Barceló, Mª José – “La taberna del loro”

Papagayo     Cuando el siglo veinte rompía aguas para traer al mundo a la primera de sus décadas, Leoncio Castejón regresó de las Américas. El hijo póstumo del sepulturero volvió a su pueblo con una mulata agarrada del brazo, un pequeño capital en el bolsillo y una jaula en cuyo interior revoloteaba un loro. En aquel municipio de comunión diaria el tiempo transcurría perezoso, y la vida continuaba santiguándose por las esquinas con la misma rancia moral. La llegada de Leoncio junto a Dolores, la espectacular hembra morena que había tomado por esposa, despertó el interés de la vecindad. Las lenguas más afiladas hilaron madejas de chismes, que iban ovillando junto al fuego mientras el invierno pasaba tiritando. Los recién llegados se instalaron en la casa que Leoncio había heredado de su abuelo. Anduvieron moviendo tabiques y apuntalando bigas hasta convertir aquel espacio baldío en dos estancias. La de arriba, la destinaron al hogar que iban a llenar de mocosos mestizos y la de abajo la convirtieron en una tasca.

     Recién entrada la primavera, la casa resplandecía blanca y primorosa como el vestido de una novia. Las puertas de la taberna se abrieron para acoger a la clientela. Leoncio, que era un hombre menudo de genio despierto, convidó a todo el pueblo a una ronda gratis, pero ese día nadie cruzó el umbral de su negocio. Así que alargó la invitación durante el resto de la semana, aunque tampoco obtuvo mejores resultados. Entonces decidió organizar una rifa cuyo premio seria el espléndido loro traído de América. La curiosidad enardecía el ansia del vecindario, pero el decoro les frenaba toda iniciativa de entrar. Al final, acordaron enviar en avanzadilla a su máxima autoridad. Leoncio y su esposa no escatimaron en cumplidos con los que agasajar al alcalde. Un individuo recio de mirada estrábica, que cubría el perímetro del recinto con un ojo y con el otro las caderas de aquella tremenda mujer.

     Los vecinos capitaneados por el cura escucharon expectantes el informe del alcalde. Su veredicto fue rotundo. El negocio no era un garito mundano y su dueño pensaba aportar una cuantiosa dádiva a la parroquia. A todos les pareció descortés no aceptar su generosa invitación, y al caer la tarde un ejército de almas piadosas desfiló por la taberna. Las señoras custodiaban con celo a sus consortes, embriagados por los efluvios del ron y el acento meloso de Dolores; una perla antillana recubierta de volantes, de cuya cabeza emergía un vergel, tan colorido como el plumaje del loro que se iba a rifar. Pero esa noche, la mano más inocente no encontró entre las papeletas el boleto agraciado y el papagayo regresó a su jaula.

     Y siguió haciéndolo domingo tras domingo hasta completar una docena de meses, sin que un merecido ganador se alzara con el premio. La clientela ya había asumido la trampa. Sabían que su dueño no quería deshacerse del loro, por mucho que se amparara en las casualidades del destino. Pero ninguna voz se pronunció, ya que nadie deseaba tener en sus casas un pájaro que no platicaba. Leoncio, a quien ya apodaban “el loro”, les juró que su pupilo era un ave con desparpajo, que con un poco de confianza rompería a hablar. Así que decidió concederle la libertad para que anduviera por la taberna como un parroquiano más…

     Los años fueron pasando con su devenir lento, macerados en la rutina de las viejas costumbres y acudir a “la taberna del loro” se convirtió en una de ellas. El tiempo había dejado su huella en los muebles, carcomidos por las brasas de los cigarros; en el lustre de las paredes teñidas de humo; en la araña de cristal colgada del techo cuyas lágrimas se habían quebrado, o en las caderas de Dolores ensanchadas tras soportar los últimos cuatro embarazos. Solo el loro conservaba su lozanía, revoloteando entre los clientes que reiteraban con fervor ¡Ave María purísima!, en el empeño de que algún día lo repitiera. Pero el pájaro seguía sin emitir palabra, planeando sobre los vecinos hasta decidir cuál sería el hombro en el que se iba a posar. Y desde esa posición privilegiada, controlaba las mesas donde el alcohol desataba tertulias de confesionario, mientras se removían las fichas que engarzaban eternas partidas de dominó.

    Una noche de señalado ajetreo en que Leoncio andaba reponiendo existencias, el loro le siguió hasta la bodega. Después de inspeccionar los recovecos, posó sus patas en el borde de un tonel de vino que había quedado descubierto. Estiró el cuello hasta asomar la cabeza, engalanada con un vistoso mechón de plumas como el casco de un general romano. Los reflejos de aquel néctar carmesí despertaron su curiosidad, y en su afán de alcanzarlo perdió el equilibrio. Durante unos minutos anduvo sumergido en el interior del tonel, alzando las alas que removían el vino con la fuerza de un temporal de otoño. Cuando por fin logro alcanzar la superficie, emprendió el vuelo como un cohete de feria y entró en el salón con una intermitente risa histérica. Tras pronunciar un rotundo ¡Ave María purísima! que enmudeció a la clientela, comenzó a repetir todos los chismes que había escuchado durante años.

     El loro se desplazaba por la taberna cual botafumeiro, esparciendo en el aire ponzoñas hipócritas, sonados adulterios, hurtos de alcaldía, hijos bastardos y purulentos secretos de familia. ¡Hay que atrapar a ese perico del demonio!, gritaban los vecinos desesperados, mientras el loro repetía su discurso una y otra vez. Durante un eterno cuarto de hora siguió planeando sobre sus cabezas, hasta que en el lapso de una pirueta cayó al suelo fulminado de un infarto. Esa noche, en las alcobas se repudiaron maridos y esposas. Se rompieron los abrazos entre hermanos. Los hijos ilegítimos reclamaron antiguas herencias. En el ayuntamiento ardían los libros de cuentas y hasta el cura quedó en entredicho, cuando el loro le adjudicó el vástago de su fiel ama de llaves. Leoncio veló el cuerpo de su amigo hasta que despuntó el día, y después lo envolvió en un suave paño de gamuza para llevarlo a un taxidermista de la capital.

     Aquella misma  mañana, el pueblo despertó entre los escombros de un infortunio que aún retumbaba en sus oídos. La mitad de los vecinos andaban enzarzados en coléricas trifulcas, mientras la otra mitad se miraba de soslayo esquivando el saludo. Y entre tanto las campanas de la iglesia tocaban a rebato, congregando a los feligreses a un oficio de apremio. ¡Si el “altísimo” le ha otorgado la palabra a una criatura de su reino, para condenar la dudosa virtud de este municipio, tendremos que asumir los designios divinos!, exclamó el cura desde lo alto del púlpito…

     Dos semanas después, el loro regresaba a la taberna anclado en una sobria peana. Le habían disecado con toda la plenitud de sus alas extendidas, y su rostro transmitía una firme expresión todopoderosa. Los clientes se santiguaban al pasar por su lado como muestra de arrepentimiento. Ante la devoción que comenzó a generarse, el párroco le pidió a Leoncio que cediera al pueblo su ave del paraíso. Le construirían en el centro de la plaza una hornacina recubierta de cristal, encumbrada sobre cuatro columnas de mármol. La presencia de aquel pájaro elevado a los altares como un santo incorrupto, se divisaría desde cualquier parte. En aquella fe de escapularios y supersticiones, sus ojos vigilarían las almas del pueblo, temerosas de que el loro volviera a hablar y la ira de Dios cayera sobre ellos…

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