Solis Curiel, Irene – “Música sin sonido”

Premio Literario del IES “Levante” de Algeciras. Irene Solís Curiel, 2º ESO (14 años)
–Un arpa, dos guitarras, un acordeón, cuatro pianos y un saxofón –le dijo mi padre al comprador, que como siempre no aceptó la oferta. Nadie quería esos instrumentos viejos, por eso llevaban tanto tiempo en mi casa, sin usarse, sin que nadie cercano a mí supiera tocarlos, teniendo que hacer ellos solos su música sin sonido…
  Siempre he vivido rodeado de instrumentos, pero nunca oía una cuerda rebotar contra la madera de una guitarra, o retumbar una nota grave de un piano, ni siquiera el dulce sonido del arpa.
  Todo esto empezó con mi abuelo, un genio de los instrumentos. Sabía darles sonido a la gran mayoría de ellos y los arreglaba con la mayor facilidad del mundo. Yo pasaba la mano por un arpa lentamente y él me decía: «¡Para!» y afinaba la cuerda, «Vuelve a empezar», y así hasta afinarla entera, un trabajo que parece aburrido pero que gracias a mi querido abuelo, no lo era.
  Él falleció hace ya unos años y nos tocó quedarnos con su herencia, ya que lo más preciado para él eran los instrumentos. Sin embargo, mis padres jamás estuvieron de acuerdo con todo el tema de la música y por ello querían deshacerse de todo lo que produjera algún ruido musical, pero no lo conseguían.
  A mí no me dejaban aprender, ni siquiera acercarme a ellos y mucho menos tocarlos, aunque los propios instrumentos me lo pidieran a gritos cuando yo los miraba. Pero mis padres decían que no podía perder el tiempo en la música, y mucho menos convertirme en un fanático como mi abuelo.
  Desde que él murió, apenas había vuelto a escuchar una simple melodía, solo por las calles, por mendigos que tocaban el acordeón para ganar un simple céntimo. Yo me quedaba mirando y oyendo, pero mis padres me cogían de la mano o me empujaban y me sacaban de aquel hermoso sonido…
  En el colegio tampoco se le daba importancia, solo estudiábamos lo teórico. Yo sabía todo acerca de los instrumentos, su aspecto de verlos tanto, y su funcionamiento gracias al colegio y a mi abuelo, del que viene mi nombre, Luis.
  Pasaron los años y con ellos muchas cosas. Al cumplir los 15, mis padres murieron en un accidente de coche. Me dolió, pero no mucho, ya que nunca les tuve mucho aprecio. Fue mi tío el que tuvo que quedarse conmigo.
  El primer día de su llegada él se fue a su nuevo cuarto para empezar a poner sus cosas. Yo me quedé solo en el salón, junto a los instrumentos. Me acerqué despacio al piano más grande, pasé las yemas de los dedos por las teclas y vinieron a mi mente los recuerdos de Luis dándome breves clases. Me senté en el banquillo y empecé a tocar todo lo que recordaba: la escala y canciones infantiles muy simples. Al principio intenté tocar flojo para que no me regañaran, pero luego me di cuenta que mi tío no me había prohibido nada. Me incorporé y abrí la enorme tapa del piano, vi las cuerdas, las que en tiempos remotos había arreglado con un gran genio de la música. Entonces me fijé en unos papeles que había al fondo, los cogí con cuidado de no romper nada y volví a cerrar la tapa. Me dio un vuelco el corazón y los ojos se me empañaron. Eran las partituras de las canciones que mi abuelo había escrito y que antaño me cantaba con todo su cariño. Busqué en los demás instrumentos y encontré muchas más. Inmediatamente, avisé a mi tío que me iba y fui corriendo a apuntarme a algún conservatorio para devolverle la vida a esas hermosas canciones.
  Diez años después hice mi primer concierto como solista, tocando cinco canciones, todas ellas de mi abuelo.
  Así seguí y así pasaron los años. Me convertí en un músico de prestigio, el cual solo tocaba aquellas canciones que encontraba del querido padre de su padre por su vieja casa, en la que ya no vivía su tío.
  Ochenta años y era mi último concierto. El día anterior estuve andando por la casa, al ritmo que podían mis pobres piernas. Entré  en el despacho, me senté en la silla y pasé lentamente la mano por la mesa, llevándome todo el polvo por delante. Abrí el cajón, y encontré todas las partituras que había tocado a lo largo de los años. Abrí el segundo cajón, y había aún más que en el primero. En el tercero, tan solo había dos o tres, las más especiales para mí. Metí la mano en el cajón para cogerlas cuando noté algo al final de él, algo de lo que nunca me había percatado que estuviera allí. Era una cajita pequeña, con más polvo que la mesa. La abrí y encontré un papel doblado, y me volvió a dar el mismo vuelco al corazón que me había dado muchos años atrás. Era una carta de mi abuelo para mí. La leí, y en ella me contaba lo especial que había sido yo para él. En la segunda hoja encontré una nota que decía: “Que disfrutes con esto. Acuérdate de mí cuando le des vida”. Era una canción, escrita solo para mí. Fui hacia un piano que había en esa misma habitación y empecé a resucitarla.
  Al día siguiente el teatro estaba lleno, no quedaba ningún sitio libre. Empecé tocando canciones especiales, a las que más cariño tenía y que por lo visto la gente no se hartaba de escuchar. Cuando anuncié que tocaría la última canción, puse en el atril la partitura que mi abuelo dejó para mí, titulada: “De Luis a Luis”. Empecé, con todo mi amor y cariño. Mientras tocaba, notaba que por fin la voz de mi abuelo volvía a sonar, que la música ya tenía sonido, y era uno muy hermoso. Cuando terminé, hubo un enorme silencio seguido de un enorme aplauso, el más largo que me habían dedicado en la vida. Dos días después, me reencontré con mi abuelo, dando gracias a la música por haber guiado mi vida hasta él.