La sustancia del mal – Luca D’Andrea

Reseña realizada por Begoña Curiel:

Es difícil ofrecer una conclusión categórica sobre esta novela. No es el thriller del año pero entretiene. Es interesante pero no tan trepidante como pregona su intensa campaña de marketing, porque entre que una novela guste y sea adictiva, va un gran trecho.

  La propuesta de Luca D´Andrea consiste en el asesinato de tres jóvenes en la región alpina del Tirol ocurrido hace treinta años. Un caso no resuelto que obsesiona a Jeremiah Salinger, recién llegado a Bletterbach, localidad natal de su mujer. Allí se recupera de un traumático accidente sufrido cuando rodaba un documental sobre los socorristas de la montaña.

  La obligada convalecencia es incompatible con el espíritu inquieto de Jeremiah. Chocará con el ambiente cerrado y opresivo de la reducida población de la zona donde todos parecen decirle: “no te metas donde no te llaman”.

  El autor ha creado un personaje a la medida que necesitaba la historia aunque explote en exceso alguna anécdota familiar (los juegos de palabras con su hija Clara) y coletillas como recordatorio de su accidente (la Bestia). Por no mencionar la irritante persistencia a investigar el macabro crimen aunque no quiera –eso dice– poner en riesgo lo más le importa en la vida, su familia. Lo incumple tantas veces como lo repite. Me ha cansado tanto este detalle que pasé de la admiración al hastío por su personaje principal.

  Lo que más me gusta de esta novela es su carácter visual, la buena ambientación del entorno: tan mágico y bello como hostil con esas montañas que simbolizan el poder de la naturaleza; tan silenciosa y reservada como los habitantes del pueblo y a la vez, tan exigente que demanda el respeto a los secretos que encierra. Tanto, que amenaza sin hablar a quienes no temen su grandeza. Luca D´Andrea la convierte en verdadera protagonista; una especie de diosa que se eleva por encima de las pretensiones humanas hasta concederle poderes sobrenaturales que generan durante la lectura un delicioso aroma y sabor a leyenda.

  En este contexto resulta muy interesante el relato descriptivo de la labor de los rescatadores en las montañas, que asumen riesgos de vértigo que desconciertan desde la comodidad de nuestro sillón de lectura. Impresiona –afortunadamente para el mundo– la existencia de héroes anónimos que a diario se jueguen el pellejo entre la responsabilidad y un amor casi irracional –en este caso– por esas infinitas formas, recovecos, grietas y demás tropiezos que impone la metereología cuando se siente despiadada.

  Por contra, es precisamente este aspecto el que ralentiza el ritmo de una obra que se presenta a bombo y platillo como thriller inquietante que no ofrece descanso. Prueba de ello es su título, que por otra parte, es un buen reclamo para el potencial consumidor del producto. Pero la tensión desciende por tramos y el suspense pierde fuelle en demasiadas páginas. En absoluto he pensado en abandonar la lectura pero es cierto que el desenlace se hace de rogar cuando ya has sospechado hasta del apuntador. Por esta misma razón, puede que esperase mucho más del giro final que deberá desvelarnos ¿quién fue? ¿cómo y por qué lo hizo?

  En todo caso, es una lectura recomendable si no se atiende demasiado a los redobles de tambor que acompañan a la incursión de esta novela en el mercado literario. No me he aburrido pero tampoco he quedado tan boquiabierta como hubiera deseado. En la literatura, como en muchas otras cosas, es mejor no esperar demasiado cuando ya has saboreado otras exquisiteces.

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