Nosotros los de entonces – Marta Rivera de la Cruz

Reseña realizada por Begoña Curiel:

Un canto a esa amistad que no se cuida sola y confirma las segundas oportunidades que da la vida aunque las esquivemos por miedo y vergüenza entre distintos motivos.  Eso es “Nosotros, los de entonces”. Una historia donde muchos podremos sentirnos identificados aunque la evolución de nuestras amistades particulares se desarrolle en otros contextos.

  En este caso se llaman Jorge, Valva, Lourdes, Cecilia, Roberto y Mauro. El primero de ellos les convoca a un encuentro en el hotel rural que regenta Valva, tras doce años sin verse juntos desde que se conocieron estudiando Bellas Artes. Marta Rivera de la Cruz escoge un encantador enclave de la Provenza francesa que contrasta con los balances no tan idílicos del camino seguido por cada uno de los protagonistas.

  Es un libro sencillo y entretenido. Los diálogos generosos contribuyen al ritmo ágil de la novela. No hay grandes pretensiones literarias en esta obra que se presenta previsible. Desde el principio imaginamos que nada es lo que parece porque los allí presentes cargan en sus maletas tanto cariño como rencores acumulados. La reunión de cuarenta y ocho horas pondrá el ventilador en marcha para cruzar reproches nunca expresados por mucho que el escenario físico de la historia sea tan pastoril como el concepto de la amistad verdadera. Para aderezar el marco incomparable, la autora nos deleita con paseos por el entorno y recetas de chef de alta cocina.

  Todos tienen que callar y aunque se resisten, explotarán bombas emocionales –muchas cómo no, basadas en secretos inconfesables de cama– desde la frustración que procuran los sueños no cumplidos y los balances descompensados que marcan la suma de trayectorias laborales y personales.

  En este caso la batalla no es tan real como la vida misma porque al final es difícil que triunfe el consenso, las ganas y el esfuerzo de mantener lo exquisito de la amistad cuando estaba en pleno apogeo. Las distancias, los diferentes contextos familiares y la particular forma que cada uno tiene de asumir el paso del tiempo hacen todo más complicado. No obstante comparto el mensaje final de Marta Rivera de la Cruz: es posible mantener y reavivar la esencia de lo auténtico si se le pone empeño. Mucho empeño. Pero nos hacemos vagos, cómodos, ponemos e inventamos excusas para no currarnos la amistad. Me refiero por supuesto, a la buena, la auténtica, porque en nuestro mundo (¿sociedad?) se cultiva un hábito tan generalizado como desafortunado (un error garrafal) que nos hace confundir a los conocidos y colegas de cañas con los amigos que valen tanto como cada una de las letras que componen la palabra. Esos a los que no tienes que llamar porque estaban ahí antes de ser convocados. Justo ahora, cuando más nos une la tecnología, más superficiales se tornan las relaciones. Las pantallas se han convertido ya en los engañosos sustitutos del necesario cara a cara que vamos aplazando a diario sin ser conscientes de las consecuencias.

  Aunque no me identifico personalmente con el ambiente aburguesado y sibarita de esta cuadrilla (aunque hay excepciones en el grupo) me quedo con ese mensaje: los frutos no llegan solos, la amistad y la lealtad es un joya que pervive siempre que se mime. Para conseguirlo hay que dejar de utilizar las manidas frases de: “ya nos veremos, algún día quedamos, hasta la próxima, estoy muy ocupado, tengo problemas, nos llamamos” y todo el variado abanico que nos hace dejarlo todo para mañana mientras los años pasan. Que el ritmo frenético en el que nos escudamos siempre para no concretar una quedada de las buenas, no nos agüe la fiesta de la buena amistad que merece la pena conservar. Todo da vueltas y al final, lo que tendremos tendrá mucho que ver con los granitos de arena hayamos puesto o no en el camino en el que nos encontramos.

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