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Díaz, Alberto – “El rey de hielo”



El camino había sido monstruoso. Aquellas catacumbas eran un auténtico laberinto y las viejas trampas, guardianes aún activos después de siglos, se llevaron a varios miembros de nuestro equipo. Pagamos un precio muy alto, quizá demasiado alto como para haber corrido el riesgo, pero finalmente logramos llegar a la cámara del rey.

Aquella cámara subterránea de piedra tallada era colosal, un auténtico logro arquitectónico teniendo en cuenta cuándo y dónde fue construida. El eco copiaba y potenciaba cada uno de los sonidos que producíamos, impidiéndonos pasar con el sigilo que habríamos deseado para profanar lo mínimo posible la paz del lugar. El origen de la expedición fue explorar ese lugar buscando a mi padre desaparecido. Sin embargo, al otro lado de la cámara, en la conclusión de todo aquel nefasto trabajo, encontramos otra cosa.

El cuerpo esquelético y deshidratado del antiguo rey nórdico, mi posible antepasado, reposaba con cierta majestuosidad sobre el inmenso trono. Parecía haberse conservado sorprendentemente bien en aquel lugar frío y húmedo. Yo fui la primera en avanzar hacia él. Con una muy inapropiada decisión.

–Ten cuidado, Siana –ordenó mi instructor, alarmado, en cuanto me vio separarme del grupo.

Pero yo no podía prestarle atención, no era capaz de apartar la vista de aquel cuerpo embutido en una armadura y, sobre todo, de esa espinosa y enjoyada corona de metal. De repente había retrocedido en el tiempo, todo mi conocimiento y experiencia me había abandonado para volver a ser la niña curiosa e ignorante que fui.

Como si mi imprudencia no fiera lo bastante grande ya, con el corazón luchando por salir de mi pecho, estiré la mano para tocar la corona. A pocos centímetros de llegar a tocarla, los duros y gélidos dedos del rey, muerto tanto tiempo atrás, agarraron mi brazo con la velocidad, precisión de una flecha.

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