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Deje su mensaje después de la señal – Arantza Portabales

Publicado el 21 de mayo de 2020


Reseña realizada por Begoña Curiel.

El destinatario de las voces narradoras, un contestador automático, marca el rasgo diferencial de esta novela. Son cuatro mujeres que esquivan el cara a cara a la vida por distintos motivos, haciendo del aparato su particular confesionario. La trama acabará uniéndolas. Dos de ellas ganan “por goleada” como personajes con respecto a las dos restantes. Es una novela entretenida, de lectura fácil, que podría haber tenido más posibilidades.

  Vamos con la presentación de forma breve de las cuatro voces: Carmela tiene cáncer y quiere dejar claras las cosas con su hijo como despedida. Viviana es prostituta pero para su familia trabaja en Ikea. Marina, no sabe cómo enfrentarse al abandono de su marido aunque sea una abogada especializada en divorcios. Sara “habla” con su psicólogo para sobrellevar la presión de su boda que supuestamente le condujo a un intento de suicidio.

  Cuando leí la sinopsis, el cuarto personaje ya me cayó mal. Al conocerla fue todavía peor. Con Marina pasó algo parecido, aunque su evolución hace que “la soporte”. No he podido evitar la comparación con la fuerza transmitida por Carmela y Viviana. Sus historias parecen más creíbles.

  Hay que ponerse en los zapatos del otro para intentar comprender pero el calzado de las primeras resulta tremendamente cómodo al lado del de sus compañeras. Sara y Marina cumplen el típico perfil del que prefiere agobiarse en vez de enfrentar el problema. Su espacio de confort es tan amplio que solo así puede entenderse el rol de víctima que adoptan.

  Lo viven como una auténtica catarsis, el sitio ideal para rebozarse en charcos de quejas y lamentos. Muy característico de las personas que nunca se ha enfrentado a demasiada cosa. Vamos, que resultan insufribles y Sara en concreto, llega a rozar el límite de lo patético.

  Probablemente sean ellas quienes más contribuyen a elevar el interés que despierta la historia de Carmela que aporta momentos entrañables y la de Viviana, con una experiencia vital terrible. Pero la verdad es que, aunque ambas me convencían a tramos, no podía abstraerme de la idea que rondó mi cabeza durante toda la novela: el lastre del miedo y los traumas no justifican la apatía. Así que no podía evitar culparlas.

  Sobre todo porque, hasta que se deciden por un aparato como interlocutor (saben que nadie va a contestar ni replicar), han tenido oportunidades para buscar posibles remedios, alternativas, soluciones... Sé que el miedo es capaz de bloquear a cualquiera –incluso durante toda una vida– y sin embargo, no puedo tirar de tanta comprensión ni convertirlas en objeto de compasión.

  De todas formas valoro el trabajo realizado por la autora a la hora de cruzar las historias, intentando dar salidas positivas en un ejercicio terapéutico que ofrece nuevas gafas de mirar a las que están más perdidas. La escritora sin duda, se ha empleado a fondo en esta ruta narrativa para conectarlas, engarzando las cuatro piezas. Pero insisto, al conocer más a fondo a Marina y Sara no paraba de repetir mentalmente: «sois unas quejicas».

  Los capítulos cortos, el monólogo como fórmula narrativa, el ritmo ágil, ayudan a que las páginas pasen rápido. Está claro. Pero con la distancia de los días desde que finalizase la lectura se mantiene la primera impresión que tuve: esta novela podría haber sido y estado mucho mejor.

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