Las intermitencias de la muerte – José Saramago

Título: Las intermitencias de la muerte

Autor: José Saramago

Editorial: Alfaguara

Editada en 2017

ISBN: 978-8420-469-45-4

N de páginas: 319

Temática: Narrativa

Reseña relizada por Tati Jurado:

La muerte siempre ha sido recibida como una tragedia por el ser humano. Es la que viene a desgarrar ese sentido de pertenencia tan adherente a nuestra condición. La misma que ha propiciado, y lo sigue haciendo, investigaciones, pruebas y experimentos con el afán de ultimar esa caducidad impuesta. Tal vez por eso, al leer esta historia de José Saramago (1922-2010) en la que la parca decide tomarse algunas libertades, resulte inevitable plantearse si estamos preparados para tal eventualidad.

Haciendo uso de esa fórmula que tantos y tantos adeptos le ha brindado, el Premio Nobel de Literatura de 1998 coloca al lector en un país, del que no nos dice su nombre, en el que en el comienzo de un año, que tampoco establece cual es, la muerte no hace su trabajo. “Aquel día no murió nadie” comienza esta novela que ya en los primeros párrafos le advierte al lector que no hay lugar para el despiste.

Y es que la escritura de Saramago se caracteriza por unas licencias a nivel gramatical que cualquier lector podría tomar como errores garrafales. Solo basta con empezar a conocer su extensa obra para saber que estas “alteraciones” corresponden a su intención de imitar el curso del pensamiento y no al de los ojos, como el mismo decía, que simplemente ven. Es decir a hacer partícipe y cómplice al lector de las andanzas de los personajes, pero sobre todo a suscitar la reflexión.

Y es así, con ese estilo tan peculiar, con ese toque de humor que tantas veces roza el sarcasmo, como nos desvela las reacciones que van provocando estas libertades que se toma la muerte. Primero ausentándose durante siete meses y después avisando con una semana de anticipación y mediante misiva el final irrevocable del destinatario.

Porque si bien la guadaña se ha puesto de huelga, las agujas del reloj siguen su curso normal condenando de esta forma a los habitantes del lugar a una vejez eterna. La enfermedad que se afianza en el enfermo, la agonía en el accidentado y la mortificación en los que tienen que cargar con ellos por tiempo, por lo visto, indefinido, terminan siendo el disparador que reivindica que los mecanismos de los principales poderes institucionales sí han sabido, a lo largo de la historia, sortear la caducidad. Los recursos para subsanar la crisis política, los problemas sociales, los debates dogmáticos y filosóficos que el proceder de la muerte provoca en la primera parte del libro siguen naciendo de la necesidad de salvaguardar intereses. Situaciones que cesan cuando la muerte, consciente del caos que su ausencia ha suscitado, vuelve a aparecer.

Y es justamente esta personificación de la muerte lo que provoca un quiebre en la novela dejando establecidas dos partes en la historia. Una con una visión más colectiva y la segunda con un tono menos retórico y más intimista. Con el cambio de estrategia en la forma de realizar su trabajo, además de aflorar todas esas emociones que manifiestan nuestra fragilidad al saber la hora exacta del último suspiro, el escritor portugués le brinda a la muerte cualidades humanas. La muerte habla, piensa, duda, se sorprende y finalmente siente.

Al día siguiente no murió nadie termina con la misma frase que empieza esta novela en la que tal vez el autor buscaba demostrar que, en medio del caos y de las inagotables controversias del ser humano, el amor termina siendo la única trinchera para resguardarse de cualquier tipo de muerte.

Facebooktwittergoogle_pluspinterestmailFacebooktwittergoogle_pluspinterestmail