Ojos azules – Toni Morrisson

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz.

La historia que se narra en Ojos azules se desarrolla en una pequeña población del estado norteamericano de Ohio, en la época en que comenzó la Segunda Guerra Mundial. Pecola Breedlove, la protagonista, es una niña de color, de unos once años, inocente e ingenua, pobre y fea, que anhela tener los ojos azules para sentirse bella y admirada, tal como Shirley Temple. Para ello recurrirá a un personaje extraño, Shoaped Church, extraño santón y curandero, quien le hará creer que sus ojos se han tornado azules.

Pecola pertenece a una familia desestructurada que ha de enfrentarse a todo tipo de adversidades. Los Breedlove viven en la parte delantera de un almacén «porque eran pobres y negros, y se quedaron allí porque se creían feos. Aunque su pobreza era tradicional y embrutecedora, no era única. Pero su fealdad sí era única. Nadie les había convencido de que no eran inexorable y agresivamente feos». La fealdad del padre, Choly Breedlove, dependía de su comportamiento, sin embargo, «el resto de la familia —la señora Breedlove, Sammy Breedlove y Pecola Breedlove— llevaba su fealdad, por decirlo así, puesta, aunque no les pertenecía». Sin embargo, Pecola admite resignada que «mientras ella tuviese la apariencia que tenía, mientras fuese fea, debería quedarse junta a aquellas personas. En cierto sentido les pertenecía».

El padre, es un borracho que a menudo maltrata y golpea a su mujer; ya no le bastan las palabras sino los puños y, las vejaciones suben de tono, día a día. En el texto se dirá, incluso, que los altercados «aligeraban el aburrimiento de la pobreza, introducían esplendor en las míseras habitaciones». Para la señora Breedlove, las disputas, dejan alguna huella en una vida miserable y anodina y, aunque rutinarias, sirven para rompen la rutina. Mientras tanto, Pecola, que los escucha desde su cama, tapada con su colcha y a punto de vomitar, se repite: «Por favor, Dios mío —susurró en la palma de la mano—. Por favor, hazme desaparecer». Acto seguido, cerrando los ojos, Pecola quiere difuminarse, porque ella no puede irse de aquella casa, como ha hecho su hermano Sammy varias veces, sea por su condición de niña o por su edad. Y sueña con tener los ojos azules, porque se siente fea y cree que, si fuera bella, sus padres serían felices y no discutirían más, aunque simbólicamente, tal vez el texto quiera expresar que si Pecola tuviera los ojos azules podría ver la vida con otro color.

Tras quemar la propia casa, Cholly, el padre fuerza a su familia a la indigencia. Su esposa, Pauline, se verá obligada a residir en casa de la mujer a la que sirve; el hijo, Sammy, se irá a vivir con otra familia fuera de la ciudad, y Pecola, abandonada por su madre, será acogida en la casa de sus primas, Claudia y Frieda. Ellas, revolotearán en torno a Pecola, compartiendo como amigas sus alegrías y desventuras. De hecho, es la prima Claudia quien narra la historia, en un tono sensible, aunque descarnado y directo. Ella nos contará la irremisible caída de Pecola tras la violación del padre, la pérdida del prematuro bebé y su locura. Cholly, que «se había catapultado a sí mismo más allá del alcance del respeto humano», acabará finalmente en la cárcel.

«Estar en la calle, lo sabíamos, era la cosa más horrible del mundo. La amenaza de encontrase en la calle asomaba frecuentemente por aquellas fechas. Con ella se cercenaba cualquier posible exceso. Si alguien comía demasiado, podría terminar en la calle. Si alguien gastaba mucho carbón, podría terminar en la calle. Ciertas personas jugaban hasta quedarse en la calle, bebían hasta quedarse en la calle». Y el texto dirá también, en clara alusión a la desidia del padre al quemar su propia vivienda: «…Pero ser lo bastante negligente como para arrojarse uno mismo a la calle, o lo bastante cruel como para arrojar a alguien de tu propio linaje, eso era criminal»,

Pecola, que siente el peso de su negritud, sufrirá agresiones sexuales, la indiferencia de los suyos, la discriminación racial de los blancos, el abandono, el dolor y la escasez, la soledad y frustración. De hecho, el texto comienza con una declaración contundente:

Aunque nadie diga nada, no hubo caléndulas en aquel otoño de 1941. Creíamos entonces que si las caléndulas no habían crecido era debido a que Pecola iba a tener el hijo de su padre».

Claudia y Frieda han plantado caléndulas que no germinan y con su mentalidad de niñas, relacionan este hecho con la ilícita y escandalosa violación de Pecola. Ellas imitan la forma de hablar de los adultos en el porche, tal como si asistiéramos al susurro chismoso de las lenguas que propagan de boca a oído, con falsa indiferencia, una noticia grave para sus convecinos. La autora, Toni Morrisson explicará en su epílogo (escrito veinticinco años después de publicarse este libro) que la primera frase «Aunque nadie diga nada, no hubo caléndulas en aquel otoño de 1941» hace referencia a «la conexión entre una desestabilización sin importancia de la flora estacional y la insignificante destrucción de una chiquilla negra» que a nadie importa. Sin embargo, todo guarda relación, narrará Claudia: «habíamos dejado caer nuestras semillas en nuestra parcelita de tierra negra exactamente igual que el padre de Pecola depositó su simiente en su propia parcela de tierra negra. Nuestra inocencia y nuestra fe no resultaron más productivas que su lascivia y desesperación».

El relato describe, con magistral minuciosidad, las actitudes racistas de quienes rodean a esas niñas insignificantes que a nadie importan, esa aversión silenciosa, ese vacío que se crea en derredor de ellas y que, a pesar de sus edades, no les pasa desapercibido. Tal es el caso del inmigrante Yacobowsky, que regenta una pequeña tienda de golosinas en la calle Garden. En el texto se nos muestra en detalle el modo de actuar y sentir del tendero cuando atiende a Pecola, su imposibilidad para «ver a la niña», como si fuera un objeto que no concibe en su mente: «En algún punto fijo en el tiempo y el espacio él intuye que no necesita desperdiciar el esfuerzo de una mirada. No ve a Pecola, porque para él no hay nada que ver». Por otra parte, la niña observa distante sus actos: «ella le mira y no ve nada donde debería haber curiosidad. Y algo más. La ausencia total de reconocimiento humano, como un vidrio separador».

Sin embargo, esta no es una sensación nueva para Pecola: «…ella ha visto interés, desagrado, incluso ira, en ojos de hombres adultos»; aunque en ese vacío «…muy en el fondo, subyace la aversión. Ella la ha adivinado al acecho en los ojos de todas las personas blancas. Eso es. La aversión debe ser hacia ella, hacia su negrura». Pecola percibe esa sensación, la cual vincula con su color de piel, y acaso, con su fealdad. Incluso, cuando saca los tres centavos que guarda en el zapato para pagar las golosinas, se dice en el relato que «ella, por su parte, le tiende el dinero. Él titubea porque no quiere tocar su mano», lo cual aturde a la niña, que siendo consciente de esa aversión, no sabe cómo darle las monedas sin rozarlo.

Pecola, representa la insatisfacción de sentirse fea y excluida en todos los sentidos, la legítima aspiración a la belleza que no tiene ni percibe a su alrededor, la necesidad de entender «lo que el mundo consideraba adorable». Todo está contra ella: la violencia y la agresividad, la pobreza, el desamor, lo cual provoca la pérdida temprana de su inocencia y la precipita hacia la locura.

Ojos azules refleja el punto de vista de estas niñas de color con respecto al entorno que les rodea: el mundo de los blancos, de los adultos, de los ricos, el callejón sin salida de muchas familias de color y de negritos, excluidas de trabajos que no sean serviles y del acceso a los recursos básicos… Muestra también las sensaciones de las mujeres frente a un mundo hecho por y para el hombre, sus miedos y esperanzas, sus amarguras y resentimientos (las de Paulina, la bella Mauren Peal, la tía Jimmy, Geraldine, las tres prostitutas que viven arriba de su casa, etcétera). Y sobre todo, la presente novela expone el complejo de inferioridad de la raza negra, que adopta de entrada la cultura y los estereotipos de los blancos (su ideal de belleza y comportamiento, recibidos a través de las muñecas, del cine y del contacto interracial); la sensación de marginalidad a causa de su pobreza y su negrura, y en consecuencia, la impotencia de no poder alcanzar una vida digna.

Esta es, en suma, una novela de lectura atrayente, con una prosa bella, imágenes delicadas y reflexiones profundas, con personajes impactantes que no dejan indiferente al lector. Supone un acierto la elección de narrador, puesto que salvo algunos pasajes en que se recurre a un narrador omnisciente, al contar la historia desde el punto de vista de una niña, Claudia, nos aporta un punto de vista enriquecedor, con un lenguaje fresco, inocente y turbador, a la par que no se emiten juicios morales sobre lo que ocurres. Tan solo anotar en su contra que pese a la profundidad de los hechos que se relatan, tal vez adopta un tono demasiado distante y objetivo. Por otra parte, presenta una trama difícil de seguir, por lo cual resulta un tanto espesa y compleja ante una primera lectura.

Sin duda, un texto para releer varias veces degustando la profundidad de sus personajes y su esmerada narración.

The Bluest Eyes. Ojos Azules. Toni Morrison. Estados Unidos, publicación original 1970. Editorial: Arrow. 176 páginas.

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