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Álvarez, Mª Ángeles – “La anciana”



Presentado por Mª Ángeles Álvarez en Enero de 2015

Cada mañana, cuando me dirigía a mi trabajo en el jardín Botánico, entraba a la Plaza Mayor por la calle Siete de Julio. Allí, junto a la estatua de Felipe III, bien temprano ya, una anciana alimentaba a las rechonchas palomas que se apelotonaban a su alrededor, mientras ella troceaba un mendrugo de pan y lanzaba los pedazos al aire.

Solía verla de lejos, un instante, al tiempo que me precipitaba con paso acelerado hacia la salida que llevaba a la calle Zaragoza, para luego enlazar con la calle Atocha y así alcanzar mi destino antes de que el reloj marcara las ocho en punto.

Pero aquél día, cuando entré en la plaza a la hora de siempre, siguiendo con la impuesta rutina, algo había cambiado. Llovía débilmente. Al cruzar la explanada miré instintivamente hacia la estatua, sin dejar de caminar. Pero en lugar de encontrar a la anciana rodeada de sus aladas amigas, la hallé con la mirada fija en el pavimento, apoyada en la reja que preservaba la real figura.

Vestía falda oscura y camisa a juego. Sobre la ropa, llevaba un delantal, en otro tiempo negro, ahora pardo. Algo en ella me obligó a detenerme y observarla. Parecía triste. Una mezcla de curiosidad y ternura hizo que me fuera aproximando poco a poco para poder examinarla mejor.

Conforme me acercaba iba advirtiendo los surcos con que la vida había horadado su rostro: profundos, áridos, del color de la tierra en tiempo de sequía. Sus ojos, de un inmenso azul oscuro, parecían perdidos en la cuadrícula blanca y gris del solado. Apenas unas pocas pestañas resguardaban su mirada. En lugar de cejas, dos finas líneas dibujadas con un lápiz, separaban la frente de los párpados.

El pelo, de un blanco amarillento, se acumulaba en la nuca formando un exiguo moño, sujeto por doradas horquillas. Bajo éste, como abandonada por casualidad sobre los hombros, una toquilla de lana color nazareno constituía su único abrigo, y trataba de disimular el incipiente bulto que sobresalía en su espalda.

Su semblante denotaba una inusual serenidad que, no obstante, armonizaba perfectamente con su afligida mirada. Toda ella desató en mí una imperiosa necesidad de protegerla, de ayudarla. Y por eso me decidí a hablarle. Pero cuando lo hice, cuando le pregunté si necesitaba ayuda, tan sólo obtuve silencio.

Insistí, pero se limitó a mirarme y entonces sus ojos se tornaron más profundos y lo que encontré en ellos fue tranquilidad, esa que sólo los años pueden ofrecer. Y bondad, como nunca antes había encontrado en nadie. Entonces supe que estaba bien. Que no precisaba de mí.

De pronto, la llovizna cesó y tras ella unos tenues rayos de sol se atrevieron a bañar la plaza. Sin saber de dónde, decenas de palomas se posaron sobre la estatua y comenzaron su alegre gorjeo. Entonces, la anciana pareció despertar de su letargo y, como si el tiempo hubiera estado detenido durante el chaparrón, continuó alimentando a las ruidosas visitantes tal y como hacía cada día.

Me pareció que mi presencia allí no era más un elemento extraño a aquella escena y me aparté. Reemprendí la marcha, pero no sin tratar de imaginar qué era lo que acababa de suceder. Tal vez, de la misma forma que ella alimentaba a las palomas, éstas constituían su sustento, el cordón umbilical que la ataba a este mundo. Es posible que esa fuera la razón por la que, en ausencia de las aves, la anciana había pasado a formar parte del paisaje de la plaza, como otra estatua que llevara allí cientos de años.

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