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“Confinamiento” – Cardoso Osorio, Álex

Publicado el 27 de mayo de 2020


Amelia nunca prolongaba su visita más allá del amanecer.  En el instante en el que la primera luz partía la noche, escapaba de vuelta a las calles, asoladas y trémulas por el confinamiento obligatorio.

Con la aurora curioseando por la habitación, Amelia se hacía visible entre las sombras. Sentada desnuda en su lado de la cama, lo observaba, y sin dar tiempo a que la luz inundara cada rincón, se inclinaba a susurrarle al oído las mismas palabras: «no te levantes aún. Descansa. Pronto volveré».

Su fragancia de mujer se evaporaba al abrir y cerrar, sin intervalo alguno, la puerta de la pieza. Lo hacía en una callada secuencia que traía a su memoria la suavidad de aquella brisa que se movía en la taciturna y solitaria edificación donde ella vivía. Él evocaba la admiración que sentía al verla allí con el ceñido vestido gris, el sombrero de flores y los guantes largos. Qué lejos quedaban esas imágenes en tiempo y en kilómetros. Cursaba su primer año de Historia en la universidad.

Tras cada partida de Amelia, el hombre era incapaz de dirigir gestos coherentes a su cuerpo. Los músculos yacían mansos e inmóviles, la mente se deslizaba libre, deshabitada de cualquier idea, la respiración era arrastrada por una cadencia serena. Lo arropaba la percepción de estar prisionero en una extraña, dulce y transitoria gravidez del alma.

Cuando por fin el vigor regresaba por los meandros de su anatomía y la lengua volvía a ser libre de soltar alguna palabra, la llamaba. ¡Amelia! La reclamaba con la ilusión de que, al menos por una vez, estuviese tumbada en el salón. Ver su pelo negro y encrespado formar los bucles desordenados de la noche sobre el día tan blanco de su piel, contemplarla en el sofá, envuelta en alguna sábana, tan menuda ella, tan delgada, tan frágil, como un maniquí. La llamaba como lo hacía cuando eran niños y se buscaban en el recreo por los patios del colegio.

«Atiborrado de esperanza e inquietud yo salía de la habitación, implorando, con la fuerza de un pensamiento decidido, poder disfrutar, rodeado por los haces etéreos con los que el nuevo día traspasaba mis ventanas y mis angustias, de la presencia de Amelia, de sus ojos como ámbar a punto de cuajar, de su sonrisa de pétalos albos que no me aburría de admirar».

Pero Amelia no le esperaba en ninguna parte del pequeño apartamento. Él sabía que en esos instantes deambulaba muy lejos. Tras recomponerse un poco, azuzado por la melancolía, comenzaba la rutina de medir la soledad de su refugio. Calculaba la casa en metros, en pasos, en horas y en minutos. Deducía el número de respiraciones, computaba viajes al aseo, sumaba los cafés que preparaba y las cantidades de aplausos que daba la gente desde los balcones. ¡Si Amelia estuviese allí! Seguro que no volvería a la absurda tarea de cuantificar los mismos espacios, períodos o gestos vitales. Entre ambos hallarían la forma de inventariar la duración de aquella cuarentena sumando caricias, besos, abrazos, palabras.

«Tener sexo con Amelia era como entrar en una galaxia nueva. Nunca sentía el peso de ella cuando la ponía encima. Tampoco me notaba incómodo si era ella la que estaba debajo. Todo fluía. Los movimientos sin esfuerzo, las culminaciones de los orgasmos juntos e ingrávidos. Jamás había sentido un placer como aquel con ninguna de las mujeres que compartieron mis años de soltero convencido, muchos, teniendo en cuenta que por aquellos días sumaban ochenta mis inviernos».

Las aclamaciones diarias de los vecinos a las ocho de la tarde le advertían de que la noche olfateaba la ciudad. A la sazón resucitaba como los girasoles reviven a la luz, solo que él se abría a las nuevas sombras, heridas, tal vez, por el rayo martirizante de alguna farola en la calle.

Las ovaciones lo hacían erguirse y bailar desnudo, camuflado por la penumbra de sus cuatro paredes. ¡Ah! Recordaba entre quiebros y giros de su cuerpo cuando era él quien, en su juventud, visitaba a la muchacha. Resultaba curioso porque nunca se dijeron nada en aquel ir y venir de la universidad a la impenetrable mansión de Amelia. Solo alcanzaba a observarla desde el banco donde se sentaba a repasar los apuntes de la carrera.

Ella siempre estaba asomada en el eminente marco, y desde esa altura, al principio no bajaba sus ojos hasta él. Entonces se concentraba en sus anotaciones, intentando resistir el ansia por espiarla, hasta que, al rato, las miradas por fin se cruzaban y ella le contemplaba, con arrojo, todo el tiempo.

Era feliz en aquel rincón secreto. Cinco o seis compañeros de la clase y muchos de otras facultades también se juntaban en distintos sitios de la fría metrópoli, circundada y aislada del centro de la ciudad por un extenso muro. Tan cerca de Amelia se alejaba de las continuas e insoportables protestas de los padres en contra de la recién estrenada Revolución.

Como él, sus compañeros recorrían dos o tres tardes a la semana las estrechas callejuelas. Buscaban los bancos bajo la sombra que esparcían con benevolencia algunos falsos laureles. Siempre iban allí tras el silencio, ausente de todos los demás sitios. Llegaban procurando librarse del calor humano y pegajoso de las bibliotecas o de las consignas revolucionarias que salían por los altavoces en todas partes. Varias veces le invitaron a unirse a uno u otro grupito, pero él siempre prefirió estar solo..., bueno, solo no. Con Amelia.

«Con frecuencia le llevaba alguna flor que dejaba en el banco cuando me iba. A la salida del enorme recinto volvía a encontrarme con los colegas de estudio. Nos hacíamos algunas bromas y después cada uno se marchaba a su casa. Habíamos tenido mucha suerte. Gracias a nuestra juventud, nos libramos de las revueltas estudiantiles que pocos años antes convulsionaron la universidad y en la que muchos, como graduación, obtuvieron la muerte a tiros o torturados por el régimen anterior. Incluso, habíamos conseguido escapar también de esa otra gripe asiática del cincuenta y siete, aunque Amelia no».

Cuando acabó la carrera sus padres ya tenían todo arreglado para salir del país. De clase aburguesada, vivían con el sobresalto constante de toda la transformación proletaria y violenta de la isla y del reciente conflicto en bahía de Cochinos. No soportaban al nuevo gobierno de tintes tan rojos.

Unas horas antes del vuelo quiso llevar las últimas flores a Amelia. Para la despedida debían de ser especiales. Amelia, la amiga fiel en la infancia, el amor de su adolescencia, la jovencita que fue testigo de sus esfuerzos estudiando en aquel banco. Aquella muchachita detenida a los quince años de edad por un virus tan parecido a este merecía un adiós que no supiese a eso.

«Elegí para la ocasión unos hermosos clavelones que dejé caer a los pies de la pared marmórea. Fui con las amarillas ofrendas y una cámara de fotos. Quería llevarme un retrato suyo, y aunque esperé bajo el estrecho frontispicio y di vueltas por el banco, ella, apoyada en el marco, como siempre, como mil veces la había contemplado a lo largo de mis cinco años de estudios, pareció adivinar, con su indiferencia, el motivo de mi presencia. Aquel día, la hija del amigo de mis padres, que fuera por los años cincuenta un rico propietario gallego de varias bodegas, no quiso obsequiarme ni con una sola de sus miradas».

Otra vez la estampida de los aplausos y los vítores desde los balcones a los sanitarios. Iba a asomarse cuando le detuvo el timbre de la puerta. Nadie había llamado en tres semanas. No tenía demasiada relación con los vecinos salvo cuando intercambiaba dentro del ascensor los típicos saludos y comentarios banales que tanto detestaba.

Desde la fecha en la que se oficializó la reclusión obligatoria en los domicilios no había salido. Llevaba tres semanas sin pisar la acera. Recordaba la primera noche del aislamiento.  Por la ventana veía pasar un coche de la policía una y otra vez advirtiendo por megafonía el precepto de permanecer encerrados. La escena le hizo recordar el yip del Ejército Rebelde que merodeaba la universidad escupiendo proclamas revolucionarias como balas de fusil.

Decidió que lo mejor era dormir. Quizá porque llevaba unos días con desórdenes de estómago y algo de fiebre o tal vez por la emoción de aquellos acontecimientos sin precedentes, el sueño le sobrevino con más fuerza. Sentía frío y por una vez en su vida anhelaba dormir acompañado. Recordó la fotografía de Amelia y con ella se metió en la cama.

Afuera arreciaban las ovaciones y en su puerta alguien insistía con el botón del llamador.  No le interesaba abrir. Sabía que no era Amelia. Ella entraba cuando él menos lo advertía y por eso solía descubrirla en medio de alguna distracción, pero una combinación de timbrazos y golpes le advirtió que quien estuviese del otro lado de la entrada era muy perseverante. ¿Y si fuese ella?

«Me acerqué con mucha cautela. Apenas ponía los pies sobre la tarima del suelo. Noté que no hacía nada de ruido y me sentí bien por ello. Observé a través de la mirilla. Dos policías escudriñaban el ojo de cristal y la cerradura. Los acompañaba un vecino bastante chismoso al que procuraba evitar siempre. Entonces comprendí que quizá estarían preocupados por mí y me sentí culpable por no haber dado antes señales de vida. Un tipo huraño como era yo, bastante mayor, al que dejaron de ver durante veinte días en medio de una pandemia seguramente ya era motivo de comentarios y divagaciones. Pensé que mejor sería dar la cara y hacer saber que todo estaba bien, aunque no soportara al vecino».

Afuera los agentes conversaban con el correveidile y volvían a tocar el timbre. Uno de ellos extrajo una libretilla y tomó apuntes. Parecía que preguntaba cosas al vecino. ¿Y si se dirigía a ellos en voz alta desde dentro? Conseguiría aclarar la situación sin necesidad de airearse en el pasillo.

‒¡Estoy bien! ‒grité, conteniendo la respiración‒. Uno de los uniformados pareció escucharme. Se acercó a la puerta y pegó la nariz a la ranura. «¿Será posible?», pensaba yo.  ‒¡Que me dejen en paz!

El agente pareció oírle otra vez porque se alejó con un gesto brusco y se metió con su compañero en el ascensor. El vecino les despidió y, tras quedarse solo en el pasillo, volvió a fijar la vista en su puerta, luego desapareció tras la suya.

«Aún le estaba espiando cuando percibí de golpe la fragancia de Amelia. Me giré muy rápido y vi cómo ella me sonreía desde el sofá. Llevaba la misma ropa y accesorios de la vieja foto que le hice el día de mi salida hacia España. Nos dimos un largo abrazo. Uno de esos que me hacía cerrar los párpados y que paraba en seco todo el tiempo a mi alrededor».

«Unos ruidos en la entrada me hicieron abrir los ojos. Amanecía y Amelia continuaba apretada a mi cuerpo. El estruendo de un taladro empezó a sacudir la cerradura. Quise despegarme de Amelia, pero me retuvo con una fuerza que hasta ese instante ignoraba que tuviese. Al sentir el temblor de la puerta, se separó con lentitud al mismo tiempo que agarraba mi mano. Dio unos pasos hacia la habitación y en el umbral señaló hacia adentro con el dedo. Ahí entendí todo lo que había estado ocurriendo sin que fuera consciente de ello».

«Yo me hallaba tendido en la cama desde hacía tres semanas. Entre mis manos descansaba la vieja foto de Amelia. Fuera, el taladro y los golpes cesaron. La puerta se abrió y mi casa se llenó de voces. Todo se precipitaba. Los policías de la noche anterior y el vecino chismoso estaban muy cerca de mi habitación. Recordé que ella nunca se quedaba tras el despertar del día, pero esa vez, me dijo, no se iría sola».

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