Baudelaire, Charles Pierre

“Poetas y poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Charles Pierre Baudelaire nació en París el 9 de abril de 1821 y falleció en la capital francesa el 31 de agosto de 1867 a la edad de cuarenta y seis años. Considerado hoy en día como uno de los mejores y más importantes poetas en lengua francesa, no fue así sin embargo en su época. La sociedad en la que a Baudelaire le tocó vivir, de transición entre neoclasicismo y el romanticismo, no estaba preparada para su poesía, vanguardista y transgresora.

Catalogado como uno de los llamados poetas “malditos” junto a nombres tan conocidos como Flaubert o Verlaine, Baudelaire destacó por su genialidad que le trajo no pocos problemas. Sin embargo, pese a las dificultades y la incomprensión de los críticos y del público en general, él estaba convencido de la valía de su propia obra siendo así que llegó a afirmar en una carta a Víctor Hugo “Seguiré siendo un monstruo en cualquier tipo de literatura”.

Pero la hegemonía impuesta por el romanticismo moralista y positivista que reinaba en la literatura y en la sociedad de aquellos tiempos chocaba con la sublimación de lo sórdido y la obsesión por el mal que residían en los versos de Baudelaire, no permitiendo de este modo que su poesía lograra hacerse un merecido hueco en la literatura de la época.

Con una vida disipada y bohemia, consagrada al escándalo, las drogas y el sexo, Baudelaire sobrevivía gracias a sus críticas de arte y sus traducciones de autores como Edgar Allan Poe.

El reconocimiento le llegó mucho después de su muerte, ya en el siglo XX, convirtiéndose entonces en el poeta más influyente para el simbolismo francés. Curiosamente, él siempre consideró que el lugar que el destino le tenía reservado era la “posteridad” y parece que acertó.

No obstante, logró cierto reconocimiento en los círculos intelectuales de su época con la obra que lo inmortalizó después, Las flores del mal (1ª ed. 1847). Baudelaire no quiso que esta obra fuera considerada un simple compendio de poemas, por lo que la dotó de una estructura única en la que las composiciones se encuentran unidas entre sí por un mismo tema que el poeta va desarrollando a lo largo de toda la obra para conseguir que esta tenga, como él deseaba, un principio y un fin. Autores contemporáneos de Baudelaire como Mallarmé y Rimbaud, o posteriores como Proust, se vieron claramente influidos por esta obra en la que la belleza surge de la más banal de las realidades.

Las flores del mal es una de las obras maestras y clásicas de la literatura del siglo XIX pese a que por aquél entonces al poeta le valió una condena penal por “ofender la moral pública y religiosa”. Pero a pesar de ello, la obra continuó reeditándose y ha llegado a nuestros tiempos como una de las cumbres de la literatura decimonónica.

El libro se divide en siete partes en las que el poeta conjuga realismo y romanticismo de una manera única pero incomprendida en su tiempo. La ruptura con el clasicismo es absoluta no solo en la temática, sino también en la métrica y en la estética. La crítica a la modernidad tecnológica y a la burguesía decadente que habitaba la ciudad son temas dominantes en sus versos, al igual que los excesos y las drogas, lo que supuso una sacudida a la moral del Segundo Imperio francés.

Al lector, es uno de los poemas con que Baudelaire abre Las flores del mal. En él, el poeta deja a un lado el romanticismo para centrarse en el más puro simbolismo, efectuando una severa reflexión dirigida al lector, como reza su título, poniendo la atención en la parte mala y despreciable del ser humano, al tiempo que describe el descenso de éste a los “infiernos” a través de sus vilezas y flaquezas.

Hoy cerramos el post con este magnífico poema.

Al lector

La necedad, el error, el pecado, la tacañería,

Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,

Y alimentamos nuestros amables remordimientos,

Como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;

Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,

Y entramos alegremente en el camino cenagoso,

Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto1

Que mece largamente nuestro espíritu encantado,

Y el rico metal de nuestra voluntad

Está todo vaporizado por este sabio químico.

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!

A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;

Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,

Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.

Cual un libertino pobre que besa y muerde

el seno martirizado de una vieja ramera,

Robamos, al pasar, un placer clandestino

Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,

En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,

Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones

Desciende, río invisible, con sordas quejas.

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,

Todavía no han bordado con sus placenteros diseños

El canevás banal de nuestros tristes destinos,

Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,

Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,

Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes

En la jaula infame de nuestros vicios,

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!

Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,

Haría complacido de la tierra un despojo

Y en un bostezo tragaríase el mundo:

¡Es el Tedio! -los ojos preñados de involuntario llanto,

Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,

Tú conoces, lector, este monstruo delicado,

-Hipócrita lector, -mi semejante, -¡mi hermano!

1 Trimegisto es el sobrenombre del dios egipcio Thot, y significa tres veces más grande. También del dios griego Hermes.

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