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Cadalso, José

Publicado el 3 de diciembre de 2020


Todo lo muda el tiempo, Filis mía,         

todo cede al rigor de sus guadañas;               

ya transforma los valles en montañas,           

ya pone un campo donde un mar había.

(Sobre el poder del tiempo de “Ocios de mi juventud”, José Cadalso)

“Poetas y Poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

No eran ni las diez de aquella soleada mañana de agosto cuando me dispuse a tomar el tren que me llevaría de Praga a la pequeña localidad de Karlštejn, a unos treinta y ocho kilómetros y en plena Bohemia, donde tenía previsto visitar su castillo gótico del siglo XIV.

Me acomodé en la planta superior del moderno e inmensamente largo convoy, en un asiento junto a la ventanilla a fin de disponer de luz suficiente para entretenerme leyendo durante el trayecto.

Hurgué en mi desgastada mochila viajera y saqué un ejemplar que había encontrado por casualidad en una librería “de viejo”, husmeando entre sus pulidas estanterías de caoba. El libro estaba bastante bien conservado en comparación con el resto de los títulos que se vendían allí. Hablaba de la literatura dieciochesca y, dentro de ella, del neoclasicismo, cuyo fundamento era la renovación de los valores filosóficos y estéticos de la antigüedad clásica, así como el culto a la razón en contraposición a los excesos del barroco.

Decía que de esta corriente fueron representantes en la literatura española Leandro Fernández de Moratín, Iriarte, Gaspar Melchor de Jovellanos o José Cadalso.

Y precisamente de este último venían en aquel librillo unos versos, mordaces y burlones, las Letrillas satíricas, que, cuanto menos, me hicieron sonreír y picaron mi curiosidad, de modo que, para satisfacerla, continué pasando páginas y dejándome seducir por la pluma de este poeta gaditano. Sirva de ejemplo:

(…)

Que la novia moza y linda

al novio viejo se rinda,

ya lo veo;

pero que crea el barbón

que ella rinde el corazón,

no lo creo.

 

José Cadalso y Vázquez de Andrade, cuyo pseudónimo literario era Dalmiro, nació en Cádiz en el otoño de 1741 en el seno de una familia procedente por línea paterna del señorío de Vizcaya. Educado por un tío jesuita, ya que su madre murió en el parto y su padre siempre se encontraba ausente por negocios en América, Cadalso estudió en Francia e Inglaterra y viajó por Italia, Alemania y Flandes, lo que le permitió ampliar sus conocimientos en lenguas.

Militar de espíritu pacifista y caballero de la Orden de Santiago, sus ideas ilustradas son producto de una educación adquirida a través de sus viajes por Europa y sus largas estancias en París. Pero fue a partir de 1770 cuando comenzó a dedicarse de forma intensiva a la poesía durante su destierro en Zaragoza, consecuencia este de un bulo que circulaba por Madrid y por el que se le atribuyó la autoría de un libelo titulado Calendario manual y guía de forasteros en Chipre (1768), parodia de la Guía común de forasteros, donde se satirizaban las costumbres amorosas típicas de la sociedad dieciochesca.

Aunque son Noches lúgubres, prosa, y Cartas marruecas, encuadrable en el género epistolar, las obras más insignes de Cadalso, en Zaragoza escribió las composiciones que formarían su obra poética Ocios de mi juventud, en la que dialoga, mediante la poesía, con su amigo el poeta Juan Meléndez Valdés.

Pese a sus ideas ilustradas, Cadalso no dejó que estas invadieran por completo su obra poética, de modo que en ella combina poemas de circunstancias con otros muchos en los que predominan los temas amorosos, renunciando así en innumerables ocasiones a los temas épicos y filosóficos propios de la corriente neoclásica.

No en vano el poeta ya lo adelanta en el prólogo de Ocios de mi juventud, cuando manifiesta:

“Estos primeros cuadernillos son por la mayor parte del género menos útil de la poesía, pero del más agradable. Los intitulo Ocios de mi juventud, quedándome algún escrúpulo de que su verdadero título debiera ser Alivio de mis penas, porque los hice todos en ocasión de acometerme alguna pesadumbre, tal vez efecto de mis muchas desgracias, tal vez efecto de mis pocos años, y tal vez de la combinación de ambas causas.”

En Ocios de mi juventud hallamos, entre otros muchos aspectos que dejan al desnudo el alma y el pensamiento del poeta, los motivos por los que decidió dedicarse a la poesía y en los que anticipaba los temas que en ella iba a tratar.

Caro lector, cualquiera que tú seas             

el que mis Ocios juveniles veas,        

no pienses encontrar en su lectura              

la majestad, la fuerza, la dulzura,               

que llevan los raudales del Parnaso,   5     

Mena, Boscán, Ercilla, Garcilaso,                 

Castro, Espinel, León, Lope y Quevedo.                

No ofrezco asuntos que cumplir no puedo.

 

Sus poesías, que van de lo rococó a lo apasionado y romántico, pueden encuadrarse en los distintos géneros de la época: poesía pastoril, amatoria, filosófica o satírica, básicamente de estética neoclásica, en oposición a la barroca. Una poesía que imita la realidad y huye de lo excesivamente fantasioso.

Pero también una poesía de corte amoroso pues, a pesar de la insistencia de la Ilustración en el papel protagonista de la razón, no se puede negar, al fin y al cabo, la dimensión sentimental del ser humano, solo que, a diferencia de lo que sucede en el Romanticismo, no pone los sentimientos por encima de la razón, sino que busca un equilibrio entre razón y corazón.

Mi lira canta la ternura sola;              

Apolo me la dio, Venus templola,                

y aun ella preludió mi dulce acento             

que al céfiro paraba por el viento,               

a las aves sacaba de sus nidos,         

al hombre enajenaba sus sentidos;             

a sus sonoras voces                

se amansaban los brutos más feroces,                  

y las mismas deidades elevadas                 

quedaban con sus ecos encantadas.

(…)

Porque en metro mezclado                

de gusto y de tristeza,             

celebro de mí Filis la belleza,    

y temiendo del hado los vaivenes,              

canto su amor y lloro sus desdenes.

 

El poema destacado de hoy y con el que cerramos este post, es el titulado A la muerte de Filis, en el que Cadalso pone de manifiesto sus sentimientos por la muerte de Filis, que no era otra que María Ignacia Ibáñez, actriz de teatro con la que el poeta mantuvo una relación amorosa y a la que dedicó numerosos versos. El dolor por la pérdida del ser amado entrelazado con referencias clásicas (Baco, Venus,…), se derrama en sus versos como claro ejemplo de la poética de nuestro autor.

A la muerte de Filis

En lúgubres cipreses                

he visto convertidos                

los pámpanos de Baco             

y de Venus los mirtos;             

cual ronca voz del cuervo,                 

hiere mi triste oído         

el siempre dulce tono              

del tierno jilguerillo;                

ni murmura el arroyo               

con delicioso trino:         

resuena cual peñasco              

con olas combatido.                

En vez de los corderos             

de los montes vecinos,            

rebaños de leones          

bajar con furia he visto.           

Del sol y de la luna        

los carros fugitivos         

esparcen negras sombras                  

mientras dura su giro.             

Las pastoriles flautas               

que tañen mis amigos             

resuenan como truenos           

del que reina en Olimpo.          

Pues Baco, Venus, aves, 

arroyos, pastorcillos,               

sol, luna, todos juntos             

miradme compasivos;             

y a la ninfa que amaba            

al infeliz Narciso             

mandad que diga al orbe         

la pena de Dalmiro.                 

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