Rayuela – Julio Cortázar

Reseña realizada por Tati Jurado.

En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedrita sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas y un día se aprende  a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo, lo malo es que justamente a esta altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación del otro Cielo al que también hay que aprender a llegar.”

Y así comienza esa búsqueda infatigable de respuestas que garanticen algo así como el equilibrio. Una suerte de manto de agua calma que refleja, tal un espejo, un cielo despejado en el que solo basta atreverse a zambullirse para descubrir otro arenal de preguntas que nos condenan a una interminable búsqueda.

Una búsqueda que Julio Cortázar (1914-1984), con la complicidad del lector, supo mostrar que no desentrañar en sus obras. Y ese es precisamente el ingrediente que más cautiva al leerlo. Ni en sus cuentos, como Bestiario (1951) o Todos los fuegos el fuego (1966) ni en sus novelas, 62 Modelo para armar (1966) o la emblemática Rayuela (1963) Cortázar habla de lo absoluto. Siempre hay puertas y más puertas a la disposición del lector para que este elija por cual entrar. Una elección presentada como un paquete de regalo con su lacito y todo. Uno que basta abrir para encontrarse con un nuevo interrogante. Ese que siempre termina confirmando lo absurdo de apalancarse en certezas y la necesidad vital de encontrar el sentido de la vida.

Eso es Rayuela, un camino sin retorno. Una invitación a empaparse, a someterse a los grandes interrogantes  para aventurarse a romper con lo establecido, a probar otros caminos. Un desafío, puede alcanzar a pensar algún lector al encontrarse  en la primera página de la novela con unas instrucciones para leerla. Un gran desconcierto, afirmarán otros al descubrir como Cortázar inventa un lenguaje, juega con la ortografía o modifica los párrafos. Pero basta avanzar o retroceder por las páginas, según la disposición de Cortázar, para entender que además de forzar los límites de la narrativa  reclama la participación del lector con la clara intención de que éste no solo tenga la opción de elegir como leerla sino que sobre todo se identifique con los personajes. Con esos amigos que conforman el Club de la Serpiente y comparten esa necesidad de salirse del cuadro, esa obsesión de buscar el centro, de alcanzar esa respuesta definitiva que resuelva el quid de la existencia. Con Oliveira, el protagonista, ese hombre argentino, intelectual, enceguecido en la búsqueda de entender ese recorrido existencial por el que transita y siente que se le escurre entre los dedos.  Con la Maga, esa mujer uruguaya deslumbrada a la vez que acomplejada por el intelectualismo de sus compañeros sin saberse poseedora de esa lucidez que los otros ansían a través de la lógica y la palabra. O con Traveler y Talita, espejo de una relación para Oliveira de lo que pudo ser y no fue.

Una historia desgarradora de amor, un debate existencial, un laberinto sórdido que siempre nos devuelve al principio. Una obra imprescindible que con una maestría admirable nos arrima a una sola certeza: la única herramienta para desplazarse por este recorrido existencial que es la vida es la pregunta.