La isla de Alice – Daniel Sánchez Arévalo

Reseña realizada por Begoña Curiel:

9788408147886

Título: La isla de Alice.

Autor: Daniel Sánchez Arévalo

Editorial: Planeta

Edición: 2015

ISBN: 9788408147886

Nº de páginas: 624

Temática: Narrativa española.

Difícil resumir en una sola frase la valoración de esta lectura. La isla de Alice me confunde, porque sus aciertos se mezclan con lo que considero desaciertos.

¿Entretenido?, sí. Esa en la conclusión más clara.

¿Buena trama?, sí y no. Sí, porque la historia propuesta es atractiva, pero su desarrollo es tan largo como innecesario en muchos tramos.

¿Calidad literaria? A trompicones. Pero ni mucho menos, para convertirse en uno de sus pilares.

Pero empecemos por el principio. ¿Cuál es su argumento? El arranque atrae: Chris muere en un accidente de tráfico. Alice, la protagonista y narradora, con una niña de seis años y embarazada, cae en el pozo. Pero el lugar donde aparece el vehículo siniestrado plantea miles de dudas a su mujer. Chris no debía estar allí, supuestamente y comienza su particular investigación. Muy particular. Las pistas le llevan a una pequeña isla. El desconcierto es la excusa para su despliegue detectivesco. Y aquí, es donde Daniel Sánchez Arévalo, comienza a alargarse con una rocambolesca historia donde Alice alivia su desazón con fórmulas que darían para un máster de salud mental. La vigilancia a los habitantes de la isla desvaría hasta límites insospechados. Si al autor le parece que la desesperación por querer saber justifica esta ¿paranoia?, ¿trastorno obsesivo?, ¿compulsión desquiciante?…, es que el resto de mortales estamos muy centrados. Y eso no me lo creo ni yo. Porque una cosa es tener un puntito y otra, traspasar límites y convencerte a ti misma e intentar convencer a los demás, de que todo es “tan normal”.

El periplo de Alice, con su nuevo bebé en el mundo y su  hija mayor, Olivia –por cierto, uno de los mayores aciertos de la novela, dentro del abanico de personajes–, parece no tener fin. Las descripciones repetitivas de cada uno de sus movimientos, la naturalidad con la que la niña Olivia entra en el paroxismo mental de la madre y la espiral autodestructiva, surrealista y descerebrada en la que se sumerge Alice para llevar a cabo su método de investigación casera, parecen dignas de un guión de Almodóvar, en el peor de los sentidos.

Daniel Sánchez Arévalo aprovecha esta estructura para presentarnos a los residentes en la isla. ¡Uno a uno! Todas las historias no merecen la pena, ni justifican la extensión del texto, ni tampoco son necesarias para salvar el desequilibrio que parece haber despertado en la cabeza de Alice. No sabemos –aunque no lo parecía al principio–, si esa, ¿locura transitoria?, estaba latente en su cabeza y hace su despliegue tras la muerte de su marido o directamente, se ha vuelto loca.

En este camino hacia el final, largo  y tortuoso , llegamos a la resolución del misterio y/o secreto del marido fallecido. Después de este nudo desquiciante, es cierto que la explicación ideada por Daniel Sánchez Arévalo, sobre el misterio, secreto o lo que sea de Chris, me parece original. Más teniendo en cuenta que el discurrir de la novela navegaba a la deriva.

Encuentra un enganche con la que levantar de nuevo el interés al lector. Al menos, a mí, me sirve para volver a confiar en este trabajo, que sin duda, ha requerido de un gran esfuerzo. Pero es el paso previo, al cierre de esta aventura literaria, que de nuevo me sumerge en la decepción.

Por eso, como decía, es muy, muy complicado definir esta novela. Está claro, que el nudo de la trama desvela la relación directa del autor con el cine. Es precisamente este hecho, el que me generó una tremenda curiosidad por conocer La isla de Alice, porque su trabajo en películas con las que he disfrutado al máximo, hace que enarbole la bandera de defensa del cine español desde hace años. Pero, aunque haya intentado convertir en novela la aventura de Alice, las herramientas, instrumentos y fórmulas narrativas utilizadas no encajan bien con la literatura.

De hecho, chirría la definición que muchas críticas y reseñas hacen de La isla de Alice. Me sorprende que inscriban la novela en la etiqueta de thriller. Para nada. Hay momentos puntuales de tensión, sí, pero son tan artificiales como irreales, todos creados a raíz de un personaje-narradora que necesita más un psicólogo que su propia hija.

Precisamente, es Olivia, su niña mayor –porque la pequeña, parece que está por ahí, pero no sabemos muy bien quién se encarga realmente de ella por las obsesiones de su madre– uno de los personajes que más me gustan. Es divina, ocurrente, locuela –pero a ella se le permite porque es una niña–, original, divertida, imprevisible… Me encanta. Aporta una ternura especial que muchos identificamos con la inocencia más pura y categórica de los enanos. Tan claros, como directos y auténticos. Ella protagoniza algunos momentos realmente hilarantes de esta historia, porque los tiene. Sin duda. La tragedia se alivia gracias a Olivia, también a través de otros personajes, pero la mezcla con la comedia es muy arriesgada si no se combinan en su justa medida.

Pero Alice, que es la estrella de esta isla, me pone de los nervios. Su situación emocional justificaría muchas cosas. La pérdida de un pilar en tu vida, que creías tan perfecto, permitiría ciertas licencias de comportamiento. Pero entre la lógica angustia y pérdida del norte y las supuestas hazañas de las que somos testigos los lectores, hay un trecho demasiado grande. La actitud de Alice sonroja primero y alarma después.

Resulta especialmente duro confesar que una novela no ha gustado tanto como deseabas. Mucho más, sabiendo el trabajo, el esfuerzo y el corazón que se pone cuando creas una historia. Y en La isla de Alice hay mucho corazón, tan respetable como el afán por descubrirla a los demás, porque en novelas como ésta, se percibe el riesgo del autor. Hablar por una mujer cuando no lo eres, implica un reto digno de aplauso.  Desnudar ciertas emociones que pueden ser propias a través de otra boca que no es la tuya, me parece un ejercicio de sinceridad a tener en cuenta.

Por eso, La isla de Alice, es una de cal, otra de arena. No me atrevo a decir cuál es el porcentaje de cada uno de estos “materiales”. Y aun así, pueda tener o no el respaldo de los lectores, ser finalista de un premio como el Planeta, es ya una entrada por la puerta grande en el mundo de la literatura, por mucho que –a estas alturas de la película–, no signifique tanto como nos quieren dar a entender desde esa élite, que pretende decirnos, qué es bueno o no tan bueno.