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Carlistas e Isabelinos

Publicado el 20 de julio de 2021


“Alicante es un libro” por Miguel Ángel Pérez Oca.

            La nueva etapa histórica, con el predominio político de los liberales apoyando a la niña Isabel II, y los carlistas lejos de esta ciudad de gente progresista, empieza, sin embargo, con otra de las ya endémicas epidemias que han castigado desde siempre a nuestra población marinera. Esta vez, el 22 de agosto de 1834, entra el cólera morbo asiático y causa 603 muertos en una población de unos 20.000 habitantes.

            Y mientras se reponían de los estragos de la enfermedad, los alicantinos y alicantinas estaban deseando alegrarse con el regreso de la Constitución, aunque de momento se tenían que conformar con un Estatuto Real, a todas luces, insuficiente, que otorgó la Regente, doña María Cristina, “la que nos quiere gobernar”.

            El 11 de enero de 1836 se reinstauraba la Diputación Provincial, con los mismos diputados que la formaban cuando la disolvió Fernando VII. En toda la nación estaba surgiendo una agitación general del pueblo en demanda de la vuelta de la “Pepa”. Por las calles se cantaba el Himno de Riego. Y sin más esperas, en Alacant fue proclamada el 10 de agosto de 1836, de acuerdo con las autoridades militares y con la ausencia del Gobernador, que había huido a Madrid. Así que al final doña María Cristina tuvo que ceder al levantamiento general y proclamar la Constitución, aunque de manera provisional mientras se elegían Cortes Constituyentes encargadas de redactar una nueva, muy parecida a la original, pero adecuada a los nuevos tiempos. Y en esos días, como colofón a este tiempo fascinante de novedad y progreso, como un símbolo, entraba en nuestro puerto el primer barco a vapor.

            En octubre llegó la noticia de que Espartero había roto el cerco carlista de Bilbao. Aunque en varias ocasiones, partidas carlistas intentaron llegar a Alicante, y fueron rechazadas. En marzo de 1837 el faccioso Forcadell tomó Orihuela reclutando allí 900 voluntarios, pero fue expulsado de la Provincia por nuestra Guardia Nacional.

            El 18 de junio de 1837, la Reina juró la nueva Constitución que contenía ciertas concesiones a los moderados, como el sufragio censitario, o sea que para votar tenías que tener rentas y pagar impuestos. Se recibió por los alicantinos con alegría, pero no con entusiasmo.

            De nuevo los carlistas, esta vez al mando de Tallada, entraron en la zona y se concentraron en Onteniente, de donde los expulsaron las fuerzas isabelinas, saliendo por Fuente la Higuera y marchando a sus bases del Maestrazgo castellonense.

            El cabecilla Cabrera, en el Maestrazgo, había fusilado a 96 sargentos isabelinos, y en respuesta a tamaña salvajada se formó en Alicante una junta de represalias que acordó pasar por las armas a 19 sargentos carlistas, presos en la isla de Tabarca, donde ya se habían integrado con la población, incluso dado lugar a algún romance. Fueron fusilados, el 11 de noviembre de 1838.

            Poco tiempo después acabaría la Guerra Carlista, que aquí, en Alicante, se celebró con festejos taurinos en la nueva plaza de toros, instalada donde ahora está el Teatro Principal. Mientras, un crimen misterioso atemorizaba a los alicantinos: a principios de 1840 era asesinado el juez de primera instancia don José Cecilia Meca, de cuyos matadores y sus móviles nunca se supo nada. Se sospechaba de una “mano negra”  que nadie se atrevía a identificar.

            Parecía que España iba a entrar en la normalidad, pero el gobierno de la Regente se propuso aprobar una Ley de Ayuntamientos que violaba la Constitución, concediendo al Jefe del Ejecutivo la facultad de nombrar alcaldes a dedo. La protesta fue general, y el General Espartero, que había sido elegido Senador por los alicantinos, encabezó el movimiento de rebeldía, forzando a la Regente a renunciar a su cargo y marchar al exilio. Hoy sabemos que se valió de la amenaza de hacer público su matrimonio secreto con un sargento de su Guardia.

Espartero fue nombrado nuevo Regente de la Soberana, que entonces contaba con solo 10 años. Y en Alicante reinaba el optimismo pues, decían los alicantinos, con Espartero estaban garantizadas la democracia y la Constitución. ¡Viva la Pepa!

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