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Álvarez, Mª Ángeles – “La lluvia”



Presentado por Mª Ángeles Álvarez en diciembre de 2014.

Catorce de noviembre. Llueve. Me siento tras la ventana del número seis de la Calle de los Siete Gatos. El sillón rechina con cada uno de mis movimientos. Hace frío. La humedad que impregna la casa se me cuela hasta los huesos. Sigue lloviendo.

Apenas una bombilla desnuda ilumina la insignificante salita. El único sonido que acierto a oír es el repiqueteo de las gotas de agua contra el cristal. En algún momento, el sillón trata de acompañarlas con su propia melodía estridente.

La calle está vacía. Ni los ratones, que tanto abundan por aquí, se atreven a salir en una noche como ésta. No deja de llover. El cristal de la ventana está pasando de transparente a translúcido poco a poco. Es el efecto que produce el agua al caer sobre el polvo adherido durante años. La lluvia es más intensa ahora.

Continúo inmóvil, con los ojos fijos en la ventana, observando como cientos de gotas se arrastran por el cristal en una atolondrada carrera hasta su propia destrucción. Más allá, al otro lado, una cortina de agua convierte las casas, los coches y las farolas en desdibujadas caricaturas, en manchas imposibles que reflejan, hasta cegar, las luces de neón que anuncian el restaurante oriental de la esquina.

Las peladas ramas de los árboles que bordean las aceras, luchan por mantenerse erguidas, pero a duras penas lo consiguen. El agua es más y más fuerte cada vez, y ha logrado doblegarlas. Algunas incluso se han quebrado, pero su sufrimiento no logra apaciguar la furia del diluvio, que continúa ensañándose con sus frágiles víctimas.

En el interior de la salita, una gota se desliza por el techo, procedente de una profunda grieta amarillenta. Tras un momento de duda, se decide a saltar hasta el ajado linóleo. Y tras ella otra, y otra y otra más, y así hasta formar un amplio charco de un repugnante color verde oscuro. Ni siquiera me planteo colocar un cubo para evitar que siga creciendo. Qué más da. Los remiendos ya no sirven de nada. Prefiero que sucumba con dignidad, a sentir lástima por esta vieja casa.

La lluvia no cesa. Yo, no me muevo. El sillón continúa chirriando. Los árboles no dejan de combatir al enemigo insaciable. La vida continúa su ciclo… La casa se hunde.

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