Leonora – Elena Poniatowska

Reseña realizada por Begoña Curiel.

leonoraInteresante sin duda, la vida de la artista Leonora Carrington relatada por Elena Poniatowska. Otra cosa es la forma de novelar esta biografía, que desconcierta tanto como la personalidad de la protagonista.

  No es que Leonora hablara con los animales –que también–, es que se sentía y creía ser en realidad una yegua. Salvaje e indómita. Y aunque la vida no siempre le hizo regalos, como la actitud represiva del padre y el capítulo relativo a su internamiento en un psiquiátrico, con todo el respeto, no creo que sea exagerado decir que la pintora sufría de un mundo interior ciertamente inquietante, cargada de desvaríos donde no es extraño que sus sueños y visiones –para quien no supiera apreciarlos o comprenderlos– resultasen desconcertantes.

  De todas formas, resulta excitante el universo que nos presenta, el mundo de las vanguardias artísticas del período de entreguerras, donde Leonora se relaciona con mentes inquietas, desbordantes de imaginación y brillantez, personalidad fuera de lo común… Una suma de factores que dibujan un atractivo collage de artistas, pensamientos, análisis y obras sin duda.

  Pero es la narración en general lo que me descoloca. En concreto, la última parte de la biografía, relativa a la estancia en México de Leonora se me ha hecho larga y cansada. Sobre todo, porque ya sumaba detrás todas sus vivencias previas en Europa. Y no porque sean “muchas”, sino por cómo están descritas, contadas, relatadas. A veces a trompicones, cargadas y plagadas de las conversaciones que la pintora protagonizaba con sus amigos y compañeros de profesión y aventuras. A veces, tan excéntricos como ella. O más.

  Pero esa fue la vida de Leonora. Guste o no guste. Sea así o no de literal como describe Elena Poniatowska. Lo que no me acaba de convencer es el género híbrido –¿biografía novelada o novela biografiada?– en el que se convierte. No sé muy bien cómo definirlo.

  En el apartado de los diálogos el surrealismo parece no ser sólo una característica o definición de la obra pictórica, porque éstos, demasiadas veces, son también surrealistas. En ocasiones no logro entender de qué están hablando. Desconozco si existe la profundidad en ellos o es que sus conversaciones son momentos inalcanzables para mentes sencillas que no llegan a semejante nivel de trascendencia.

  Tampoco ayuda la desproporción en las “paradas” que hace la autora con respecto a etapas de la vida de la pintora, no sólo las artísticas, sino las personales y especialmente las relacionadas con su vida sentimental. A veces se detiene en detalles sobre las paranoias de la artista que resultan una reiteración que nada aportan, mientras que deja de lado capítulos –voluntaria o involuntariamente– que podrían aportar información útil que ayudara a comprender los pasos que da Leonora. Sobre todo, en los relativos a su faceta sentimental. Como cuando parece abandonar una relación y en realidad te percatas después de que no ha sido así. O a la inversa.

  No obstante, es cierto que la obra tiene agilidad. Las páginas –a excepción de esos pasajes en los que la lectura se hace cargante– discurren con fluidez.

  Destacan algunas reseñas que he leído sobre esta obra, que Elena  Poniatowska “escribe como habla”. Puede ser. Ocurre en algunos momentos, pero vuelvo a lo apuntado antes: a veces, no sé bien de lo que se está hablando. Con lo cual, genera una confusión que en momentos puntuales, irrita, robando placer al lector, que en realidad, debería estar ocupado en disfrutar.

  Como todo en la vida, es cuestión de gustos.