Jorge Luís Borges: "No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y tenerlo". Y nuestro querido Juan Ramón Jiménez fue el primero en apreciar su obra en España y se encargó de difundir sus versos en su obra Diario de un poeta recién casado (1916), en la que traduce e incorpora en su poema CCXVIII, los poemas 674, 1687 y 308 de Dickinson.

Hoy cerramos este post dedicado a una de mis autoras en lengua inglesa favoritas con el mismo poema con el que inicié aquella ya lejana visita a la hermosa isla de Nantucket, tan próxima a los lugares en los que Emily Dickinson nació, vivió y murió. Un poema que nos cuenta cómo cada concepto tiene su opuesto que, lejos de presentarle batalla, lo completa y le da sentido.

Los versos del poema 133 nos hablan de la necesidad de las dualidades que se encuentran en todas las cosas y que, aunque nos pueda parecer extraño, si nos detenemos a observar nos damos cuenta de que, en realidad, son complementarios.

El agua se aprende por la sed.

La Tierra —por los Océanos atravesados.

El Éxtasis —por la agonía—

La Paz —la cuentan las batallas—

El Amor, por el Hueco de la Memoria.

Los Pájaros, por la Nieve.

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