¡Mírame, tonto! – Mariola Cubells

 

 

 

 

Reseña realizada por Begoña Benito:

¿Debemos sorprendernos por lo que nos cuenta Mariola en el libro? Sí, todos sabemos que una masa de gente importante, constituida en audiencia fiel, sigue la programación más cuestionada en el libro. Para ellos no se ha escrito pues, aunque a muchos de ellos no se les pase que muchas de las cosas que ven tienen truco, el espectáculo está por encima de la verdad. Es difícil pensar en la posibilidad de que el libro pueda conseguir la conversión de algún televidente, por lo que, la demostración de las miserias de algunos programas de la televisión sólo vendrá a confirmar la actitud crítica de quienes ya lo eran antes de su lectura. Aún con todo, una cosa es intuir que las cloacas de la programación televisiva deben apestar y otra  es conocer con detalle cómo es ese mundo en realidad. Al margen de valoraciones sobre su calidad literaria, este libro merece ser leído para conocer quiénes son las marionetas, quiénes mueven los hilos y cómo se hace en realidad.

Acerca de la audiencia, la autora cita a José Sanmartín y Luís Núñez en un párrafo que merece ser reproducido:

“¿Por qué el aumento del número de espectadores puede ir unido a cierta tendencia a la degradación de los mensajes? Porque hay incitaciones e impulsos universales y los hay selectivos. El conocimiento y la cultura son motivaciones selectivas. (…) dependen de un aprendizaje previo. Nadie nace degustando a Mozart o disfrutanado con Séneca, pero la inclinación a la violencia, a la sexualidad es instintiva, universal, común a todos desde la infancia. Ganar audiencia apelando a estas incitaciones comunes es, pues, un recurso fácil, al alcance de cualquier director de programas o realizador que carezca de escrúpulos.”

¿Qué es antes la audiencia o la programación? Dicho de otro modo, ¿la programación es la consecuencia de los gustos de la gente o es la gente la que resulta influenciada por la oferta televisiva? Para la autora no hay ninguna duda. A la gente se la condiciona para que vea una cosa u otra según el interés de quién elige la programación. Si se quiere que la gente coma hamburguesas se les hablará continuamente de hamburguesas hasta conseguirlo. Esta es la base de la publicidad. Así las cosas, quienes programan tienen la responsabilidad de seleccionar unos contenidos que deberían favorecer el desarrollo de los espectadores, o su descomposición, según se ejerza.

Bienvenidos al mundo de las productoras, propietarias de muchos de los espacios televisivos que ocupan la programación. No importa de qué cadena se trate, ellas controlan muchos de los programas con mayores índices de audiencia. A partir de ahí, estamos en sus manos como espectadores receptivos dispuestos a consumir productos, ideas y sensaciones.

El catálogo de temas que componen la telebasura es de lo más morboso y por tanto, garantía de aumento de audiencias: sexo, esoterismo, homosexualidad, sectas, gordos, drogas, infidelidades… Por supuesto, todo ello tratado desde la superficialidad más obscena. Si el telespectador se acerca a alguno de estos programas con la intención de obtener una sola idea se verá decepcionado. Lo más fácil es que se encuentre con un gallinero donde las intervenciones se pisan unas a otras o donde tienen cabida todo tipo de impudicias. Aquí todo vale, y si es escandaloso, mucho mejor.

Este libro está escrito por una periodista y por tanto, se rige por un estilo periodístico. Para Mariola ha sido importante documentar con hechos concretos las vergüenzas de una televisión sórdida que rebaja a quien la mira. Las personas pierden su condición de dignidad por elección propia o por ser víctimas de la intención del programa. Así, es difícil soportar la lectura del libro sin indignarse por la descripción de las historias que se recogen. Puestos a destacar una historia por su crueldad, la de la adopción de un niño sudamericano por parte de unos padres ignorantes de lo que una productora había puesto en marcha como show televisivo, reúne todos los ingredientes para generar malestar aún en el más tolerante.