Verosimilitud, realidad y exageración.

Verosimilitud, realidad y exageración:

(Extracto de la conferencia “Criterios para una lectura experta” dictada por Ramón Sanchis Ferrándiz en el Centro Imaginalia de Alicante el 21 de agosto de 2014, dentro de la programación de El Libro Durmiente).

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“El lector interpreta la partitura que el escritor le regala; en silencio pone música a las palabras, vibra con ellas, se exalta, sueña… Asiste, a solas,  a la representación de una obra escrita, tal vez, hace cientos o miles de años. Retumba en su interior la voz de Aquiles y de Hamlet, de la reina Dido y de Enéas, de Galahad o de Pársifal. En sus tardes se solaza con los pensamientos de Marco Aurelio o de Gothe, cabalga junto al Cid por las tierras castellanas, se codea con Homero y Plutarco, y dialoga con Platón y Sócrates…” (Raysan)

Es el lector el que interpreta lo que dice el escritor, lo recrea en su mente a su modo. Según Vanessa Montfort:

“La realidad no la pone el escritor sino el lector”.

El escritor no está obligado a ceñirse a la realidad, aunque se apoye en ella, porque él fabula, cuenta una historia cuya única exigencia es la verosimilitud. En este sentido, alega Vanessa Montfort que el lector tiene total libertad cuando escribe ficción; el lector es quien debe admitir o no la historia que se le presenta. La verosimilitud tan solo exige dotar a los personajes y al argumento de apariencia de realidad, a fin de que el lector se sumerja en la historia que se narra de un modo entregado y se enamore de ella

“Nos inventamos al otro, pero eso pasa también en el enamoramiento, con nuestra pareja y nuestros hijos”.

Las exageraciones desmedidas nos alejan de la realidad, pero tal como afirma la escritora citada, no es menos cierto que cuando un autor escribe un relato de ficción no tiene por qué ceñirse a la realidad, porque su papel es contar una historia verosímil: Tal vez por ello inicia su maravillosa novela La leyenda de la isla sin voz, con este párrafo:

“…Es posible que al leer algunos episodios, por extraordinarios y desconocidos, os preguntéis cuánto hay de real y cuanto de fábula en éste relato. Me temo que eso sólo podréis respondéroslo desempolvando interminables biografías, contrastando las fechas de los viajes de algunos personajes, pero seguro que después de muchas comprobaciones llegaréis a un territorio de oscuridad: la memoria de aquellos que fueron testigos directos de esta historia y que yacen bajo tierra. Incluso puede que sintáis de pronto un hambre insaciable de imaginación y lleguéis al convencimiento de que lo importante no es si todo lo que aquí narro ocurrió. Sino que podría haber ocurrido”.  (La leyenda de la isla sin voz)

Partiendo incluso de un personaje histórico real, a menudo, se agrandan o deforman ciertas características personales para componer una historia narrativa. Al respecto dirá V. Montfort: “Esos personajes ya pertenecen al escritor, son su versión (…) No obstante, hay un contrato no verbal entre el lector y escritor, y todo depende de la verosimilitud”.

En este sentido, debemos señalar que hay exageraciones intencionadas que pretenden mostrar la crudeza de algunas situaciones o de la miseria humana, de modo que le permiten al autor enfocar de cerca una realidad social que aun no siendo real es verosímil. La exageración actúa entonces tal como la cámara de un reportero de guerra, destacando con su zoom las circunstancias más adversas. Pensemos al respecto en los relatos de Charles Dickens o de  F. Dostoievsky.

Citemos también a Gabriel García Marquez, máximo representante del realismo mágico, pues a partir de un mundo cotidiano y demasiado real, en sus novelas se desvanecen las fronteras entre la realidad y lo fantástico. Valga como ejemplo Cien años de soledad.