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Álvarez, Mª Ángeles – “Un nombre sin rostro”



Camina descalza sobre la suave y cálida arena del atardecer mediterráneo. En abril, la playa está desierta a esas horas y eso permite a Isabelle deambular por la orilla mientras la fresca espuma del mar acaricia sus diminutos pies.  Ya no recuerda cuándo empezó a hacerlo, ni por qué. No sabe si alguien la llevó hasta allí un día o fue ella la que descubrió tan sencillo placer.

Hace mucho que no trabaja, así que tiene tiempo para recorrer esa línea entre el mar y la tierra, horadando la arena con cada uno de sus pasos, aspirando el salitre con cada bocanada de aire, dejándose iluminar por los tardíos rayos del sol.

Cuando vino a España, trabajó durante unos meses como maestra de francés en una antigua escuela. Entonces era la simpática señorita Jouvet. Ahora tan solo es Isabelle, la anciana de la playa, la de los pies huesudos y la pequeña boina roja; la del cabello níveo y las manos arrugadas. Solo es la mujer que ya no es capaz de reconocerse ante el espejo. Se mira, pero ya no encuentra la sonrisa radiante, el cutis terso y los ojos del azul del cielo. Ya no es la señorita Jouvet, solo es Isabelle.

Llegó de Francia en 1943 cuando aún era hermosa y a su reciente marido le gustaba pasearla del brazo por la Rambla de las Flores. “Desde el Paseo de Gracia hasta Colón no hay mujer más bella”, le decía Bertrand. Y le llenó la casa de espejos para que pudiera comprobar la realidad de sus palabras. Espejos en el baño, en el pasillo, en el dormitorio, en el recibidor, hasta en el salón y la cocina. Isabelle no tenía forma de huir de su reflejo. Ahora Betrand tampoco está, se fue hace mucho y la dejó sola, con los espejos, en esa tierra asomada al mar Mediterráneo, bañada por la luz y ungida por los días templados; por aquel entonces una tierra de gentes malditas y felices, de jóvenes oprimidos y viejos intransigentes; de niños morenos y vivarachos, de señoras gritonas con maridos bajitos; tierra de luto y de color; de hambruna y picaresca; de supervivientes de una guerra cainita, de corazón maltrecho y las manos ajadas.

Ella también pasó hambre, pero un hambre distinta de esa que proviene de la escasez. Su apetito era de otra clase, de esa clase que a una mujer le estaba vedado. Soñaba con conocer el mundo, porque aquí se asfixiaba, porque a Bertrand no le interesaba lo que pensara, solo cómo luciera ante los demás, porque ni siquiera tenía derecho a pensar.

Cuando Bertrand vivía, ella quiso viajar, viajar lejos, a esos países donde el aire huele a canela y cúrcuma, donde las ropas huyen del negro y el gris, donde el sol nunca se pone. Pero él se lo prohibió. “¿Qué iba a hacer una cabecita tan bonita en un lugar así? Seguramente perderse y perder su tiempo y el de los que la tendrían que buscar”. Isabelle pronto desechó esa idea, como había renunciado a su trabajo cuando Bertrand se lo pidió: “A una mujer la debe mantener su marido. No necesitas trabajar, solo estar a mi lado”.

Y cuando Isabelle quiso volver a París, su París natal, Bertrand se opuso. “Aquella se ha convertido en una ciudad de pecado. En este país estamos mucho mejor, todo es más sencillo y ordenado. Allí no hay normas, aquí si, como debe ser.” E Isabelle no viajó tampoco a su tierra y ese día vio aparecer el primer cabello blanco en su dorada melena.

Cada cabello blanco que fue naciendo de ella lo contaba por cada día junto a Bertrand y por cada noche atrapada a su lado. Pero Bertrand murió y ella se quedó sola, sin permiso masculino ni dinero, ni posibilidad de empleo debido a su edad y tampoco pudo escapar. Y los cabellos blancos continuaron brotando.

Cada mañana los espejos le devolvían a una persona diferente, más gastada y triste, más flaca y menuda. Nunca los retiró. Temía que Bertrand regresara de entre los muertos para reprochárselo y que la obligara a mirarse en ellos todos los días. Desde entonces pasea a la orilla del mar con la única compañía de alguna gaviota distraída con los pececillos que, al caer el sol, se arremolinan en los remansos más cercanos a la costa.

El mar no devuelve a Isabelle su reflejo; apenas una insignificante silueta con una pequeña boina, pero nada más, ni cabellos blancos, ni piel marchita, ni ojos ensombrecidos. En la playa solo es una mujer cualquiera, una mujer libre. Y es libre porque no puede verse. Es libre, porque camina entre dos mundos. Es libre, porque imagina lo que hay más allá, donde el agua termina y se encuentra de nuevo con la tierra, con otras tierras. Es libre, porque puede llegar hasta allí con su mirada, con la del corazón, esa que nadie puede atrapar, de la que nadie sospecha, la única que escapa a todo y a todos.

La playa reintegra la sonrisa a su rostro, el carmín a sus labios, el calor a sus mejillas, la tersura a su piel, la agilidad a sus músculos, la belleza a su corazón. Toca el agua con sus dedos y aquella se torna en burbujas blancas, diminutas, efímeras como la vida, ligeras como ella misma. Entonces el mar se retira unos centímetros, los suficientes como para que Isabelle observe sus propias huellas, apenas perceptibles bajo sus pies, como ella misma, apenas perceptible para el mundo.

Cierra los ojos, aspira el aire untuoso y tibio del atardecer y regresa a casa, con sus espejos, aunque no los mira, no se mira. Y mañana volverá a la playa, y vagará por la orilla e imaginará que ya no está aquí, sino en otro lugar, uno muy lejano donde de nuevo es la joven señorita Jouvet, peregrina del mundo, pasajera del viento, emigrante del mar.

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