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Curiel, Begoña – “Espinas de rosa”



Me pidió que le dibujara una rosa y pensé en una de mi jardín.

-¿Cómo debo hacerlo, la rosa tiene que estar sola o en compañía de otras flores?

-Como tú quieras, respondió.

Nunca he dibujado bien. Me daba vergüenza verme ante aquel papel en blanco. Cogí una pintura marrón y empecé por el tallo. Era muy largo y tendía a inclinarse. Era como el que veía todos los días cuando me sentaba en mi patio. Nunca le presté atención. Aún así tenía una vaga idea de su aspecto. Recordaba que se movía mucho cuando soplaba el viento. A veces pensé que se quebraría, pero eso no había ocurrido hasta el momento. Su tronco aparecía casi pelado, sin espinas. El tallo estaba encerrado en mi estrecho arriate y no tenía ninguna flor en este momento. Pero me esmeré en dibujar una bonita rosa en su extremo, llena de pétalos y me pasó por la imaginación su aroma. Era un olor intenso, de esos que te hacen cerrar los ojos para que entre bien dentro. Podría haber dibujado otro rosal, como los que aparecen ante nuestros ojos en la ventanilla del coche cuando viajamos. Pero no se me ocurrió. Ante todo, él insistió en que no pensara demasiado, que plasmara lo primero que pasara por mi cabeza.

Mi arriate tiene a su espalda un muro gris. Tengo que pintarlo y nunca tengo tiempo porque es enorme. Siempre pienso, este verano lo hago. Pero parece que de momento, no ha llegado ese verano.

Ya tengo pensado pintarlo de blanco y en uno de sus tramos, quiero poner una media circunferencia de color naranja, como si el sol saliera del suelo y llenara el muro. Cuando pienso en ello, me lo

imagino y me invade una sensación de aire limpio y

belleza. Mientras tanto, el color gris es la pantalla de fondo de mi rosa. A su lado, hay otros rosales, varios árboles y algunas plantas más, pero no salieron de mi mano para aquel dibujo.

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Sólo habían pasado dos minutos y había pensado todo esto.  Me pidió que le dibujara una rosa y pensé en una de mi jardín. Era darle demasiadas vueltas para algo tan simple, pero mi mente es una bala a punto de estrellarse contra algún objetivo que desconozco.

Se lo di.

Como siempre, hizo un largo silencio. Observaba mi dibujo. Mientras tanto, intentaba adivinar qué pensaría con tanto detenimiento. Se frotó la barba lentamente y por fin, tras unos segundos interminables, levantó la vista hacia mí mientras dejaba el dibujo sobre la mesa que nos separaba.

-¿Qué has tenido en tu cabeza mientras lo dibujabas?

Y yo pensé, si tú supieras.

-Muchas cosas, pero sobre todo, he pensado en el rosal de mi casa, bueno en uno de ellos. Aunque el que está en el papel sí tiene flor, el de mi casa no.

-¿Y por qué ése en concreto?

-No lo sé, respondí encogiendo los hombros.

Otro silencio.

Aproveché para mirar de reojo aquel dibujo tan infantil, como si lo hubiera hecho otra persona. Traté de volver atrás, intentando recordar todo lo que había pensado, pero soy tan rápida para pensar como para olvidar. Aun así, hice un esfuerzo.

-La verdad es que no sé por qué he elegido éste. Lo que sí sé, es que es el primero en el que he pensado porque me has dicho que no le diera demasiadas vueltas a la hora de empezar.

-¿Te has dado cuenta de que este rosal no tiene espinas?

-Pues sí, pero ya sé que todos los rosales tienen espinas, aclaré por si pensaba que era tonta.

-¿El de tu patio, no tiene?

Traté de concentrarme pero no lo recordaba.

-Supongo que sí, pero no lo sé.

-Bien, ahora, observa la rosa. Descríbemela.

-Pues es muy bonita, frondosa y huele muy bien.

-¿Y por qué huele tan bien?

-Porque todas huelen bien ¿no?

Según me escuché, me arrepentí, porque algunas tienen muy buen aspecto pero no huelen a nada.

Recordé que antes de que llegáramos a esta conversación, tuvimos otras con las que ya habría determinado exactamente mi estado de “locura”. Era como estar ante la máquina de la verdad sin saber si funcionaba realmente.

-Y ¿te gusta mirarla?

-La verdad es que no suelo prestar mucha atención a mis flores aunque sé que son bonitas y todo eso. Aun así me gusta mirarla. Está ahí tan sola, en su tronco que me parece abandonada y además, es como si fuera a romperse cualquier día.

Nuevo silencio.

-Pero a pesar del viento, no se rompe, apuntó.

-Sí, además es muy extraño porque no veas cómo le pega el levante a mi patio cuando hay temporal. Entonces el tallo se balancea tanto el pobre... Pero oye, no veas cómo resiste.

-Claro, debe ser muy flexible.

Otra pausa. Ahora tocaría otro detalle de mi patético dibujo.

-¿Lo que hay detrás del rosal, es un muro?

-Sí, es como el de mi casa. Rodea todo el patio.

-O sea, que las plantas tampoco tienen un jardín o alguna otra zona hacia la que extenderse.

-Es que como ni yo ni mi pareja somos muy manitas para eso de la jardinería, no queríamos más espacio para poner plantas.

Me arrepentí de dar tantas explicaciones, como si tuviera que justificarme de forma constante ante los demás. Sé que es una mala costumbre pero me cuesta mucho no hacerlo. Siempre me acuerdo cuando ya he cometido el error de justificarme.

-Bien.

Y yo pensé, “¿bien qué?”. Al parecer era una de sus coletillas. Lo descubrí después de varias sesiones. Era como esos periodistas que juegan con los comentarios breves que no aportan nada, como un cebo para el entrevistado que no soporta el silencio. Parecía que el interrogatorio había terminado porque el silencio se demoraba más de lo previsto. Ya no podía más.

-Bueno, y todo esto, ¿qué significa?

-¿Y tú qué crees?

Dios mío, era una tortura, ahora tenía que hacer yo de mi propia terapeuta. Así que traté de recapitular todas mis respuestas y pensé mentalmente: “la rosa no tiene espinas, se balancea, está sola, tiene un muro detrás que no le deja moverse hacia ningún lado...”

-¿Esa rosa soy yo?, me sorprendí a mí misma preguntado aquello.

-¿A ti te gusta que te miren?

-¿Por qué, a la rosa le gusta?

-Yo te he preguntado si a ti te gusta.

Me sentí un poco incómoda.

-Hombre, creo que como a todo el mundo me  gusta sentirme halagada, pero a la vez me da mucha vergüenza.

-¿Por qué?

-Supongo que no me gustan los piropos.

-¿Y no haces cosas buenas que merezcan el aplauso de los demás?

-Hombre, probablemente hago algunas cosas que están bien.

-Entonces te gusta que te miren como a la rosa. Eso no está mal.

-¿El qué no está mal?

-Pensar que es positivo que alguien reconozca tu valía porque lo puedes merecer, ¿no?

Asentí con la cabeza. Casi me sonrojo.

-También te balanceas, eres muy flexible, te dejas influir, pero hay que ver lo mejor de esto: te mantienes en la tierra a pesar de todo porque quieres que sea así. Nada te hace subir a las nubes, sobre todo tú misma. A eso se le llama inseguridad.

No había descubierto algo que yo no supiera: que era insegura y que mi autoestima dejaba mucho que desear. Por eso estaba allí, porque quería saber qué me hace tan insegura.

-¿Sabes lo que son las espinas?

-No sé quieres decir... ¿que son algo que hace daño?

-No tiene porqué ser así. No son para atacar, te protegen del exterior, son la capacidad defender lo tuyo y defenderte de los demás. Y tú no tienes esas espinas. Has crecido sin esa protección. Eso es lo que te hace débil ante los demás, ante los que te justificas sin motivos. No crees en ti aunque en el fondo sepas que tú mereces la pena. Te avergüenza que te dediquen un halago aunque lo deseas porque sabes que hay muchas cosas en ti dignas de admiración.

Parecía que iba a seguir y paró en seco. Por mi rostro resbalaban ya las lágrimas como un torrente imparable. Me sentía como una niña y los niños no tienen espinas. Me acercó una caja de pañuelos que no estaba en la mesa por casualidad. Quería controlarme pero no podía. Sus palabras me hacían sentir vulnerable.

-No te preocupes, desahógate, no es bueno controlarse tanto, lo has hecho muchas veces. Renuncias a tu sensibilidad, a expresar tus sentimientos, pero tienes que darte cuenta de que los tienes. Dejarlos dentro hace crecer una coraza que no te deja disfrutar, que te obliga de manera perenne a ser excesivamente responsable y fuerte. Y no pasa nada. Tu autoestima tiene que crecer y tienes que aprender a cultivarla porque no estás acostumbrada.

Ahora me estaba avasallando con su discurso, después de tantos silencios. Primero me torturaba con ellos y ahora sus palabras, me hacían llorar.

“Esto debe ser el auténtico masoquismo -pensé-, pagar a un tipo para que te haga sufrir”.

-Ya te dije que aquí no ibas a pasarlo bien.

Parecía que me había leído el pensamiento.

-Es necesario que seas sincera contigo misma, que saques esa angustia que llevas dentro desde hace mucho tiempo y no sólo la de los últimos tiempos. Las cosas pesan y se acumulan, a veces de manera inconsciente y se convierten en el lastre de nuestro día a día si insistes en ser valiente, o lo que tú llamas ser valiente: tragar sin digerir. Nadie tiene que ser valiente, sólo saber lo que está pasando, tener conciencia de lo que nos hace mal, para desecharlo y liberarnos de ello. Si no lo soltamos, iremos siempre cargados y no encontraremos la paz para nosotros mismos.

-Y, ¿eso es posible?, pude decir una vez logré serenarme.

Se sonrió, como lo hace un adulto ante la ingenuidad de un niño.

-Claro que sí. Y lo mejor de todo es que la solución está en nosotros. No depende de lo que pase ahí fuera. Somos nosotros los que debemos trabajar para reconocer nuestros miedos, no para luchar contra ellos, sino para hacernos más fuertes. Aquí no vamos a hacer nada por luchar contra el exterior, contra ti o tus sentimientos. Tú aprenderás a hacerte fuerte, completando esa seguridad que te falta para no depender de lo que digan o hagan los demás. Tendrás que reconocer cuánto vales porque no lo sabes o no quieres saberlo. Sólo con venir aquí, has dado el primer gran paso. Eso es ser valiente porque te vas a conocer a fondo y vas a sufrir. Pero después vendrá lo mejor, desaparecerá esa ansiedad que no te deja respirar, ese miedo que te impide dormir por la noche y disfrutar del detalle más cotidiano. Destruiremos esa barrera que has construido a tu alrededor, como el muro de tu patio.

-Entonces voy a llorar mucho, dije sumándome a su sonrisa. Empezaba a relajarme.

Fueron muchas las sesiones de este tipo. Hubo otras mucho peores, en las que no sólo lloré, sino que sentí pánico y ganas de tirar la toalla al descubrir cuánto sufrimiento inútil había recogido con el paso de los años por causas que no lo merecían. Acudí a esas sesiones, deseando saber plazos. La solución no tenía fecha y reconocerlo, me ayudó porque a los impacientes nos gusta saber más sobre el final.

Cuando llegué a mi casa, podé el tallo de mi rosal. No dejé de cuidarle, observarle y mimarle. Durante la siguiente primavera, creció con fuerza pese al viento y tuvo muchas rosas cargadas de pétalos. Olían tan fuerte que desde el patio ambientaban el resto de la casa. Lo que más me llamó la atención es que su tronco estaba cubierto, totalmente sembrado de fuertes espinas.

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