Montero, Carla – Entrevista

Carla Montero. Madrid, 1973. Licenciada en Derecho y  diplomada en Dirección de Empresas.

  Obtuvo el Premio de Novela Círculo de Lectores en 2009 con “Una dama en juego”, que marcó el inicio de una carrera literaria donde suma otras cuatro novelas. La última publicada es “El invierno en tu rostro”.

  El yoga, la cocina y los viajes son sus aficiones favoritas aunque a veces se conviertan en lujos por falta de tiempo tal y como señala la propia Carla Montero en su blog.

Entrevista realizada por Begoña Curiel para ELD.

–Le gustaba escribir desde joven pero, ¿era realmente su sueño, uno de los objetivos primordiales en su vida?

No, lo cierto es que de pequeña no soñaba con ser escritora, ni siquiera me lo planteaba. En mis comienzos, cuando escribí mi primera novela seria, para mí escribir era un ejercicio tremendamente íntimo, no tenía la intención de que nadie leyera lo que había escrito. Publicar llegó después y de manera fortuita.

–Muchos escritores aseguran que sin disciplina el talento no es garantía de éxito. ¿Qué pesa más para Carla Montero? ¿Qué porcentaje pondría para cada uno de estos factores?

Coincido con esa mayoría. Por mucho talento que se tenga, sin disciplina ni trabajo dudo de que se llegue muy lejos. El talento es esa magia que inicia la obra y que la redondea, pero sin disciplina la obra nunca llegará a buen puerto. En mi opinión un buen porcentaje estaría en torno al 75% de disciplina y 25% de talento.

–La admiré mucho más cuando supe que tiene ¡cuatro hijos! Supongo que no le queda más remedio que aprovechar el tiempo que le queda. ¿Cómo se compagina esto con la inspiración?

Lo cierto es que como madre de familia numerosa me siento una privilegiada. Si exceptuamos las épocas de promoción, que sí conllevan viajes y agenda, mi trabajo no tiene un horario establecido, ni supone una obligación semanal, de modo que me puedo administrar el tiempo que le dedico para hacerlo compatible con mi familia. Claro que esto a veces es un arma de doble filo porque el tiempo que te exige una familia –y más si es numerosa- puede expandirse hasta el infinito, así que es necesario poner límites y autodisciplinarse.

–“La tabla esmeralda” fue la primera novela que leí de Carla Montero. Me quedé maravillada. ¿Los lectores somos un poquito crueles porque siempre esperamos más para la siguiente obra de un autor que admiramos? ¿Cómo lleva ese reto?

Sí, efectivamente es un reto y no me resulta nada fácil lidiar con ello. Quizá por esos comienzos de literatura íntima, como decía antes, cuando lo que escribía era sólo para mí. Ahora, puedo entender a los lectores y sus expectativas, a mí me sucede como lectora. Pero el oficio creador es muy traicionero, tiene esa parte de magia que nunca se está seguro de poder volver a invocar y eso me causa no poca zozobra.

Mi única receta es intentar abstraerme de ello en la medida de lo posible y enfrentarme a la página en blanco sin condicionantes. Claro que del dicho al hecho…

–Supongo que no es casualidad que las portadas de sus novelas tengan siempre a una mujer como centro.

No, no lo es. En primer lugar porque las mujeres son las grandes protagonistas de mis historias. Pero también porque hay una línea de diseño fomentada desde la editorial como distintivo de mis novelas y de mí misma como autora.

–Es casi un clásico preguntar a un escritor qué lee y sabemos que seleccionar es difícil. Nos gustaría que eligiera un libro según este baremo:

el que más le hizo llorar

Suite francesa, de Irène Némirovsky

el libro que le cortó la respiración

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

la novela que recomendaría a un adolescente que aún no se ha enganchado a la lectura

La clave está en Rebecca, de Ken Follet

la lectura con la que soltó carcajadas

El príncipe destronado, de Miguel Delibes

la que más veces ha recomendado a lo largo de su vida

Rebecca, de Dafne du Maurier

la que hizo que se enamorase de un autor

No soy mujer de un solo autor, me he enamorado de varios pero soy incapaz de señalar uno en concreto. Eso sí, puedo señalar un desengaño amoroso: me enamoré de Salinger en El guardián entre el centeno, con la mala fortuna de que sólo escribió esa novela y algunos relatos, así que fue una relación corta.

la que más le costó y por qué motivos

Muchas de las que me obligaban a leer en el colegio, quizá por ser demasiado pronto para abordar lecturas de ese tipo, quizá por el mero hecho de ser obligadas.

–¿Cómo valoraría la calidad de lo que se escribe hoy en España?

En general me parece que se hace muy buena literatura y prueba de ello es que muchos autores traspasamos nuestras fronteras. Además, creo que en los últimos tiempos se ha dado a las historias un giro más comercial –aunque algunos se empeñen en dotar a este término de un sentido despectivo- en la línea de la literatura anglosajona, que no va en detrimento de la calidad de las buenas obras que en este país siempre se han producido.

–En otras entrevistas dice que el proceso de investigación y documentación es uno de los más interesantes. ¿Se siente vértigo del bueno o del malo cuando hay material de sobra y hay que convertirlo en una historia?

Más que vértigo yo lo llamaría ansiedad, ambición por querer contar todo lo que se descubre. En cualquier caso, me parece bueno, siempre es mejor que sobre material que no que falte; en ocasiones, he recuperado antiguos hallazgos para nuevas historias.

–Hay escritores que consideran que lo son cuando ven publicada su primera obra, otros cuando tienen una o más en el cajón esperando, algunos no llegan a creérselo aunque tengan varias obras en el mercado, muchos, solo cuando pueden llegar a vivir de la escritura. ¿Cuál es su definición de escritor? ¿Sin reconocimiento de los lectores y por tanto, un determinado número de ventas, es posible llamarse escritor?

Se han escrito ríos de tinta con respecto a esta cuestión y no creo que se haya dado con una fórmula definitiva que defina al escritor. Pero si me tengo que mojar, en mi opinión ser escritor no es un título que uno pueda autoimponerse, uno es escritor desde el momento en que otros lo definen como tal.

–El amor, el arte, un contexto histórico real…, ¿siempre estarán en sus obras? ¿Se siente cómoda con esta temática o simplemente le gustan, o ambas cosas?

De momento sí, es una temática que me gusta y que por tanto me hace sentirme cómoda. Se trata de escribir lo que me gustaría leer, y ese es el tipo de historias que más disfruto.

–Incluso aunque no estuviera en sus planes de forma concreta, ¿le gustaría escribir algún día sobre algún personaje de la historia que le cautive o intrigue de manera especial?

Bueno, en cierto modo ya lo he hecho aunque no de manera biográfica. Por ejemplo, en mi última novela, El invierno en tu rostro, hablo del almirante Wilhelm Canaris, el jefe de la Abwher durante la Alemania nazi. Este es un caso, pero hay muchos otros personajes históricos que de un modo directo o indirecto aparecen en mis novelas. Así que no sería raro que un día diese el salto a escribir una biografía novelada si es que aparece el personaje que me seduce lo suficiente como para hacerlo.

–Cuando está inmersa en la escritura de una novela, ¿es de las que sueña o habla con los personajes que está creando, se meten en su rutina diaria o es capaz de abstraerse de la historia que tiene entre manos?

No, mis personajes no suelen salir de la pantalla; ni de la del ordenador, ni de la de mi imaginación. No establezco diálogo con ellos, no conviven conmigo fuera de las horas de trabajo; simplemente los manejo como a las fichas de un juego –aunque a veces juegan ellos conmigo- o los observo cómo se desenvuelven.

–Las nuevas tecnologías con las redes sociales y la autopublicación han sido y son un nuevo mundo para abrirse puertas. ¿Cómo ha repercutido este hecho en la literatura? ¿Cree que ha sido a costa de la calidad de los contenidos?

La autopublicación y la promoción a través de redes sociales suponen una plataforma para darse a conocer que en ningún modo puede ser perjudicial para la literatura desde el momento en que contribuye a enriquecerla con más oferta. Ahora bien, no hay que olvidar que a esas plataformas les falta el filtro del editor, que sin ser infalible, al menos garantiza que un experto en libros, literatura y tendencias de lectura ha decido que merece la pena invertir en una determinada obra. Por lo demás, el lector es libre de escoger entre un mayor número de contenidos.

–¿Cómo influye el hecho de ser escritor a la hora de hacer análisis y crítica de la lectura de un libro?

Yo siempre digo que el crítico final ha de ser el lector, como destinatario último del libro. Sin embargo es cierto que los escritores aúnan la doble faceta de autores y lectores: saben de la génesis del libro, del trabajo que hay detrás, de lo que supone construir una trama y crear unos personajes, del oficio en definitiva. Pero al final, una historia es mucho más que técnica y oficio, tiene que tener la capacidad de enamorar, de trastocar las emociones del lector; y eso, sólo el lector puede valorarlo.

–¿Recuerda la primera entrevista que le hicieron como escritora? ¿Cuáles eran sus sensaciones entonces y cómo se siente ahora que tiene un público tan amplio?

Sí, ¡recuerdo que estaba muy nerviosa! Y probablemente diría muchas cosas raras. Hoy me tomo las entrevistas con más naturalidad (aunque seguro que sigo diciendo cosas raras a veces) y después de llevar ya muchas dadas, he llegado a la conclusión de que lo mejor es mostrarse como uno es, sin imposturas.

–¿Le dieron algún consejo relacionado con la escritura que todavía agradece?

Pues lo cierto es que he estado pensando un buen rato esta pregunta y no me ha venido ninguno a la cabeza. Como no creo que algo tan importante se me hubiera olvidado, lo más seguro es que nunca nadie me diera ninguno; más allá de no abusar de anteposición de adjetivos al nombre como defecto de quien ha leído mucha literatura anglosajona.

–¿Cuál sería el suyo para quien comienza?

Ser el peor crítico de uno mismo. Sobre todo al principio, los escritores, a quienes ya de por sí se nos acusa de tener un ego demasiado grande, solemos caer en la autocomplacencia y es importante no olvidar que siempre se puede dar una vuelta de tuerca a la palabra, la frase, el personaje, la historia… para mejorar.

¡Ah! Y menos es más. Las primeras novelas suelen pecar de exceso sintáctico y semántico. Una literatura de calidad es una literatura limpia y no por ello menos expresiva. Ya no estamos en el Siglo de Oro.

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