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Blanco, Laura – “Despertar”



Despertaste repentinamente. Sentías ganas de llorar. Sacudiste la cabeza, confundida. Te encontrabas en el sofá del salón, cubierta a medias con la colcha. Tu muñeca yacía sobre la alfombra, sonriendo al cielo. Aún tardaste unos segundos en reaccionar, con la vista fija en los visillos del balcón, que se inflaban como las velas de un barco. Ah, sí, te dijiste, habías ido al sofá a ver los dibujos después de comer y te habías quedado dormida. Al otro lado del pasillo podías escuchar los sollozos ahogados de Rosa. Sabes que a tu hermana mayor no le gusta que la vean llorar, así que te acercaste poco a poco, como una diminuta espía, dando pequeños pasos hasta llegar a su habitación. Una silenciosa plaga de pañuelos de papel se había extendido por el cuarto: dentro de la papelera, detrás del flexo, por encima de la cama. Rosa tenía el pelo revuelto y respiraba entrecortadamente, con el rostro enterrado entre las manos, y te pareció que no iba a oírte, pero de algún modo se dio cuenta de que estabas allí. Le preguntaste si estaba llorando. Te miró, con las mejillas húmedas y los ojos enrojecidos, y trató de sonreír.

—Gloria, ven peque.

Os abrazasteis, y cuando te separaste de ella y volvió la mirada con fingido interés a su ejemplar de “El Árido Subtropical Argentino”, creíste que iba a echarse a llorar de nuevo, pero frente a los libros y cuadernos cerrados su rostro se fue serenando.  Llevaba rara desde el mediodía, pensaste, cuando recibió aquella llamada telefónica. La viste coger el teléfono, y la viste asentir con despreocupación mientras continuaba arreglándose las uñas. Y viste cómo se le nublaban los ojos, y cómo la lima, que ya había perdido todo su interés, caía al suelo. Su cara cambió. Preguntaste quién se hallaba al otro lado. Pero no te contestó. Ahora, frente a su escritorio, parecía que Rosa iba a darte la respuesta...

—Cielo… el avión en que viajaba mamá…  ha sufrido un accidente.

Y trató de explicarte lo mejor que pudo lo que era la muerte, y lo que iba a ser la ausencia. Dicen que en las grandes crisis, los corazones se rompen o se endurecen. Pude ver cómo tus ojos se volvían tristes, cómo se te apagaba la sonrisa. Cómo volvías al salón y recogías tu muñeca para no volver a jugar con ella. Lo pude ver todo, y sin embargo no pude hacer nada por evitar que mi muerte pusiera punto y final a tu infancia.

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