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Arenas movedizas – Tanizaki Junichiro



Reseña realizada por Begoña Curiel.

Lo intento pero la literatura japonesa no es lo mío. Me recomendaron esta obra en una feria del libro por su exquisitez y solo he logrado aburrirme. Ya me advirtió el librero que no debía perder de vista los contextos de esta particular obra y los ojos de mente occidental. Es vital situarse en un argumento escrito a principios del siglo XX con personajes de un alto estrato social de una rígida sociedad japonesa y la sutileza narrativa como base para nombrar lo innombrable para la época.

  “Arenas movedizas” es una historia amorosa entre dos mujeres: Kakuichi Sonoko, aburrida esposa que busca entretenimiento en un taller de pintura y Mitsuko, enigmática modelo que abre la puerta al erotismo y nuevas aventuras a la primera.

  El monólogo de la señora Sonoko dirigido a un profesor (de infinita paciencia, imagino...) me causó curiosidad. La etapa de enamoramiento, el halo de belleza del que Junichiro recubre hasta la saciedad a Mitsuko, resulta interesante al principio, como el juego de redes del que no pueden salir ninguna de las dos.

  La relación resulta extraña. Desde el principio. Choca la naturalidad con la que la mujer casada acepta sus sentimientos teniendo en cuenta el ambiente familiar que la rodea. Pero mucho más que el tema sobrevuele en charlas con su propio marido.  Y es que pese a las convenciones sociales a las que supuestamente debería ajustarse no parece tener reparo ninguno en seguir adelante con la relación.

  Me han cansado los recurrentes recursos narrativos que apelaban e insistían en la sensualidad que rodea a la relación lésbica sin añadir morbo. Se destaca de este libro como he leído en algunos artículos, la habilidad del autor en este aspecto y el mérito se atribuye en todo caso, a la época y contexto social en el que se producen los hechos. Pero entre la sutileza y lo soez, hay tantos términos medios...

  Las arenas se tornan aún más movedizas cuando aparece un cuarto en el juego: Watanuki, novio de la modelo.

Termina de retorcer el hastío que hasta entonces ya estaba sintiendo con la participación de la pareja de amantes y el esposo de la mujer casada. El interés por la lectura comenzó a decaer de manera estrepitosa con el nuevo protagonista. Pero ya no iba a dejar la novela.

  La intención de Junichiro es describirnos hasta qué punto la maldad y la toxicidad de las relaciones pueden desquiciar a sus participantes. Es un asunto recurrente en literatura pero no pasaría nada si aportase algo nuevo y fructífero. Algo que desgraciadamente no ha ocurrido.

  Lejos de ser así, el autor parece ir añadiendo elementos y situaciones que me resultaron surrealistas. Como las piezas de una muñequita rusa, cada uno tiene su versión, algunas poco creíbles. Con cuatro enredando de esta manera, perdía el hilo sin esperanzas de que regresara el interés.

  La humillación, la posesión, el amor enfermizo extenúan hasta lo incomprensible. Las víctimas, el papel del ingenuo, el malo, el bueno... Ya no sabía quién era quién dentro del galimatías emocional, hasta llegar a encontrar ridículos momentos que en teoría me parecían dramáticos.

  No quise dejarme llevar por las primeras sensaciones de decepción que me iban llegando mucho antes de rozar la mitad de la novela. Lo intenté hasta el final porque me resultan interesantes las historias que se adentran en los conflictos internos del alma humana. Pero... no ha sido así.

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