Adiós Berlín – Christopher Isherwood

Adiós Berlín, de Christopher Isherwood. Crónica y descripción de un tiempo en decadencia.

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz.

La novela Adiós Berlín, de Christopher Isherwood, nos relata la vida en esta ciudad entre los años 1930 a 1933. El mismo autor se convierte en protagonista de la historia que se relata y, aunque advierte en el prólogo que el relato no es autobiográfico ni los personajes son totalmente reales, pretende construir una crónica de su tiempo: «soy una cámara con el obturador abierto, totalmente pasiva, que registra sin pensar», nos dice. Lo cual no significa que no tenga su opinión concreta sobre los acontecimientos, pues la mera selección de los instantes que atrapa con su “mirada fotográfica”, implica ya un modo concreto de observar la historia que se narra. No obstante, el autor pretende mirar el entorno como una cámara «totalmente pasiva» en la medida en que nos muestra dicha época lo más objetivamente posible. Y a mi entender lo logra, engarzando perfectamente el relato de las vivencias humanas del protagonista, Cristopher, con la tensión subyacente de los acontecimientos sociopolíticos.

Isherwood nos dirá en el prólogo que el texto es una “breve secuencia un tanto inconexa de diarios y apuntes”. La estructura de Adiós Berlín, con aspecto de diario personal y una trama difusa (en que los personajes aparecen y desaparecen en diversos capítulos sin que ello responda a un criterio argumental, ni siquiera cronológico), nos sitúa ante un relato cuya trama subyace escondida bajo la textura superficial de la narración, lo cual obliga al autor a recomponerla en su mente. Por tales motivos, parece más bien una crónica de la época que una novela al uso. No en vano, se nos ofrece un panorama muy amplio de la sociedad berlinesa y sus habitantes, recomponiendo los hechos cotidianos vividos por los personajes en aquel periodo crucial, anterior a la dominación de Hitler.

El autor utiliza las descripciones de personajes y lugares con gran maestría, mediante pinceladas breves y certeras: «Desde mi ventana, la calle aparece profunda, solemne y sólida. Tiendas en sótanos donde los faroles arden todo el día, bajo la sombra de fachadas con balcones demasiado pesados, sucias fachadas de yeso con volutas y símbolos heráldicos grabados en relieve. Todo el barrio es así: calles que conducen a calles con casas semejantes a cajas fuertes desvencijadas y monumentales atestadas de objetos de valor deslucidos y de muebles de segunda mano de una clase media arruinada».

El libro recorre, de un modo muy gráfico, la geografía urbana berlinesa, mostrándonos los barrios residenciales en los que viven las familias pudientes (como los Landauer), con sus amplias avenidas y parterres, sus palacetes y lugares de recreo, las fiestas bulliciosas y su modo despreocupado de divertirse, los bares y tugurios frecuentados en la noche y, por otra parte, los barrios en que se amalgaman los más pobres (como los Novak), con sus destartalados edificios, sus lúgubres viviendas y húmedas habitaciones, que el texto dibuja con precisión: «La entrada a la Wassertorstrasse era una gran arcada de piedra, un retazo del viejo Berlín, pintarrajeada de hoces y martillos y cruces gamadas y llena de carteles medio arrancados que anunciaban subastas o delitos. Era una calle adoquinada, profunda y sórdida, sembrada de niños desgarbados y gimoteantes. Jóvenes con suéter de lana merodeaban en bicis de carrera y gritaban a chicas que pasaban con cántaros de leche…».

Sin embargo, a pesar de que el periodo que abarca la narración es corto, el Berlín que se nos muestra en las primeras páginas del texto, ese «viejo Berlín», parece aún un lugar idílico en donde las gentes desarrollan un tipo de vida envidiable y feliz. A medida que el autor se adentra en su relato y se aproximan los años cruciales, se nos muestra una sociedad que se va desmoronando, en la cual las clases sociales se diferencian cada vez más y se polarizan, se pierden los valores básicos, aparecen distanciamientos y enemistades irreconciliables, afloran los odios larvados frente a los judíos, se marcan las posturas políticas contrarias, y crece, a causa de lo ideológico, la tensión entre las gentes.

Será a partir de la famosa noche de los cristales rotos, acaecida en octubre de 1930, cuando la tensión política irá en ascenso. En el texto se cita al respecto: «hubo un gran tumulto en la Leipzigerstrasse. «Bandas de matones nazis se manifestaron contra los judíos. Maltrataron a algunos transeúntes de nariz afilada y pelo oscuro, y rompieron los cristales de todos los comercios judíos. El incidente no fue en sí muy notable; no hubo muertos, apenas unos disparos y una veintena de detenciones. Lo recuerdo únicamente porque fue mi primer contacto con la política en Berlín». Eran los primeros indicios de un auge político que a la postre sería imparable.

En el verano siguiente, mientras los invitados bebían y charlaban de política en una lujosa casa de campo, en Berlín había votaciones en que se decidía la continuidad del gobierno de centroderecha de Heinrich Brüning. Aunque el gobierno trató de virar hacia posiciones “nacionalistas” para contrarrestar el auge del partido nazi (nacionalsocialista), Brüning, pronto será cesado por el presidente. Un año y medio más tarde, el 30 de enero de 1933, Adolf Hitler asumió el gobierno.

En el relato se dirá: «A lo lejos, en la ciudad, estaban contando los votos (…). Por mucho que pudiera postergarse la decisión, todo aquel pueblo estaba en última instancia condenado. Aquella noche era el ensayo general de un desastre. La última noche de una época» (223). Más adelante se cita: «el gobierno estaba a salvo (…). Una vez más, el capitalismo se ha salvado”. Sin embargo, hay un tiroteo en la Büllowplatz en la que muere un policía: “Pensé en todos nosotros tumbados en la hierba junto al lago, bebiendo ponche mientras suena el gramófono».

Pero los cambios de la sociedad se suceden indefectiblemente: el odio racial, las amenazas de muerte a los judíos y marginados, los totalitarismos incipientes, el pensamiento único políticamente correcto, los colegiales aleccionados en tales principios, etcétera. Cuestiones que a la gente pudiente le parece al principio un tema trivial, aunque “uno de estos días va a ser lo suficientemente trascendental”, se dirá en el texto.

De la mano del narrador, los personajes dibujan su evolución fugazmente, sus cambios de trayectoria, sus altibajos emocionales, sus rancias costumbres. Unos son austeros y tristes, melancólicos y aburridos que en ocasiones se atreven a ponerse en manos de los psicoanalistas o de amantes que en nada coinciden ni para nada les convienen; otros dicharacheros y alegres, pasan sus noches en los bares y tugurios musicales, duermen fuera las más de las veces y se levantan resacosos… Pero nos dirá el texto «los días de las cosquillas y las palmadas en el trasero han quedado atrás».

Un poco más tarde, en enero de 1933, hubo un boicot a los judíos y la mayoría de ellos tuvieron que marcharse aceleradamente del país. «Llegó Hitler, el Reichstag fue incendiado, y hubo un simulacro de elecciones». Las propiedades judías fueron confiscadas y, quienes no se marcharon a otro país, fueron llevados a campos de concentración.

El narrador insinúa, al ver los combates de boxeo amañados en donde la gente apuesta, se enfervoriza y discute, que «a la gente se le puede hacer creer en cualquier tipo de persona o casa».

En suma, un relato que describe con pericia lo humano y lo social.

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