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Aisthesis. Cantos a la Belleza – Santiago González-Varas Ibáñez

Publicado el 6 de mayo de 2020


TÍTULO: Aisthesis. Cantos a la Belleza.

AUTOR: Santiago González-Varas Ibáñez

EDITORIAL: Huerga & Fierro

EDICIÓN: 1ª edición.

AÑO: 2019

ISBN: 978-84-120875-9-8

Reseña realizada por Mª Ángeles Álvarez.

No es esta una reseña al uso, porque Aisthesis. Cantos a la belleza no es un libro al uso. Es poesía, pero no es verso; es también prosa, pero repleta de poesía; es un canto y, al tiempo, una denuncia de uno mismo y sus debilidades y fortalezas; en definitiva, esta obra es en sí un conjunto de sensaciones que su autor, Santiago González-Varas Ibáñez, plasma con absoluta maestría a lo largo de sus casi ciento setenta páginas.

¿Alguna vez se han preguntado si la vida que están viviendo es real o tal vez es solo un sueño del que algún día, tarde o temprano, van a despertar? Tal vez hayan sentido algo similar a una necesidad de conectar con ese otro yo que saben, la mayoría de ustedes, que llevan dentro y que es parte inseparable de sus propios “yoes” aunque muy diferente a ustedes. ¿Se han preguntado entonces cuál de los dos es el real, el que vive la vida real y no la imaginada o soñada? ¿Acaso han decidido entonces cuál de ambos desean ser?

Ciertamente, cuando comencé a leer esta obra, lo hice libre de prejuicios y desconociendo lo que me iba a encontrar. No había leído con anterioridad nada del autor y tan solo sabía de él que califica su poesía como “sensacionista” (que no “sensacionalista”). Para González -Varas el “sensacionismo” es una forma de ver la realidad a través de las sensaciones que produce, un acercamiento a la Belleza en estado puro, alejándose de todo aquello que no produzca sensación.

Y precisamente mi desconocimiento de este novedoso y fascinante género es lo que me permitió abrir la mente y adentrarme en ese mundo de sensaciones que, pese a la dificultad que ello entraña, al menos desde mi punto de vista, el poeta consigue expresar de manera casi tangible para el lector.

Es una obra que no solo nos deleita con imágenes y sensaciones sobre las que antes no hubiéramos nunca pensado, sino que, además, nos obliga a mirar en nuestro interior y buscar esas mismas sensaciones y las preguntas que el poeta se hace a través de ellas, al sentirlas. Unas veces las acepta y otras las rechaza y esa dualidad es la que nos permite entender a la perfección la eterna pugna que existe en nosotros mismos.

Porque todos somos dos, dos almas, dos seres en continua lucha por hacer valer su sentido de la vida, su modo de verla y vivirla. Todos hemos sentido alguna vez esa necesidad de buscar más allá de lo que nuestros ojos nos transmiten, de esa realidad aparente que se muestra cada día ante nosotros. Hemos buscado más allá, hemos tratado de alcanzar algo que no sabemos muy bien si realmente existe o no, pero que necesitamos para sobrevivir.

Eso precisamente son las sensaciones de las que nos habla Aisthesis. Cantos a la Belleza, porque la Belleza se escribe con mayúsculas pues es un ser vivo que existe en todas las cosas, aunque a veces no seamos conscientes de ello. Es también un ente que trata de apoderarse del poeta en la obra, de dominar sus sentidos, su ser. En ocasiones el poeta quiere dejarse dominar por la Belleza, desea sucumbir a sus encantos porque considera que es el único modo de sentir la realidad verdadera, de alcanzar su verdadero fin como poeta.

El libro se divide estructuralmente en cuatro partes bien diferenciadas, pero, al tiempo, conectadas entre sí. De este modo, en la primera parte, “Fatalidad”, el poeta siente esa lucha interior entre la razón y la sensación. La primera nos lleva por un camino de cuya existencia y realidad no podemos dudar, pero que al final no conduce a ninguna parte. La sensación es eso con lo que necesitamos quedarnos, lo que nos llena, lo que quisiéramos que fuera real. Seguimos un camino que entendemos como razonable, pero vivimos una realidad paralela imaginaria que deseamos sea real. Y de todo ello nos llegan continuamente señales de todo tipo, que nos acercan a ese lugar tan peligroso en el que se encuentra la Belleza, la que nos atrapa, hasta el punto de que el poeta ya no sabe si la Belleza ha llegado hasta él por casualidad, para envolverlo y permitirle alcanzar ese mundo de sensaciones que todo poeta ansía, o simplemente todo ha sido producto de un ardid de “Ella” para adueñarse de él y luego abandonarlo en la más completa oscuridad.

En esa oscuridad ya no hay sensaciones, tan solo objetos, cosas, y no las sensaciones que estas producen. La Belleza ya no es un ser vivo, sino un ente inalcanzable cuya comprensión queda muy alejada ya para el poeta que vive permanentemente entre tinieblas y que solo, con mucha suerte, es capaz de ver la luz más allá.

La segunda parte la dedica el autor al “Amor incierto”, ese mal que, a pesar del daño que nos causa, siempre deseamos prolongar y que reside allá donde lo hace la Belleza; es una caída placentera, como lo describe el poeta. Pero cuando la verdad y la cordura regresan, el recuerdo del amor incierto plantea rencores porque ya no se es capaz de recordar cómo se sentía mientras era presente. Por ello, solo puede existir como un recuerdo, como un ser pasado.

Pero hay diferentes tipos de amor que el autor describe según en qué tiempo y lugar se den. Ello lleva al lector a tratar de identificar cuál de todos ellos es el amor que está viviendo o el que vivió o el que querría vivir, pero siempre con la única y más importante cuestión de fondo: cuál de todos ellos es el real y cuál es la clase de realidad que deseamos para nosotros mismos.

En “Cantos del destino”, que constituye la tercera parte de esta obra, el poeta precisa desarraigarse del mundo para poder apreciar la Belleza y así impregnarse de ella y plasmarla en sus obras. Cuando lo consigue, es capaz de ver la Belleza en cientos de lugares en los que nunca antes la había encontrado.

Ahí estriba la diferencia entre la Belleza cierta y la incierta: la primera es la que se ve o, más bien, se cree ver, pero no es real; la otra es la que el poeta ansía conocer, la verdadera, la incierta. Esta es la que vence al destino, la que se impone a él, librando al poeta de sucumbir de ese destino incierto que le condena a volar con “confusión”.

No hay duda de que el poeta continúa su búsqueda de la Belleza, perdiéndose a veces por caminos desconocidos que le llevan a la nada.

Por último, la cuarta parte, “El hombre misterioso” nos adentra en el conocimiento de ese otro “yo” que reside en el interior del poeta (y, permítanme, también en el interior de muchos de nosotros, si no de todos) y cuya labor es portar las sensaciones. El hombre misterioso las ordena, procura el placer, evita el sufrimiento, lleva la tristeza y la alegría. El poeta actúa, pero es el “hombre misterioso” quien las siente y trata de transmitir esas sensaciones al poeta, intentando que viva más intensamente y con sentido.

Esta última parte nos muestra en primer lugar a ese “hombre misterioso” desde el punto de vista del poeta, del otro yo, del yo exterior, el que realiza las acciones. Pero después el autor deja hablar al hombre misterioso” para que exprese sus razones, pero especialmente sus sensaciones, cómo las capta y como las transmite. Nos lleva de paseo por el sufrimiento de este otro “yo”, que también padece, por qué no, pese a residir en el mundo donde todo es luz o parece serlo.

Al final, como un “canto cruel y macabro”, el hombre que camina hacia su muerte, pese a que trata de no pensar, de no sentir y de convencerse de que ha vivido la vida que deseó, no puede evitar que al final aparezcan las dudas. ¿Vencerán estas después de todo?

Sin duda, Aisthesis. Cantos a la belleza, es una obra que no deja indiferente. Cuanto menos, nos obliga a plantearnos el sentido de nuestra vida, la realidad que percibimos y la que deseamos sentir; las sensaciones que cada pequeño detalle es capaz de transmitirnos y que, posiblemente, antes no hubiéramos detectado.

Al final, el autor deja abiertas decenas de preguntas que el lector no puede evitar realizarse y que, tal vez, nunca sea capaz de responder o, en el mejor de los casos, logre vivir sin esas respuestas, pese a lo cual consiga ser feliz con la única vida que es capaz de vivir.

Con este libro, al menos yo si he podido responder a muchas preguntas que ya antes me hacía y que han encontrado su respuesta entre estas páginas que se prestan a leer con calma, con detenimiento, saboreando cada concepto, cada sensación. Aisthesis. Cantos a la belleza, me ha enseñado a armonizar esas dos realidades, la cierta y la incierta que, como le sucede al poeta, coexistían en mí.

Santiago González-Varas Ibáñez nació en Palencia en 1965. Además de poeta y precursor del “sensacionismo”, es catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Alicante. Licenciado en Derecho por la Universidad de Valladolid, impartió clases en la Universidad de Dresde (Alemania), de la que es Doctor en Derecho al igual que lo es por la Universidad de León. En 2005 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina).

Pero su profesión en el mundo de la enseñanza universitaria, no lo ha apartado de la literatura ni de su vocación poética a través de la que trata de encontrar las claves de la realidad artística, lo que canaliza a través del “sensacionismo” con obras como La búsqueda intelectual de lo trascendente, La imposibilidad de la cultura, El sensacionismo, La segunda realidad o Homenaje a un sonido (Cuadernos del Laberinto).

Además de su obra poética, también ha escrito ensayo.

Me resisto a poner el punto final a esta reseña sin transcribir una cita que obra en la contraportada de este libro y que corresponde a su autor:

“No renunciaré a saber qué hay más allá de los bordes de las cosas”.

Desde luego, yo no lo haré.

 

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