Gálvez de, María Rosa

“Literatura escrita por mujeres” por Mariángeles Salas:

La Delirante: Tragedia original en cinco actos

(María Rosa de Gálvez)

Acto I

La escena es en Londres en un salón de palacio, donde la Reina recibe las audiencias particulares. Puertas a los lados, mesa con escribanía, y un sillón inmediato. En foro trono con asiento cubierto de cortinas. La acción empieza a las 8 de la noche, y acaba a la misma hora de la mañana siguiente.

Escena I

LADY PEMBROKE inmediata a la puerta que va al cuarto de la Reina. EL LORD PEMBROKE sale por el lado opuesto sobresaltado.

LORD PEMBROKE

¿Te puedo, amada esposa, sin recelo hablar en este sitio? ¿No habrá espías que puedan escucharme?

LADY PEMBROKE

No, Pembroke. De la reina Isabel hoy se confía el cuarto a mi cuidado: ella a esta hora, del Támesis undoso en las orillas divierte su tristeza. Habla, ¿qué es esto? ¿Por qué sobresaltado?…

LORDPEMBROKE

Aquí dominan la ambición, la lisonja; aquí una Reina adorada se ve, y está perdida, si llegan a escucharnos, la inocencia.

LADY PEMBROKE

Pues ¿qué temes, esposo?

LORD PEMBROKE

Una desdicha. La infelice Leonor está en palacio.

LADY PEMBROKE

¿Cómo pudo? ¡Ay de mí!

LORD PEMBROKE

La tiranía de la reina Isabel…

LADY PEMBROKE

¿Ha descubierto que Leonor vive? ¡Oh Dios!

LORD PEMBROKE

No, esposa mía; pero desconfiada o recelosa de cuanto puede en mí la amistad fina con el conde de Essex, hoy que a la corte llegó, sin preceder la orden precisa de la Reina, dejando a los rebeldes en Irlanda la tregua concedida, mandó se reconozcan los palacios de los ilustres Lores que tenían con él correspondencia, y sus papeles sin dilación se traigan a su vista.

El primero es el nuestro que ha sufrido el violento rigor de su pesquisa; y al ver entrar las guardias y el tumulto del pueblo, que medroso las seguía, Henriqueta, a quien hemos confiado la guardia de Leonor, se atemoriza; la cubre con su velo, y presurosa en tu busca a este alcázar se encamina trayéndola consigo; yo en tu cuarto me hallé cuando llegó.

María Rosa de Gálvez (Macharaviaya, Málaga, 1768 – Madrid, 1806), la escritora más destacada del siglo XVIII. Fue hija adoptiva de los Gálvez, una ilustre e influyente familia andaluza de políticos y militares. La reserva con la que el matrimonio Gálvez trató siempre el asunto de los orígenes de María Rosa, que pasó los primeros años de su vida en la casa de expósitos de Ronda, apunta a que podría haber sido hija natural de su padre adoptivo, Antonio de Gálvez y Gallardo.

María Rosa recibe una instrucción esmerada, propia de una familia ilustrada, educación que ella complementará más adelante con una notable inspiración dramática, una inagotable voluntad de trabajo y un afán de gloria desbordante, que destaca poderosamente sobre la humildad acostumbrada en las escritoras de su tiempo.

En 1789 contrae matrimonio con un primo lejano, José de Cabrera y Ramírez, también de ilustre familia. El matrimonio proporcionó a la escritora, constantes sinsabores personales y económicos que ni siquiera consiguió evitar su mudanza definitiva a la capital de España, efectuada alrededor del cambio de siglo. En el Madrid de Carlos IV, María Rosa de Gálvez se introduce en la alta sociedad cortesana a través de familiares y amigos, y entabla una relación fluida con el propio Manuel Godoy, que la distingue con prebendas y ayudas destinadas a aligerar el coste económico de la publicación de sus obras o a sortear la censura previa a la representación de las mismas.

En esos primeros años del cambio de siglo se condensa la mayor parte de su actividad literaria, que comprende, además de un discreto muestrario de poesía lírica, seis tragedias, dos piezas trágicas menores, cinco comedias originales y otras cuatro traducidas del francés.

Algo había en ella de moderno e independiente que inquietaba vagamente a sus contemporáneos varones y no podían entender; fue atacada por consideraciones ajenas a su mérito literario intrínseco (su feminismo, su independencia, su conducta moral ajena entonces a los valores de la época, su relación con Godoy); la crítica actual ha puesto su obra en su justo, digno y merecido lugar.

Sus circunstancias personales y sus planteamientos modernos le granjearon muchos enemigos. Proclamó orgullosamente ser la primera mujer española que se había dedicado al teatro, y defendió el cultivo de la originalidad en el mismo a despecho de quienes imitaban, traducían, adaptaban y refundían constantemente modelos extranjeros o tradicionales.

Su punto de vista es estrictamente femenino y aun feminista: la mujer, con todos sus sueños, deseos y frustraciones en un mundo dominado por el hombre. Las obras de Gálvez abogan por varios derechos específicos de la mujer: la necesidad de ayudar a la viuda en Ali-Bek; la opción para la esposa de separarse del marido que no cumple con sus responsabilidades de familia en El egoísta; el peligro del cortejo El egoísta; el aspecto positivo del amor libre, fuera el sacramento del matrimonio Safo; la crítica de la costumbre del serrallo Ali Bek; el derecho de escoger marido El egoísta. También se opone a la esclavitud, en Zinda, o al sometimiento a ciegas pasiones, como en La delirante, o a los condicionantes del teatro tradicional como en Los figurones literarios.

Sus Obras poéticas, que pese a su título incorporan también las dramáticas, aparecieron en tres volúmenes (Madrid, Imprenta Real, 1804) y algunas de sus piezas teatrales se habían incorporado ya al volumen El teatro nuevo español (1801).

En cuanto a su poesía lírica, se la juzga de estilo claro y puro y de versificación fácil y fluida. La Oda en elogio de la Marina española y la titulada Viaje al Teyde, tienen trozos de espontánea y fácil inspiración. También son destacables su Descripción filosófica del Real Sitio de San Ildefonso, la poesía La noche y los versos sáficos A Quintana.

Colaboró en Variedades de Ciencias, Literatura y Artes (1803-1805), la revista dirigida por Manuel José Quintana, escritor nada godoyista, así como en La Minerva o El Revisor General.

En octubre de 1806, María Rosa de Gálvez fallece a la edad de treinta y ocho años, recibiendo sepultura discretamente y sin pompa alguna en la madrileña iglesia de San Sebastián.

Actualmente da nombre a la biblioteca municipal de Macharaviaya; y en Málaga capital llevan su nombre una calle, un colegio público de infantil primaria, y un aulario de la Universidad de Málaga.

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