Salas, Mariángeles – “Niebla”

Que el tiempo transcurre y no hay manera de volver atrás, es un hecho demostrable; que podría decir, de manera más solemne, que el tiempo avanza de manera inexorable y no hay nada que podamos hacer para modificar su curso, también. Pero lo diga como lo diga, el tiempo, por desgracia, hará garabatos en mi piel y en mis neuronas.

Rufo, mi gato, pura sensibilidad felina, acaba de saltar al sofá porque me ha oído suspirar, y lo comprendo, también yo me he sobresaltado. Dicen los entendidos que los suspiros son señales emocionales, pero, hoy, ni estoy enamorada, ni triste, ni tengo ansiedad.

Quizá el motivo sea ese reto constante con el tiempo. Ese batirme en duelo con las lunas y los soles, y recordar, sin querer hacerlo, todo lo que he ido tirando a lo largo del tiempo, a lo largo del puente, de mi puente… Un puente tejido con hilo de estrellas que aparece en la esfera celeste en forma de constelación, y se une al llanto inconsolable del recién nacido para acompañarle desde que nace hasta el final de sus días.

He arrojado muchas cosas por ese puente; lo confieso. Unas, me hacían daño, otras, no me dejaban avanzar, y quizá las más queridas fueron abandonadas por no empuñar la espada a tiempo.

Pero, hoy, es un día diferente a los demás. Y no porque me vaya de viaje ni porque me haya encontrado un cofre de tesoros en la playa; no, por eso, no.

Tampoco porque haya perdido flexibilidad, ni siquiera porque mi risa, antes fuera borracha y contagiosa, y ahora en cambio es tan marchita como un seco rosal. No, no es por eso.

Hoy es un día distinto porque alguien, a quien hace seis años envié un mensaje agradeciéndole los consejos dados a través de su experiencia y libros publicados, me ha respondido. Seis largos años, en los que gracias, sobre todo a un libro: “Cómo escribir una novela” de Silvia A. Kohan, un hada con ojos de alma, pude vivir no solo mi vida sino la que yo misma escribí para otros muchos personajes que pasaron por mi cabeza y también por mi corazón; porque a todos se les termina queriendo aunque tengan cuerpos de trapo y mariposas por corazones.

Casualidades del destino; no sé. Que quizá Hermes, ese dios mensajero, ese dios del ingenio, de los literatos y poetas, haya querido jugar con el espacio-tiempo, me gustaría creerlo. Pero lo cierto es que aquellos párrafos llenos de admiración y cariño que escribí en su momento, se habían traspapelado entre los cientos que recibe, a la que yo consideré entonces, y sigo considerándola todavía, madrina de mis primeros pasos literarios.

Y sin poder evitarlo, al leer sus cariñosas palabras, me he vuelto a sentir volcán, y de mis adentros, envueltos en humo, llamas y materias encendidas, han salido palabras, muchas, muchísimas palabras que hacía tiempo caminaban por terrenos secos y arenosos, y estas han formado cientos de arroyos encendidos de pasión, entre el negro de la tinta y el inmaculado blanco del papel. Como entonces; igual que entonces…

Durante esos años fui capaz de construir un barco grande y seguro. Un barco lleno de palabras e ideas que emergían por cubierta salpicándome de felicidad. Con él surqué por aguas transparentes y turquesas, por otras verdes y azuladas, hasta incluso navegué sobre miles de negros velos. Y la fortuna, entonces, fue generosa, y mi hogar se llenó de triunfos en forma de caracolas, de caballitos de mar, de exóticos corales, y hasta de preciadas ostras. Olía a mar, todo era mar; y eso me gustaba.

Pero llegó un otoño, y tuve que atracar ese maravilloso barco, amarrando con fuerza los cabos a las cornamusas, y me despedí de él con gran tristeza y desasosiego. No estaría expuesto a las tormentas, pero tampoco navegaría ya con su patrón. Un inmenso y denso banco de niebla fue el culpable de llevarlo a tierra.

Ya no volví a escuchar el canto de los grillos desde las nubes, ni vi al ruiseñor vestido de sedas, tampoco a los blancos y alados caballos sobre la nieve, ni a las sílfides sobre las caléndulas. Solo un inmenso y vacío papel en blanco. Un blanco que se negaba a mezclarse con ningún color. Que aullaba, como lobo en la estepa, cada vez que me acercaba. Y no desenvainé la espada. Me dejé llevar como un salmón que no quiere remontar la corriente.

Pero hoy, aquel tiempo lejano, ha regresado a mi vida convertido en volutas de humo. Se ha abrazado a las cortinas del salón con gesto emocionado, ha besado sus paredes, se ha  estirado en el sofá como gato panza arriba y, con su sola presencia, ha sido capaz de sacudirme como a una estera, logrando lo que yo creía imposible: volver a enfrentarme con mis ansías, con mis miedos también, con las mil historias que guardo bajo los poros de la piel.

Volveré a navegar sin rumbo fijo por ese mar que a mi vida regresa; y no volveré a temerte nunca más, odiosa niebla. Sé que hay muchos personajes dentro de mí que, con su fuerza, impedirán que vuelvas a sellar lo que siempre consideré como un don, la creatividad.

Seguiré avanzando sobre el puente, esta vez con paso decidido. Se acabaron los balances. Ahora me volveré a sentir como una diosa que, con dos frases, puede arrebatar la vida o bien resucitar de la muerte.

Rufo me mira y bosteza. Intuye que me he reconciliado con mi mundo, con ese que todos tenemos en nuestro interior y, nadie, salvo uno mismo, conoce. Sí, compañero, lo he conseguido, y todo gracias al mensaje de una mujer que trajo entre sus manos la llave que dejé olvidada entre la niebla, y con la que me volveré a asomar al futuro, a ese futuro que tanto amo, a ese que lleva teñido en su alma, el negro de la tinta y el blanco inmaculado de la hoja.