Martagón, Carmen – “Pan recién horneado”

Foto: Carolina Domínguez Montiel

Foto: Carolina Domínguez Montiel

Intentando hacer memoria, creo recordar que existe una película o un libro que lleva por título “Las bicicletas son para el verano”. Seguro que Doña Ana, mi profesora de literatura  del instituto me reñiría si me oyera dudar de esta forma. Esta es la historia de una bicicleta durante un verano, un lugar donde venden el pan recién hecho y una amistad incondicional.

Al reparar en la bicicleta blanca aparcada en la vieja esquina de la Calle San Francisco, se tenía la certeza de que Marcos estaba en la Panadería San Patricio para comprar el pan de leña recién hecho, que su abuela Carmen le encargaba cada día. El niño bajaba todas las mañanas desde la empinada cuesta de Los Violines al centro del pueblo, y tras el recorrido habitual, volvía a casa cargado de bolsas para repartir entre quienes le pedían el favor de hacerle los recados, la mayoría personas mayores de la quinta de su abuela.

Era un niño muy alto para su edad, con el cabello revuelto, la cara alargada y esa sonrisa siempre presente, sobre todo en el brillo de sus ojos color avellana. Aquel primer día del mes de Julio miraba a través del escaparate de la tienda de juguetes. En ese momento me percaté que esbozaba una sonrisa porque en el interior se encontraban su amiga Hannah y la mamá de acogida de ésta, Patricia.

Hannah era una niña de los campamentos Saharauis que la familia de Patricia recibía en verano en su casa; la niña tendría entonces apenas diez años. Era muy delgada, de pelo oscuro, con unos enormes y esquivos ojos negros. Parecía una niña triste, o al menos no la habíamos visto sonreír desde su llegada al pueblo. Éste era el segundo año que partía de los campos de refugiados del Sáhara para pasar los meses de julio y agosto con una familia española. Durante unos días, la vida de Hannah cambiaba radicalmente, descubría un verano refrescante, lejos del calor del desierto. La niña disfrutaba de unas  vacaciones repletas de frutas y gominolas  En esos días de estío también se multiplicaba el cariño, porque el afecto que ofrecían familiares de acogida, vecinos y amigos, se sumaba al amor de los padres biológicos que esperaban impacientes la vuelta de sus pequeños.

Hannah había jugado con Marcos en la Plaza del pueblo el verano anterior y el niño se alegró mucho al verla en la tienda. Permaneció allí, junto al escaparate, esperando poder saludarla y, tal vez, quedar para verse en la Plaza durante la tarde. Pero al salir, ella iba agarrada a la mano de Patricia con la cabeza baja y caminó despacio sin mirar al chico, que se quedó paralizado mientras se alejaban.

Por la tarde el niño bajó con su bicicleta a la Plaza del pueblo y se dispuso a esperar en un banco, pues estaba seguro de que ella pasaría por allí; había cogido del huerto de la abuela unas cerezas para ofrecerle, pero el encuentro no se produjo y por el camino el muchacho fue comiendo la fruta con tristeza, aunque con la esperanza de volver a verla.

Pasaron algunos días y una mañana, esperando el pan recién hecho, la vio entrar en la panadería con su mamá de acogida; le pareció que sonreía tímidamente, o tal vez lo había imaginado. Marcos recogió los encargos de pan para su abuela y las vecinas y salió de allí sin articular palabra.

En los días siguientes volvieron a coincidir en el mismo lugar; eran encuentros sin más, con el aroma del pan de leña recién hecho y las conversaciones de vecinos y vecinas que esperaban su turno. No intercambiaban ni una palabra, ni un gesto. Una tarde, al fin, pudo verla llegar a la plaza del pueblo y acercarse a él con una sonrisa.

—Llevo horas esperándote, he decidido enseñarte a montar en bicicleta  —le dijo Marcos de golpe—. Mira, allí la tengo ¡Vamos!, que tenemos poco tiempo antes que vuelvas a marcharte.

Hannah lo miró sin responder, con sus enormes ojos abiertos de par en par y esbozó una tímida sonrisa, que el niño tomó como una muestra de asentimiento. Durante los días siguientes le enseñó con toda su paciencia a montar en bicicleta, jugar al balón y alcanzar con un tirachinas unas latas a una distancia considerable. Fueron unos días inolvidables para ambos, hasta que el verano llegó a su fin y tuvieron que separarse.

Entre los objetos de aquella pequeña maleta, que la niña subió al autobús, estaba el tirachinas que su amigo le había regalado. Y en las manos, sostenía una hogaza de pan recién hecho que también le ofreció al despedirse.

Pasaron los meses de otoño a primavera, y retornó el esperado autobús procedente del Sáhara, pero ésta vez Hannah no viajaba en él porque su familia no había permitido el viaje. Patricia le explicó a Marcos que la mamá de su amiga había enfermado meses atrás y Hannah debía cuidar de ella y sus hermanos.

Una mañana de Julio, un niño moreno de ojos oscuros esperaba sentado junto a la bicicleta de Marcos, aparcada, como siempre, en la esquina de San Francisco. Cuando le vio llegar se puso en pie y preguntó con dificultad:

—Tú, Marcos, ¿me enseña a subir bicicleta y romper latas?

Como muestra de su aprobación Marcos le entregó un pellizco de pan que juntos comieron sin decir nada, riéndo y dándose suaves empujones con los hombros, mientras se dejaban caer del cuadro de la vieja bicicleta.

Marcos es hoy maestro de primaria; en sus clases enseña a sus alumnos a tirar con tirachinas, prepara excursiones a la vieja panadería de horno de leña y siempre se dirige al colegio en su bicicleta blanca. Tiene dos niños Hannah y Marcos y recibe en su casa, cada verano, las sonrisas más bonitas del mundo.