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Antes de los años terribles – Víctor del Árbol



Reseña realizada por Begoña Curiel.

No sé por dónde empezar de tanto que habría que decir. Arrancaré con la interesante “percha” narrativa escogida por Víctor del Árbol para su nueva novela: la tremebunda historia real de los niños soldado que fueron reclutados en Uganda por Joseph Kony, líder del denominado Ejército de Resistencia del Señor, el LRA.

  El adoctrinamiento ideológico y militar de miles de pequeños será relatado por el protagonista de la novela, Isaías Yoweri, una de las víctimas de esta barbarie que con los años transcurridos en Barcelona cree haberse librado de la pesadilla. ¿Quién podría hacerlo?

  En su país de acogida será “el negro de las bicicletas”, las que arregla en su taller. Tal y como ocurre en el mundo real, tiene mucho de ficticio –aunque haya anónimos de monumento que trabajen en ello– el proceso de integración de quienes escapan de sus lugares de origen soñando con el paraíso que por desgracia no existe. El asunto en cuestión se aborda de soslayo en esta historia y sin embargo, bien está el “apunte” porque incide en una triste realidad: el dolor interno de los inmigrantes que sienten (porque así se lo hace sentir parte de la sociedad con demostraciones más o menos sutiles) que no son ni pertenecen a ninguna parte.

  Isaías es un inmigrante “integrado”, convencido de que el pasado, pasado está. Hasta que un antiguo conocido de batallas le propone volver a Uganda “solo” para participar en un congreso sobre la reconciliación histórica de su país. Aunque la primera respuesta es «no», de sobra imagina y teme el lector que lo hará. Y aunque te preguntas: «¿Por qué Isaías, por qué volver a ese pozo?» sabes que caerá porque si no, no habrá novela. Y vaya si la hay.

  Tendremos viaje y tres recorridos, con idas y vueltas en el tiempo: antes de los años terribles (1), los años terribles propiamente dichos (2) y el regreso al país (3). Y ya saben que con el alma de la infancia se viaja siempre, con mayor o menor intensidad. Sea o no en Uganda. Si el almacén de recuerdos no es bueno y no hay voluntad de curación, los fantasmas salen de debajo de las piedras o de donde quiera que hayan sido enterrados. Este es el terreno que tan bien maneja Víctor del Árbol. El de los traumas no superados con el apoyo indiscutible por supuesto, de los personajes bien construidos.

  Junto al principal, los esbirros del demonio Joseph Kony, el Evangelista y Christian MF, son dos muñecos en las manos del autor, dignos representantes de las personalidades diabólicas, torturadas y torturadoras, características de la mayoría de las novelas Víctor del Árbol. Es otra de las señas de identidad que me encantan del escritor: personajes de dobles filos, a los que odias y sin embargo, en los que es necesario profundizar. Sirva o no para comprenderlos o justificarlos.

  Ellos simbolizan el drama de las infancias robadas en un ambiente totalmente deshumanizado y letal para mentes aún tiernas; como es el caso también del hermano de Isaías, Joel, un secundario que me ha enamorado, ejemplo de la evolución que puede experimentar un ser humano en un entorno hostil. Más, cuando el autor lo “entrega” al lector “antes de los años terribles” (1), la etapa dulce que resulta mágica.

  Cuánto he disfrutado del lugar donde se crio Isaías, con sus costumbres, juegos, amores idealizados, con esa abuela tan, tan... fascinante; una secundaria y sin embargo, tan principal si te llega hondo; en el marco de ese mundo particular donde las mujeres tienen dos corazones que laten a la vez... Qué bello pasaje... como otros muchos detalles relacionados con su manera de vivir, formas de entender las cosas, tan alejadas de nuestro mundo lleno de prisas y problemas irreales.

  Precisamente por la belleza del tramo de la Uganda de su infancia, más terrorífica resulta la etapa de “los años terribles” (2). Lo hubieran sido sin esos prolegómenos, pero el contraste agudiza aún más el horror de esos pequeños soldados. Un inciso para mencionar uno capítulo integrado en “el corazón de las tinieblas” ugandés (precioso el “cameo” que la maravillosa novela de Joseph Conrad tiene en este libro): me refiero a otras víctimas de esta locura, como es la población albina... Me quedo sin palabras y tampoco entro más para evitar contar demasiado.

   Será en el tramo final cuando Víctor del Árbol ponga el turbo del tono de thriller que cierra la novela. Allí la presencia de Lucía se convierte en acción, aunque la mujer de Isaías esté presente desde el inicio de la novela. Ella es un magnífico ejemplo del contraste negro/blanco y no solo por el color de la piel entre ambos. Sus diferentes caracteres hacen aún más interesante esta relación de pareja.

  Personalmente, aunque la trama lo pedía, mi mayor disfrute se ha quedado en el 1 y en el 2. Ya saben: el antes y los años terribles. El primero por esa combinación de magia y belleza. El segundo, por el valor del duro relato de hechos reales, aunque hayan sido novelados. Y en ambos tramos como hasta la última de las páginas, el gusto lector se amplía con el experto oficio de la narración en manos de su autor. Sin excesiva retórica en este caso, con lenguaje directo y sin embargo con toques líricos en algunos de pasajes transmisores de ternura.

  “Antes de los años terribles” invita a la catarsis personal con volteretas y náuseas en el estómago por realidades que nos parecen de informativos lejanos, mientras alivia con cierta esperanza por más oscuridad que esconda el cofre de los recuerdos hechos presente. Terrible y hermosa historia como todas las forjadas con cal y arena.

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