Un lugar a donde ir – María Oruña

Reseña realizada por Begoña Curiel:

María Oruña repite con los escenarios como protagonistas. Y cuando son tan bellos y enigmáticos como Cantabria tanto por fuera como por el mundo silencioso de cuevas y ruinas –que hablan tanto como callan–, el resultado es fascinante. Como el cuerpo inerte de «princesa» que Oruña coloca sobre los restos de una construcción circular del medievo para acaparar la atención del lector desde el arranque.

  El equipo de la teniente de la guardia civil Valentina Redondo tendrá que ponerse las pilas cuando en la zona aparecen otros cadáveres posiblemente relacionados con la misteriosa dama. Empieza así el juego propuesto por la autora para que el lector trabaje también, intentando unir el rompecabezas de una trama contada por distintas voces y en diferentes tiempos.

  No terminan aquí los interrogantes de la novela porque añade otra búsqueda: la de Oliver Gordon, el compañero sentimental de Redondo, que perdió la pista de su hermano hace dos años. Entre una y otra investigación tendremos que hacer la maleta para salir de España y viajar a Alemania, Italia y México entre otros puntos.

  Habrá que intuir, sospechar y pararse a pensar aunque en ocasiones María Oruña dará más pistas al lector que a la propia Redondo. Pero le dará la tarea de descartar y/o hilar datos si quiere llegar a conclusiones, antes incluso que el propio equipo investigador.

  Mientras tanto –y eso es lo que más me gusta de esta historia– nos meteremos de lleno en las profundidades de la tierra con mundos tan impresionantes como desconocidos para los que habitualmente caminamos por la superficie. Arqueología, espeleología, geología con sus correspondientes actores son tres de los campos en los que se apoya Oruña para aportarnos información tan relevante como interesante.

  Personalmente, la arqueología es una materia que me cautiva y por tanto, se convierte en un atractivo imán que me ha mantenido pegada a muchas de sus páginas. Lo mismo –supongo– ocurrirá con quienes se sientan atraídos por alguna de estas temáticas. Una buena fórmula para enganchar a posibles lectores de “Un lugar a donde ir”.

  También es cierto que puede producirse el efecto contrario en el caso de que no sean atrayentes para quien haya optado por esta novela. Es un riesgo, pero escribir… es eso también entre otras cosas. En mi caso, ha sido un acierto porque la novela aporta mucha información –y esa es otra de las magias de la lectura– sobre un interesante patrimonio histórico que ha afilado mis dientes y mi curiosidad (adoro cuando descubro algo nuevo con los libros). Es de agradecer el importante trabajo de documentación hecho por la autora en este sentido.

  Por otro lado, también es exhaustiva en lo que se refiere a los detalles de la investigación policial y con ella, la psicología criminal, la labor de los forenses… Pero me satura ya este campo, no tanto por la autora como por el hecho de que, en los últimos tiempos, son muchas las novelas que he leído con investigaciones policiales de fondo, crímenes no resueltos, personalidades inquietantes y detectives varios.

  Es una novela para disfrutar. Con una metáfora por título. Al final los personajes –en la literatura como en la vida–, buscan, sortean caminos y eligen otros con la pertinente carga de riesgo a equivocarse; por la vereda a veces se pierden y dudan, bien en la superficie o a través de las grutas, por muy oscuras que sean… Pero, no queda otra. La segunda elección es quedarse estancado y probablemente, arriesgarse a las consecuencias de no mover ficha.

  Después de “Puerto escondido”, María Oruña confirma que su camino en la escritura sigue adelante, demostrando que busca también un lugar para avanzar en este competitivo mundo de las letras.

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