La mujer es una isla – Audur Ava Ólafsdóttir

Reseña realizada por Begoña Curiel:

Un viaje interior con la excusa de un viaje físico. Parece ser el objetivo de esta novela intimista donde no me convencen ni argumento ni protagonista. Especialmente la última, que no logra engancharme: una mujer que cocina un pato que ha atropellado con su propio coche, para ofrecérselo a su marido que acaba de pedirle el divorcio. Y está tremendamente preocupada porque no se note el rastro de los neumáticos en el particular plato. Chirriante.

  Pero siéntense porque hay más: su mejor amiga está a punto de dar a luz y sufre un pequeño accidente que le impide moverse. Le pide que cuide de su hijo sordomudo de cuatro años, precisamente cuando la protagonista le comunica que quiere hacer un largo viaje para superar su triste momento personal. Pero atención, quiere instalarse en un bungalow después de que le haya tocado la lotería tal y como vaticinó una médium que precisamente le recomendó, la madre de la criatura. Por cierto, el bungalow no tiene luz eléctrica y está donde Dios pegó el último grito y… ¡ojo! en Islandia. Vamos que hace un pelín de frío y oscurece a eso de las cinco de la tarde. En fin, todo muy normal como pueden comprobar. Entiendo que han comprendido la ironía.

  Esta es la trama argumental para justificar ese viaje interior de la protagonista que se toma las cosas de una manera tan natural que aún no he podido cerrar la boca. Mi incredulidad continúa aún días después de terminar la lectura y aumenta según escribo esta reseña.

  Es un argumento insólito y desconcertante que pretende sustentar este viaje existencial. De camino, encontramos lluvia, oscuridad, frío, amantes esporádicos, pensamientos del presente y recuerdos del pasado mientras intenta comunicarse con su pequeño acompañante, que –increíble– no echa de menos a su madre ni su entorno durante las semanas de la aventura. Y todo como digo…., tan normal.

Pese al tono lírico, intimista y profundo en el que insiste hasta el final, no me llega. Lo siento.

  Por supuesto, el ritmo no es que sea lento. Como pide esta  historia de introspección, viaja a cámara lentísima. Solo el lenguaje sencillo y sin complicaciones, permite llegar a la última página. Pero nada más. Mientras leía, el clima –como envoltorio narrativo– me iba dejando helada. No por la temperatura en el termómetro, sino por la ausencia de empatía de la protagonista, que con la manida excusa de vivir el presente, parece estar ajena al mundo, inmersa en su particular aventura sin despeinarse y mucho menos, acongojarse lo más mínimo, envuelta además en una capa etérea que me resulta artificial.

  Me molesta especialmente la indirecta asociación –que parece realizar la autora– entre la feminidad y el carácter de la viajante, como si la mujer por definición tuviera cierto encanto con ese extraño, insólito y tranquilo caos en el que tan a gusto se desenvuelve esta señora.

  Es de esos libros, que no me dejan huella. Salvo la experiencia de conocer y sentir un país desconocido. Siempre es algo que valoro muchísimo porque leer es viajar gratis. Pero ni con mucho, da entidad a la trama ni al objetivo de la novela.