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Curiel, Begoña – Entrevista enmarcada en el Taller de Escritura de Ítaca-ELD el 13 de febrero de 2021

Publicado el 27 de febrero de 2021


Entrevista realizada a Begoña Curiel, por Ramón Sanchis para Ítaca-ELD, el 13 de febrero de 2021.

Recientemente invitamos al Taller de Escritura Creativa de Ítaca-El Libro Durmiente a la escritora Begoña Curiel a fin de que diera una clase magistral a los alumnos. Ella es licenciada en ciencias de la información y colaboradora de lujo en el blog de El Libro Durmiente. Ha publicado dos libros de cuentos para niños, de esos que a su vez sirven para los mayores, Kako en un mar de cuentos y Relatos de sillón, y una obra de teatro, también para niños, titulada No son tan malos como cuentan. Más adelante, se volcó en la novela, publicando La película de su vida y En sus manos.

Habitualmente, a los autores que nos visitan les pedimos opinión sobre la escritura, las motivaciones que les impulsaron a escribir, sus primeras lecturas o maestros, etcétera. Begoña Curiel no se hace de rogar y con una soltura admirable, habla con la mano en el corazón. “Nunca soñé con llegar a publicar un libro y, mucho menos una novela, dice. Se escribe, no para ser escritor ni publicar, sino como una necesidad interior, pero la vida te va llevando”. Y bien lo sabe ella, cargada de experiencia, una periodista de raza que inició su andadura en Cadena SER, para colaborar más tarde en Diario 16 y Europa Press y, de manera puntual, en El País. “Nací en Bilbao, nos cuentan, aunque llevo más de veinte años en Algeciras. Ahora me dedico a los informativos en Canal Sur, pero las noticias son titulares breves que no siempre te permiten explayarte. Lo ideal son los informativos en formato reportaje o crónica. Por ello comencé a escribir, pues sentía una necesidad profunda de expresar lo que siento. Y como me gusta tanto leer, comencé por realizar reseñas de los libros que leía”.

Cada una de sus reseñas es una pequeña joya que los lectores buscan con avidez. Escribe con desparpajo, dice lo que le agrada o no de una obra sin tapujos. Tan pronto se transforma en una niña que jalea esa novela sin rubor como en una juez inflexible que reparte consejos severos. A veces, se muestra arrebatada y feliz por el hallazgo de un libro, o se torna hosca ante un libro que no es quién para hacerle desperdiciar su tiempo. Begoña es de las que leen un libro o dos a la semana, y además, se preocupa en redactar una pulcra reseña que, casi siempre, empapela ese edifico maravilloso en que se está convirtiendo el blog de El Libro Durmiente.

Habla con los ojos y las manos. Esas manos que un buen día juzgó tan maravillosas e imprescindibles como para escribir una novela sobre ellas. En sus manos narra la vida de un personaje que perdió las manos, y con ellas, esos infinitos registros que esconden la capacidad de expresar ternura y de apresar la vida. Sin manos también se puede escribir, pero no sería lo mismo. Begoña Curiel expone a los alumnos las dificultades para construir un texto redondo: “cuando una idea viene a mí, tomo muchas notas en un pequeño cuaderno y, poco a poco, se conforma un esquema de base que trato de desarrollar; sin embargo, aún antes de acabarlo ya me lanzo a escribir. Va en función de cada cual. Unos autores se documentan mucho y otros escriben desde el minuto uno sin parar, pero la libreta es imprescindible. Y mucha investigación. Después, escribir y corregir. Siempre hay que corregir, porque la escritura es dedicación”. Los talleristas, que aún no han interiorizado la idea de corregir, la miran expectantes. “Lo ideal es escribir cada día un poco, aunque yo me centro en la escritura los fines de semana. Todos tenemos otras tareas y la escritura no siempre da para vivir”.  De nuevo, ella repite su máxima de vida: “la escritura exige constancia y mucho trabajo; escribir, revisar, borrar; y a veces, a los dos días dices ¡qué desastre!, y lo tiras. Y de nuevo, ¡vuelta a comenzar!”.

Aunque ella comenzó por escribir relatos, Begoña Curiel le tiene mucho respeto a quienes escriben esos cuentos modernos que te vienen como flases, por necesidad. “Un cuento se escribe de inmediato. Te asalta la idea y la escribes, aunque es uno de los géneros más difíciles. En cambio, en una novela tienes la idea principal, pero en torno a ella hay que construir la historia. Para ello hay que documentarse y construir poco a poco la trama y los personajes. En un archivo aparte anotas datos; en otro el contexto histórico; en un tercero esbozas el mundo psicológico de los personajes…”.

“Hoy todos hacen de todo y por ello algunos periodistas escriben novelas. Pero no soy mejor escritora por ser periodista”, les dice a los alumnos, “…porque los periodistas no tienen una formación específica en sus estudios para ello”. Y repite su consejo áureo: “Para escribir se exige esfuerzo y dedicación”. Me alegro de escuchar sus palabras, porque a los alumnos de un taller hay que mostrarles con claridad que es preferible que tan solo se dediquen a esa tarea quienes sienten una real vocación. “Incluso, cuando una obra está acabada hay que revisarla y retocar, hasta que uno mismo se siente feliz con lo que expresa”. Después se muestra a los demás la criatura recién nacida: “La gente puede decirte que el texto está muy bien, pero no puedes escuchar voces amigas que digan lo que quieres escuchar. Como lector cero no sirve un familiar —aunque yo recurra a mis hermanas por ser grandes lectoras—, pues ha de ser objetivo y darte una opinión certera”.

A Begoña Curiel le motivan los temas humanos, lo íntimo y personal.  Es una autora que gusta de leer novela histórica y novela negra, aunque da la impresión de que ya lo ha leído todo. Discretamente, ha descubierto para El Libro Durmiente varios autores que más tarde han sido encumbrados a la fama. Considera que para ser escritor hay que nutrirse con la lectura y, “aunque la literatura no pueda cambiar el mundo, si puede mejorarlo”. Sin duda, es una mujer observadora, que atrapa la vida al vuelo, afable y risueña, volcada en cuanto hace, que ha sabido esculpir su propia senda con dedicación y perseverancia. Una escritora que sabe llegar al corazón del lector, capaz de aportar ideas a los demás sin darse la importancia que merece.

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