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Cardoso Osorio, Álex – “Yo cambio el mundo”



La negrura lo apretaba todo: su cuerpo febril, los pensamientos desorientados, el alma errabunda. Entreabrió los párpados. Unos ojos que parecían haber visto pasar demasiadas veces la vida le miraban. Una luz amarilla bailaba en alguna parte y le daba pátinas de metal dorado a la piel oscura que les rodeaba. Voces de mujeres rezaban. Pensó que, tal vez, se hallaba en el trance final de la muerte. Cerró otra vez los párpados y con un quiebro blando, carne y espíritu se dejaron engullir por la espiral de inconsciencia y fatiga.

La terraza del Villa Magna hacía juego con la copa del Vega Sicilia. Tenía mucha sed, pero ella sabía cómo disfrutar del preciado caldo. En la mesa había colocado la carpeta con los títulos, un anuncio de trabajo y su pasaporte. Los estudios también le habían servido para descubrir el eslabón que debía romper si no quería formar parte de la cadena. Tanto escuchar: «Tú eres mejor porque has nacido en esta familia», le hizo mirar más allá del dinero.

Un hombre de traje azul marino apareció, trayendo consigo algo de lluvia y un trío. Caminaba estirado y cuando la vio, dejó brotar una mueca. No esperaba encontrarla con ropa deportiva. Le contrariaba verla así, la verdad, y menos en aquel sitio y para esa ocasión. Contuvo la crítica y relajó el rostro. Hizo una señal.

No sé tú salió de las guitarras y las voces de los músicos. Se intensificó el chubasco y el hombre de aspecto solvente examinó el cielo y después sus zapatos carísimos. La volvió a mirar y abrió una cajita de terciopelo que sacó del traje. De ella emergió un brillo de diamantes y oro blanco, y también un probable amor eterno, lujo y vida muelle. Ella volvió la vista sobre los papeles. Él cerró la cajita y mandó callar el No sé tú. Primero encontró el grado en Psicología, luego un máster en Criminología, la oferta de trabajo de una ONG y el pasaporte con visado a la República Centroafricana.

Después del tipo del traje, los del No sé tú se marcharon con caras de falsificada seriedad. Empeoró el tiempo y ella se asomó a la calle. Temblaba. Se le mojaba la frente y la sed se volvió terca. Decidió beber sin importarle las buenas costumbres de tantos años, pero a pesar de intentar acabar con el vino de golpe, no caían más que unos ridículos tragos. Gritó.

Abrió por fin los ojos y escuchó los rezos de antes. A continuación se hizo el silencio y llegaron abrazos entre quinqués y sonrisas, susurros amables entre telas multicolores y pieles brunas, emociones entre la tierra roja y el cariño de aquellas mujeres víctimas de inconfesables formas de violencia. Apareció el rostro blanco y los ojos claros de la doctora de la comunidad. Había vencido a la malaria. Seguía decidida a continuar ayudando a las mujeres de allí, todas con profundas raíces en su vida. Ella enseñaba a cambiar el mundo.

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