Signos y símbolos – Vladimir Nabokov

Reseña realizada por Mariesther Nebou:

Nabokov logra a través de breves páginas un cuento brillante, provocador y bello. Una historia cargada de sutileza y multiplicidad de sentidos. “Signos y símbolos” es un relato conmovedor contado de manera objetiva sin caer en el melodrama.

La belleza y el poder de esta historia se transmiten a través de imágenes refinadas y repetitivas, llenas de detalles y motivos. Los hechos que se narran, intrincados y enredados, hacen que su lectura sea también una experiencia de trabajo para el lector.

El relato comienza con una pareja de ancianos que realiza un viaje triste y doloroso para visitar a su hijo en el asilo en el que vive. La historia está narrada casi por completo desde la perspectiva de los padres ancianos que se desplazan en tren y autobús a través del clima inclemente y triste para llegar al lugar donde está recluido su hijo. Todo ello para que, a su llegada, les digan que no van a poder visitarlo. Una enfermera les explica que su hijo había intentado quitarse la vida otra vez. Aunque ahora se encuentra mejor una visita de sus padres podría perturbarlo.

Después de recibir esta noticia y al salir del asilo, se nos describe una imagen de una fuerza tremenda:

“…había un diminuto pájaro medio muerto que se debatía sin plumas e indefenso en un charco tratando de alzar vuelo”.

O en la versión original:

…a tiny unfledged bird was helplessly twitching in a puddle”.

El adjetivo “unfledged” en inglés tiene como traducción literal “incapacidad para volar”. Así pues, su utilización es potentísima. Pues está palabra resume en una metáfora la situación del hijo y también la impotencia de los padres. La incapacidad de hacer frente a la vida; de volar.

Después de este “encuentro” los ancianos retoman su viaje de regreso a casa. El camino estará plagado de signos y señales. Las marcas de la enfermedad en las manos del anciano, el autobús retrasado, el tormentoso clima, las caras familiares del pasado y las llaves extraviadas, todos son malos augurios de un día desdichado.

En todas partes a su alrededor la madre ve signos y símbolos, mientras lucha por dar sentido al mundo que le rodea y el significado que tienen sus observaciones.

En el medio de la historia tenemos una breve entrada en el mundo del hijo. Allí, él vive en continua lucha por darle sentido a todo lo que le rodea y, al mismo tiempo, se asegura de que cada detalle mínimo exista para evaluarlo y juzgarlo, para darle un significado.
A medida que se desenreda la historia, se revela que el hijo está en el asilo por una enfermedad, llamada “manía referencial”, un término inventado descrito por un médico ficticio que hace pensar a un paciente “a quien todo lo que ocurre a su alrededor es una referencia velada a su personalidad y existencia”.

“Para una persona que sufre la manía Referencial,” las piedras, las manchas y hasta el sol forman patrones que representan, de manera horrible, los mensajes que debe interceptar. Todo está cifrado y él es el tema en todo. Nos cuenta el narrador a través del texto.
La inclusión de Nabokov de una enfermedad sintomática por un exceso de análisis evoca la búsqueda que, muchas veces, nosotros los lectores también hacemos. Una búsqueda de significados y simbolismos más profundos en la literatura. No puedo evitar el preguntar entonces: ¿Somos nosotros lectores cuidadosos buscando el significado en un detalle como los sabores de las mermeladas? ¿Sufrimos, de nuestra propia forma literaria, de manía referencial, buscando siempre un signo o un símbolo en todo lo que nos rodea?

En “Signos y Símbolos” me atrevería a decir que el hijo representa la necesidad que tenemos los seres humanos de dar sentido a nuestro entorno. Todos percibimos el universo a través de nuestros filtros propios e individuales, que solo en pocas ocasiones son realmente objetivos. Siempre intentamos relacionar a cada persona que conocemos, cada objeto que encontramos, cada sonido que escuchamos con nuestra composición interna del mundo. Hacemos esto en gran medida de manera inconsciente, interpretamos signos y símbolos a medida que pasamos por la vida.

No somos víctimas de la “manía referencial” como el hijo en la historia, pero su incapacidad para filtrar estos signos pone de relieve, de alguna manera, nuestra propia capacidad para encontrar sentido a la vida. A pesar de su gran intelecto, el hijo es incapaz de regular este filtro básico que mantiene a un ser humano del lado de la cordura.
La historia cuenta también la lucha de los padres para reconciliar su parte de responsabilidad en la locura del hijo, expresada a través de la reexaminación de antiguas fotografías y reflexiones de la madre sobre su vida anterior en Rusia. El viaje para huir de la represión nazi, la injusticia que perciben de su deterioro en América, la impotencia de confiar en los familiares por dinero, (Isaac el hermano rico), y la esperanza de que ella y su esposo puedan traerlo a casa desde el asilo y cuidar de él. Todos estos pensamientos y sentimientos crecen y se enredan a lo largo del relato. El “clímax” de la historia llega cuando la pareja de ancianos, después de decidir el regreso a casa del hijo, recibe tres llamadas telefónicas a mitad de la noche.

El lector es “sacudido” por el temor junto a los ancianos al escuchar el timbre del teléfono. Sentimos la incertidumbre al responderlo, y el alivio y la euforia resultante cuando es un número equivocado, no una sino dos veces. Y luego el teléfono suena de nuevo.
“Mientras ella le servía otro vaso de té, se puso las gafas y reexaminó con placer las pequeñas jarras luminosas de color amarillo, verde y rojo. Sus labios torpes y húmedos deletreaban sus etiquetas elocuentes: albaricoque, uva, ciruelas claudias, membrillo. Había llegado a la manzana cuando el teléfono volvió a sonar”. (
Signos y Simbolos- Nabokov)

Gran parte del poder de la historia se deriva de la ambigüedad de su final. ¿La llamada final es otro número equivocado, o es una llamada que confirma lo que más temen, que su hijo se ha suicidado? El autor deja la historia sin resolver y el relato se interrumpe allí.

Nunca sabremos si la tercera llamada es otro número equivocado o si es el asilo que los llama para decirles que su hijo acabo con su vida. Pero esto aquí ya es irrelevante. Ya sea el número equivocado o el sanatorio, la pareja ha filtrado las señales. Su realidad es que su hijo o bien está muerto, y eso traerá consigo un alivio mezclado con pena, o su hijo está vivo, y eso traerá también dolor mezclado con alivio.

Por otro lado, si el hijo está vivo y lo llevan a casa de regreso con ellos, eso significaría vivir en un estado constante de estrés y preocupación, y esto crearía también dolor.
En cualquier caso, los resultados son idénticos en emoción: estrés, preocupación y dolor mezclado con alivio. Entonces, ya sea que el hijo viva o muera, las percepciones son las mismas. Todos los signos nos conducen al mismo lugar.

Es con este desenlace que para mí Signos y símbolos se convierte en un relato perfecto, pues, a pesar de sus imágenes intrincadas y su sensibilidad intensa, el resultado final parece resumirse en algo simple y evidente: el dolor. Solo uno, único, insoportable y trágico.

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