La canción de la llanura – Kent Haruf

Reseña realizada por Begoña Curiel:

La canción de la llanura” es un hermoso ejemplo de que las personas pequeñas y sencillas son capaces de obrar maravillas. Esta es una novela igual de sencilla y no por ello menos intensa aunque su ritmo requiera de un reposo continuado que se comprende mejor y se disfruta más según evolucionan los hechos.

Diversos personajes conforman una reducida comunidad vecinal en el condado de Holt. Aquí no está la belleza que describen las guías y las películas de los paisajes del Colorado, sino la interior de los lugares y personas desconocidas que casi no se ven en el mapa. Este libro habla de vidas simples que no lo son tanto porque los problemas y los dramas existen desde la primeras páginas. Latentes. Pero es la filosofía de vida que plantea este escritor la que los plantea como oportunidades.

Oportunidades de crear lazos entre Guthrie, un padre con dos hijos –Ike y Bobby– que no comprenden la depresión de su madre, una chica –Victoria– rechazada en casa por quedarse embarazada, los hermanos McPherson, dos solterones solitarios –qué entrañables– que no conocen más allá de los límites de la granja con su ganado y Maggie, una profesora con su padre enfermo a quien nada es capaz de desanimar.

Sin artificios literarios ni recursos estilísticos llenos de pompas, con diálogos a veces tan parcos como sus personajes, con la sencillez vital de muchos de ellos, Haruf consigue una bella historia donde entre todos son capaces de remodelar su presente y futuro, donde la ternura no está reñida con el drama, ni la honestidad con las malas pasadas que juegan las emociones, donde lo entrañable casa con caracteres toscos que se acercan a lo huraño.

De manera natural paseamos por hogares –todos parecen rodeados de un aura de tristeza– que se entremezclan, aportan lo mejor de cada casa para conformar relaciones tan inesperadas como sorprendentes. Entre todos, casi en un aparente silencio colectivo, crean algo que no sonaba a posible y que emociona como las vibraciones en la base del cráneo. Haruf escribe lento pero seguro, provocando una satisfacción interior de manera progresiva, consiguiendo un canto a la esperanza basada en lo sencillo. Todo, sin aspavientos, esquivando la parte más trágica de las complicadas situaciones que conoceremos.

Haruf huye del dramatismo que parece que podría llegar de un momento a otro. Hace requiebros sin que el lector se percate, incluso con silencios, para situarnos en la mejor cara de la moneda. Es parco como sus ganaderos solterones pero tierno como ni ellos mismos saben. Obliga a sus personajes a darse la mano sin ser conscientes de su propia humanidad, con esa constante naturalidad que desprende la historia aunque al lector se le encoja a ratos el corazón, tratando de ocultar un hipido. Por eso es una escritura inteligente, efectiva.

Las primeras sensaciones durante el primer tramo de la lectura las asociaba a una incómoda e irritante monotonía, pero fueron cambiando. A mejor, pasito a pasito, tal y como escribe y narra Kent Haruf. Las apariencias engañan dice el refrán y este encantador viaje por la llanura lo ilustra. No es tan desierto como parece, ni tan triste como aparenta. Para nada.

Cuando compré este libro no sabía quién era Haruf. Ni que había fallecido. Me entristeció saberlo, pero después leí que al menos, nos quedan las dos novelas siguientes a “La canción de la llanura”, que forman una trilogía. Como el propio Haruf, me alegro de la parte buena que de una u otra manera, tienen las malas noticias.

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